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Encuestas o embustes


"Yo sólo creo en aquellas encuestas que yo mismo he manipulado previamente". Winston Churchill. Los que tengan buena memoria recordarán que a finales de 1998, faltando pocos meses para las elecciones nacionales, una empresa encuestadora que fonética y humorísticamente sonaría a "Diga y Mienta", le acreditó a una candidata un 20%, mientras que a su rival le otorgó un 53%. "Apretaron mucho la maleta para ese viaje" y los resultados electorales ulteriores desvirtuaron esa falacia.
Las encuestas hacen revivir el viejo dilema de la cebra, es negra con rayas blancas o a la inversa. La dicotomía en el caso de las encuestas se proyecta en función de adaptación del dilema a las premisas de que reflejan las mismas una cuantificación y distribución de preferencias electorales en un momento dado.
O las encuestas, sobre todo las que son falseadas (o si es que en realidad se realizaron), son las que precondicionan y guían las respuestas a través de la forma en que se establecen las preguntas.
Todo parece indicar que mediante estos recursos van intentando condicionar las preferencias, dado el tradicional criterio de que mejor es estar con el que se proyecta en mayores márgenes de opciones, y así surge la apetencia de estar del lado del victorioso, lo que va condicionando las preferencias electorales.
Esto se da particularmente en aquellos que no están muy seguros de su definición política y por ende, de sus preferencias electorales.
Algunos ciudadanos se protegen de los demás y de los interrogatorios, alegando que no son políticos, que son apolíticos.
Si universalizamos el postulado socrático de que el hombre es un animal político, los que rechacen el vocablo "político", sólo les queda la mitad de la acreditación y la definición.
En un programa radial en el que periódicamente participo, se comentaba acerca de la veracidad y seriedad de las encuestas. De pronto, a uno de los participantes se le ocurrió consultarle al público si alguna vez había sido encuestado en relación a temática política o si alguien sabía de algún pariente o amigo que hubiese sido consultado. Fueron unas veinticuatro llamadas, todas con idénticas respuestas: "No, no he sido encuestado, ni sé de ningún pariente o amigo que lo hubiese sido".
Esporádicamente he continuado preguntando en la calle, pero hasta ahora no he tenido la dicha de saber de ningún ser humano en Panamá que haya sido encuestado políticamente.
Algunas veces he aprovechado la derivación del diálogo y logro mi propia mini encuesta. Con la práctica he aprendido que hay formas de preguntar para inducir la respuesta que uno quiere oír. En ocasiones, en Panamá, las encuestas han sido la motivación de actos de humor involuntario.

101 años de Panamá América

 
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