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“Enfermedades olvidadas”


El progreso tecnológico que ha tenido lugar en la última década ha provocado espectaculares mejoras en la salud a escala mundial. Pero estos avances no se han distribuido uniformemente, ya que un tercio de la población mundial carece de acceso a los modernos cuidados médicos.
En los países ricos nadie piensa morir de enfermedades como la gripe, las diarreas o la tuberculosis. En los países del sur, dichas patologías diezman a las poblaciones más desfavorecidas. A esta situación contribuyen las “enfermedades olvidadas”, aquellas de las que no se habla porque no interesa.
El SIDA, cuya incidencia ya es conocida en los países del norte, es una de las enfermedades que más mortandad causa en las zonas menos desarrolladas. Pero existen otras enfermedades infecciosas cuyos efectos son devastadores: causan la muerte al año de once millones de personas.
“Enfermedades olvidadas o huérfanas” para las que hay necesidades, pero no mercado. Son por ejemplo “la enfermedad del sueño”, en Uganda y al sur de Sudán, la enfermedad de Chagas en Honduras, la “leishmaniasis” en Perú o la malaria en Camboya. Patologías que a pesar de causar una gran morbilidad no ocupan grandes titulares, porque no son rentables para la industria farmacéutica y tampoco atraen inversiones para su investigación.
Ante la falta de financiación pública y privada, el 80% de la población de los países menos desarrollados tiene que pagar sus propias medicinas. Ello supone hacer frente a una enfermedad que tiene un alto coste sobre la familia y que en la mayoría de los casos no puede afrontar.
En Zambia, por ejemplo, tratar un caso de neumonía infantil cuesta nueve dólares al día, cantidad equivalente a la mitad del ingreso familiar mensual, por lo que situaciones como ésta ponen de manifiesto para las multinacionales que estas enfermedades no son “rentables” porque los países pobres nunca podrán pagar estos medicamentos.
Sin duda, los altos precios de las medicinas suelen ser el primer obstáculo para el tratamiento y se determinan sin tener en cuenta la capacidad de compra nacional. Determinados países han apelado a la necesidad de producir genéricos; es decir, versiones baratas de fármacos patentados.
“En Brasil, gracias a la política llevada a cabo por los dos últimos gobiernos de acceso universal a los medicamentos para el SIDA, en cuatro años, se han conseguido reducir los casos a la mitad”, destaca Michael Miles, investigador y científico de la Escuela de Medicina Tropical de Londres.
Por su parte, Intermón Oxfam, en uno de sus últimos informes (“Patentes y acceso a medicamentos”), resumía que el tratamiento patentado contra el SIDA cuesta entre tres y 15 veces más que el genérico, y el de la diarrea puede multiplicar por ocho el precio del genérico.
A este sombrío panorama hay que añadir además que sólo el 5% de la inversión en Investigación y Desarrollo (I+D) en todo el mundo se destina al desarrollo de tratamientos de enfermedades que afectan a países pobres. De este escaso porcentaje, el SIDA, la malaria y la tuberculosis (que son más conocidas) acaparan mayoritariamente las ayudas frente a las enfermedades más “olvidadas”.
La búsqueda de soluciones requiere una voluntad política y de financiación. Inversión en infraestructuras sanitarias en los países del sur, y no sólo donación o compra de miles de vacunas para atender de primera mano a estas personas y olvidarnos de ellas hasta que se presupuesten nuevas ayudas económicas por parte de los organismos internacionales.
“El consenso entre todas las partes, públicas y privadas, es el único paso para que la situación se revierta”, afirma Miles. “La decisión es política y está en las manos del G-8 que es quien tiene realmente el poder”.
*Agencia de Información Solidaria
(mateobalin@yahoo.es)

El Colegio de Arquitectos hizo la denuncia de la intención de construir el puente a pesar de no contar con los permisos, lo que los obligó a actuar al margen de la ley.
El alcalde del distrito capital, Juan Carlos Navarro, señaló que “lejos de la realidad”, el municipio no ha autorizado ninguna construcción porque hasta la fecha se estudian los daños que pueden causar.
Dijo que los representantes de la obra no han identificado el número de aprobación de la ANAM, de la Autoridad Marítima de Panamá para llevar a cabo una obra como esta, además de que no tienen la caseta exigida antes de iniciar una obra.
Navarro dijo sentirse avergonzado y burlado por los proponentes de la obra y por las autoridades gubernamentales, por autorizar la obra.
“Cómo es posible que estos señores en contubernio con las autoridades gubernamentales atenten contra el derecho de los ciudadanos de tener una Avenida Balboa libre y al servicio de los usuarios”.

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