En un paisito se cayó un edificio
Erase una vez un paisito bonito, pero de políticos ladrones y enormes diferencias sociales donde había un edificio grandote. En ese edificio vivían los trabajadores y los jubilados, quienes con el sudor de su frente habían mantenido siempre la nación a flote. Ellos eran flacos, ya que los primeros ganaban poco y los segundos recibían pensiones de hambre. En cambio, los políticos eran gordos, al igual que sus salarios y sus cuentas bancarias. Encima de eso, los trabajadores y los jubilados eran obligados a pagarles un subsidio multimillonario a los magnates, dueños de los partidos políticos. O sea, los pobres les pagaban a los ricos para que éstos los mantuvieran pobres. Paisito extraño, ese.
Al principio, cuando el edificio fue construido bajo la dirección de gobernantes semi-decentes, que robaban, pero con moderación, todo iba bien. Los inquilinos se sentían seguros y satisfechos. Pero una noche ingrata llegó la dictadura. Lo primero que hicieron los dictadores y sus adláteres, civiloides de saco y corbata, fue meter presos a los periodistas, ya que, como se sabe, esos tipos son agitadores. Resuelto ese problema, la dictadura comenzó a lavarle el cerebro a los inquilinos del edificio con llamativas consignas como: "¡Que viva el gobierno revolucionario!", y "¡Somos social-demócratas!". Lo que no sabían los incautos inquilinos era que los dictadores y sus adláteres eran tremendos ladrones. Los facinerosos de saco y corbata comenzaron con el banco nacional y lo desfalcaron. Al rato, lo volvieron a desfalcar. De los desfalcos nadie hablaba, ya que los periodistas y los escritores estaban presos. Cuando se cansaron de desfalcar al banco, comenzaron a buscar otras entidades para cometer sus fechorías. Alguien les sopló que la fundación del edificio grandote donde vivían los trabajadores y los jubilados estaba hecha de ladrillos de alta calidad que se podían vender a muy buen precio. Y una noche, cuando los inquilinos dormían soñando con la bondades del régimen "social-demócrata", los civiloides calladamente fueron y sustrajeron unos cuantos ladrillos de la fundación. Al día siguiente los ladrillos fueron vendidos y, como se esperaba, las ganancias fueron sustanciales.
Entre los miembros de la dictadura se corrió la voz. Pronto la robadera de ladrillos se aceleró. Las advertencias de un ingeniero de que robarse esos ladrillos era una locura ya que la fundación se debilitaría peligrosamente, fueron ignorados. Decidieron que la solución era reemplazar los ladrillos robados con pilotes de madera barata. Nadie en el edificio se había percatado de lo que ocurría, ya que las televisoras sólo hablaban bellezas del régimen.
Un buen día, el régimen se cayó y regresó la democracia. Para entonces los pilotes de madera estaban podridos, y, sin fundación, el edificio comenzó a tambalearse. Los gobernantes de turno se pusieron nerviosos. Llegaron a la conclusión de que el problema se solucionaría si todos los inquilinos, quienes ya eran flacos, se pusieran a dieta. Así, con inquilinos livianos, la fundación resistiría.
Mientras tanto, los ladrones de la dictadura, que vivían en sus mansiones compradas con las riquezas malhabidas de los ladrillos robados, y que en la actualidad eran miembros de la cúpula del partido en el poder, aconsejaron calma y discusión "consensuada" y pidieron que un experto extranjero fuese contratado. El experto llegó y dijo que, efectivamente, la solución radicaba en que los sufridos inquilinos, practicaran la austeridad y se sacrificaran por la patria, poniéndose a dieta. "¡Canallas!", gritaron los inquilinos, "¡si ya nos estamos muriendo de hambre!".
Un día, los desvergonzados políticos y sus amigos los ladrones de la dictadura se reunieron en la plazoleta frente al edificio. Con altoparlantes insultaban a los inquilinos, quienes desde los balcones contestaban con otros insultos. De pronto, en medio de la gritadera, el edificio comenzó a derrumbarse. Los inquilinos, que eran flacos y ágiles y se habían equipado para cualquier eventualidad, saltaron en paracaídas y todos se salvaron. En cambio, los políticos y los ladrones de saco y corbata, como eran gordos y tenían los bolsillos llenos de plata, no pudieron correr rápido y pasaron un susto porque casi quedan aplastados. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
En una nota enviada por el MOP el 16 de junio se les comunicó que "sus propiedades serán afectadas en beneficio de la comunidad".
"El MOP nos prometió instalar ojos de gato y un semáforo intermitente en la avenida Frangipani que también pasa cerca del multifamiliar de Santa Cruz, para que los carros disminuyeran la velocidad, además de construir los laterales del puente de manera que si algun carro se volcará no cayera hacia afuera, pero reúne las condiciones", concluye Acosta.
Senen Mosquera, representante del corregimiento, se comprometió a luchar por la comunidad como el vocero ante las autoridades del gobierno, para que se atiendan estas situaciones.
Este puente ubicado en la intersección de la vía Luis F. Clement y avenida de Los Mártires, localizado a un costado de las oficinas principales de la Policía Técnica Judicial (PTJ), fue inaugurado el 7 de septiembre de 2001 por el MOP.
La estructura fue construida mediante contrato con el Estado panameño por la empresa Proimpetrol-Termoténcina, S.A., a un costo de 1 millón 900 mil balboas. Tiene una longitud de 186 metros, una altura máxima de 5,50 metros y su circulación se dirige en un solo ramal de dos carriles, hacia la Avenida de Los Mártires.
Los edificios tienen seis pisos, y en cada uno hay alrededor de 100 apartamentos.
Al principio, cuando el edificio fue construido bajo la dirección de gobernantes semi-decentes, que robaban, pero con moderación, todo iba bien. Los inquilinos se sentían seguros y satisfechos. Pero una noche ingrata llegó la dictadura. Lo primero que hicieron los dictadores y sus adláteres, civiloides de saco y corbata, fue meter presos a los periodistas, ya que, como se sabe, esos tipos son agitadores. Resuelto ese problema, la dictadura comenzó a lavarle el cerebro a los inquilinos del edificio con llamativas consignas como: "¡Que viva el gobierno revolucionario!", y "¡Somos social-demócratas!". Lo que no sabían los incautos inquilinos era que los dictadores y sus adláteres eran tremendos ladrones. Los facinerosos de saco y corbata comenzaron con el banco nacional y lo desfalcaron. Al rato, lo volvieron a desfalcar. De los desfalcos nadie hablaba, ya que los periodistas y los escritores estaban presos. Cuando se cansaron de desfalcar al banco, comenzaron a buscar otras entidades para cometer sus fechorías. Alguien les sopló que la fundación del edificio grandote donde vivían los trabajadores y los jubilados estaba hecha de ladrillos de alta calidad que se podían vender a muy buen precio. Y una noche, cuando los inquilinos dormían soñando con la bondades del régimen "social-demócrata", los civiloides calladamente fueron y sustrajeron unos cuantos ladrillos de la fundación. Al día siguiente los ladrillos fueron vendidos y, como se esperaba, las ganancias fueron sustanciales.
Entre los miembros de la dictadura se corrió la voz. Pronto la robadera de ladrillos se aceleró. Las advertencias de un ingeniero de que robarse esos ladrillos era una locura ya que la fundación se debilitaría peligrosamente, fueron ignorados. Decidieron que la solución era reemplazar los ladrillos robados con pilotes de madera barata. Nadie en el edificio se había percatado de lo que ocurría, ya que las televisoras sólo hablaban bellezas del régimen.
Un buen día, el régimen se cayó y regresó la democracia. Para entonces los pilotes de madera estaban podridos, y, sin fundación, el edificio comenzó a tambalearse. Los gobernantes de turno se pusieron nerviosos. Llegaron a la conclusión de que el problema se solucionaría si todos los inquilinos, quienes ya eran flacos, se pusieran a dieta. Así, con inquilinos livianos, la fundación resistiría.
Mientras tanto, los ladrones de la dictadura, que vivían en sus mansiones compradas con las riquezas malhabidas de los ladrillos robados, y que en la actualidad eran miembros de la cúpula del partido en el poder, aconsejaron calma y discusión "consensuada" y pidieron que un experto extranjero fuese contratado. El experto llegó y dijo que, efectivamente, la solución radicaba en que los sufridos inquilinos, practicaran la austeridad y se sacrificaran por la patria, poniéndose a dieta. "¡Canallas!", gritaron los inquilinos, "¡si ya nos estamos muriendo de hambre!".
Un día, los desvergonzados políticos y sus amigos los ladrones de la dictadura se reunieron en la plazoleta frente al edificio. Con altoparlantes insultaban a los inquilinos, quienes desde los balcones contestaban con otros insultos. De pronto, en medio de la gritadera, el edificio comenzó a derrumbarse. Los inquilinos, que eran flacos y ágiles y se habían equipado para cualquier eventualidad, saltaron en paracaídas y todos se salvaron. En cambio, los políticos y los ladrones de saco y corbata, como eran gordos y tenían los bolsillos llenos de plata, no pudieron correr rápido y pasaron un susto porque casi quedan aplastados. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
En una nota enviada por el MOP el 16 de junio se les comunicó que "sus propiedades serán afectadas en beneficio de la comunidad".
"El MOP nos prometió instalar ojos de gato y un semáforo intermitente en la avenida Frangipani que también pasa cerca del multifamiliar de Santa Cruz, para que los carros disminuyeran la velocidad, además de construir los laterales del puente de manera que si algun carro se volcará no cayera hacia afuera, pero reúne las condiciones", concluye Acosta.
Senen Mosquera, representante del corregimiento, se comprometió a luchar por la comunidad como el vocero ante las autoridades del gobierno, para que se atiendan estas situaciones.
Este puente ubicado en la intersección de la vía Luis F. Clement y avenida de Los Mártires, localizado a un costado de las oficinas principales de la Policía Técnica Judicial (PTJ), fue inaugurado el 7 de septiembre de 2001 por el MOP.
La estructura fue construida mediante contrato con el Estado panameño por la empresa Proimpetrol-Termoténcina, S.A., a un costo de 1 millón 900 mil balboas. Tiene una longitud de 186 metros, una altura máxima de 5,50 metros y su circulación se dirige en un solo ramal de dos carriles, hacia la Avenida de Los Mártires.
Los edificios tienen seis pisos, y en cada uno hay alrededor de 100 apartamentos.