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¿En verdad, aprendemos de las lecciones de la historia?


SI usted empata las declaraciones del líder de la llamada "patria nueva", en las que acusa, a enemigos externos e internos, de estar caldeando prematuramente el proceso político, con los cada vez más virulentos ataques del sector "disidente" del PRD, el de la llamada "patria vieja", que se declara excluido del proceso de toma de decisiones a lo interno de ese colectivo, resulta evidente que la cacareada unidad del partido gobernante es un cuento de caminos.
Entre las más serias acusaciones que hacen sus propios copartidarios al Presidente y también Secretario General del partido, está la de haber excluido a muchos militantes "torrijistas históricos" y rodearse para gobernar de un grupo de sus amigos personales. Igualmente, le acusan de haber olvidado "el estilo torrijista".
El mar de fondo de toda esta controversia interna del partido gobernante es la lucha por el control de su dirección, especialmente del Comité Ejecutivo Nacional, que se decidirá en una contienda próxima. Quien controle el partido, eventualmente, con la sartén por el mango, también determinará quien será su candidato para las elecciones del 2009, en las que el PRD aspira a retener el poder. Y como, objetivamente, eso es posible, de allí porqué los harto conocidos "precandidatos" y sus incondicionales, han comenzado a hacer sonar los tambores de guerra, sin importarles que su jefe nominal los llame a contener su impaciencia o les califique de "enemigos soterrados".
El PRD, es bueno recordarlo, nació de las entrañas de la dictadura; y como durante el régimen militar las órdenes se las daban los cuarteles, todo el mundo se cuadraba. En esas condiciones su unidad fue monolítica. En las postrimerías del noriegato, hubo algunos atisbos de fraccionamiento, pero no porque los inconformes hubieran discutido o retado el curso que marcaban "sus superiores" del estado mayor, sino porque algunas aspiraciones presidenciales fueron echadas a un lado por los mandamases de turno, para favorecer a otros más incondicionales o más allegados.
Pero como dice el refrán, una cosa es con violín y otra con guitarra. A medida que se derrumbaba la dictadura, también caía el PRD. "El gran partido", que campeaba bajo el amparo del poder militar, se convertía en un cascarón, como quedó demostrado en la monumental paliza que le propinó el pueblo panameño en las elecciones de mayo de 1989, que ganó Guillermo Endara, tres votos contra uno; y que los militares anularon en un afán desesperado por retener el poder, pero que fue la puntilla que aceleró su final.
En 1990, nadie hubiera apostado por la posibilidad de que el PRD resurgiera. Y muy pocos de los dirigentes que de la oposición habían pasado al gobierno cuando se restableció la democracia electoral, le concedían capacidad de lograrlo, cometiendo el grave error de fraccionarse en varias candidaturas. Esa falta de previsión se pagó cara.
En una contienda con cuatro candidatos, el PRD ganó con el treinta y dos por ciento (32%) de los votos.
La victoria, precaria pero victoria al fin, le dio un nuevo aire al partido engendro de la dictadura.
Aprovechándose de la corta memoria colectiva y de los resultados conseguidos por el gobierno de Endara, que pagó el costo político de haber gobernado con responsabilidad pero sin demagogia, para limpiar el desastre de país que nos dejaron los militares y el PRD, recompusieron su caudal político, y con una bien financiada y planificada propaganda, hasta se atrevieron a intentar una descabellada aventura reeleccionista.
En ese intento, "con nombre, apellido y apodo", de perpetuación personalista, está buena parte de los antecedentes del cisma que ya se vislumbra en el PRD. En el partido, rebautizado ahora de "la patria nueva" vuelven a enfrentase sus dos figuras principales.
El precio político del intento reeleccionista de Pérez Balladares lo pagó Torrijos, en 1999, y ahora que éste controla el poder, pareciera estar decidido a cobrarle esa vieja cuenta, cerrándole el paso a su intento de controlar el partido y de hacerse con la candidatura para el 2009. Que la lucha por el control del partido gobernante recrudecerá en los próximos meses, es un hecho seguro. Y de ella, gane quien gane, saldrá un PRD notoriamente debilitado, pero con suficiente fuerza política para levantar un 34% de los votos en las próximas elecciones. Y si como todo parece indicar, los otros sectores políticos continúan fraccionándose y concurren con 3 candidatos, como en Panamá no existe un sistema de doble vuelta, la historia del 94 podría repetirse. Que los llamados "partidos de oposición" logren consolidar un frente electoral unitario, por un acuerdo entre ellos, lo veo casi imposible. Por eso, es cada día más importante trasladarle la decisión al electorado, mediante el establecimiento del sistema de doble vuelta.
Si en 1994 hubiera existido la doble vuelta, el PRD nunca hubiera regresado al poder. Aprendamos de las lecciones de la historia y no volvamos a cometer los mismos errores.

101 años de Panamá América

 
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