Enemigos de los avances científicos
A quí en Inglaterra y en el resto de Europa, la oposición a cosechas, alimentos y demás productos genéticamente modificados es muy fuerte. Pero esa posición tiene poco que ver con la ciencia, ya que tales alimentos jamás han tenido ningún efecto negativo en la salud de los consumidores.
Mucho tiene que ver, más bien, al odio hacia grandes empresas y a sentimientos de antiamericanismo. Sin embargo, parece que la prohibición de productos genéticamente modificados puede ser cambiada, aunque sigan vivas las pasiones en su contra.
La semana pasada, el gobierno británico anunció un plan que permitirá la comercialización de cosechas de maíz genéticamente modificado. Y la Unión Europea informa que finalmente levantará el moratorio, una vez que las regulaciones sobre información y proveniencia en las etiquetas estén funcionando.
Pero pasará mucho tiempo antes que el público europeo cambie su errada actitud hacia los productos genéticamente modificados. El anuncio del gobierno británico provocó protestas.
Mucha gente no les perdona a las autoridades el mal manejo de la fiebre aftosa y la enfermedad de las vacas locas.
El gobierno comenzó negando la existencia de ambos y luego actuó torpemente. En otros países europeos, tanto los gobiernos como el público se oponen al consumo de alimentos genéticamente modificados.
El agricultor francés José Bove ha sido líder en su país de la campaña contra estos alimentos, denunciando que beneficia a grandes corporaciones y perjudica a los agricultores.
Tal posición ignora el hecho que esta moderna tecnología aumenta radicalmente la productividad de los agricultores, aumenta la resistencia de las cosechas a las sequías y a la salinidad de los campos, a la vez que reduce la utilización de pesticidas. Son especialmente los pequeños agricultores los más favorecidos por esa nueva tecnología.
La posición europea es totalmente hipócrita, ya que millones de europeos visitan cada año a Estados Unidos, donde comen tranquilamente alimentos genéticamente modificados.
Como mantiene Roger Bate, del American Enterprise Institute, alrededor de 70 por ciento de los alimentos que se venden en los supermercados norteamericanos contienen elementos genéticamente modificados.
Para evitar consumir esos productos, los viajeros europeos tendrían que viajar con maletas repletas de sus adorados alimentos "orgánicos".
Es más, de este lado del charco nunca oímos protestas contra la cerveza alemana y los quesos franceses que, como Bate nos informa, son producidos con enzimas genéticamente modificadas.
Aunque el gobierno del primer ministro Tony Blair cambie las regulaciones, no será fácil cambiar la actitud de la gente.
Las encuestas muestran que 85 por ciento de la gente cree que las cosechas genéticamente modificadas tienen un impacto negativo en el medio ambiente, 86 por ciento piensa que esta tecnología se utiliza sólo para aumentar las ganancias de las empresas y apenas 4% admite estar dispuestos a consumir tales productos.
A Nicolás Copérnico (1473-1543) no le extrañaría el resultado de tales encuestas. En su tiempo, más del 96 por ciento de la gente creía que la Tierra era plana.
Mucho tiene que ver, más bien, al odio hacia grandes empresas y a sentimientos de antiamericanismo. Sin embargo, parece que la prohibición de productos genéticamente modificados puede ser cambiada, aunque sigan vivas las pasiones en su contra.
La semana pasada, el gobierno británico anunció un plan que permitirá la comercialización de cosechas de maíz genéticamente modificado. Y la Unión Europea informa que finalmente levantará el moratorio, una vez que las regulaciones sobre información y proveniencia en las etiquetas estén funcionando.
Pero pasará mucho tiempo antes que el público europeo cambie su errada actitud hacia los productos genéticamente modificados. El anuncio del gobierno británico provocó protestas.
Mucha gente no les perdona a las autoridades el mal manejo de la fiebre aftosa y la enfermedad de las vacas locas.
El gobierno comenzó negando la existencia de ambos y luego actuó torpemente. En otros países europeos, tanto los gobiernos como el público se oponen al consumo de alimentos genéticamente modificados.
El agricultor francés José Bove ha sido líder en su país de la campaña contra estos alimentos, denunciando que beneficia a grandes corporaciones y perjudica a los agricultores.
Tal posición ignora el hecho que esta moderna tecnología aumenta radicalmente la productividad de los agricultores, aumenta la resistencia de las cosechas a las sequías y a la salinidad de los campos, a la vez que reduce la utilización de pesticidas. Son especialmente los pequeños agricultores los más favorecidos por esa nueva tecnología.
La posición europea es totalmente hipócrita, ya que millones de europeos visitan cada año a Estados Unidos, donde comen tranquilamente alimentos genéticamente modificados.
Como mantiene Roger Bate, del American Enterprise Institute, alrededor de 70 por ciento de los alimentos que se venden en los supermercados norteamericanos contienen elementos genéticamente modificados.
Para evitar consumir esos productos, los viajeros europeos tendrían que viajar con maletas repletas de sus adorados alimentos "orgánicos".
Es más, de este lado del charco nunca oímos protestas contra la cerveza alemana y los quesos franceses que, como Bate nos informa, son producidos con enzimas genéticamente modificadas.
Aunque el gobierno del primer ministro Tony Blair cambie las regulaciones, no será fácil cambiar la actitud de la gente.
Las encuestas muestran que 85 por ciento de la gente cree que las cosechas genéticamente modificadas tienen un impacto negativo en el medio ambiente, 86 por ciento piensa que esta tecnología se utiliza sólo para aumentar las ganancias de las empresas y apenas 4% admite estar dispuestos a consumir tales productos.
A Nicolás Copérnico (1473-1543) no le extrañaría el resultado de tales encuestas. En su tiempo, más del 96 por ciento de la gente creía que la Tierra era plana.