Ensanchemos la Calzada de Amador
En más de una ocasión nos hemos referido al Museo de la Biodiversidad, que estará ubicado en la Calzada de Amador. La obra, que será licitada en septiembre próximo, colocará a Panamá en el mapa de la arquitectura mundial, puesto que su diseñador, Frank Gehry, es reconocido como el arquitecto del siglo, así en singular, sin compañía. No es exagerado afirmar que, una vez terminado, será un icono, de obligatorio peregrinaje, de las más reconocidas escuelas de su disciplina en el planeta.
¿Cuántos visitantes, cuántos millones al año producirá? Se anticipa que muchos, quizás demasiados. Tenemos quizás un país muy pequeño para tan grande obra. ¿Arquitectura o escultura? ¿Qué hay de mágico en las edificaciones de este excéntrico artista del diseño? Mucho y nada. Viola todas las reglas. Construye una ventana en el filo del edificio y no en el centro de una pared, como hizo en Alemania. En el Museo de Bilbao, las ventanas son asimétricas, torcidas. Ni hablar de techos y colores.
El de la Biodiversidad es una locura o una genialidad, depende de cómo se le mire. Para nosotros es lo mismo. Poco hay de diferencia entre uno y otro extremos, que se juntan en la creatividad. Gehry dice que escultura y arquitectura es lo mismo. Si lo hubiera dicho un alumno cualquiera, lo habrían fracasado. Es un perfecto disparate, tanto como brillante ocurrencia. Su techo parece un grupo de pañoletas multicolores soltada al aire y dejadas caer sobre el edificio. La brisa tropical las deja suspendidas en forma caprichosa, haciendo olas, como las aguas del Pacífico que lo bañan. El Museo de Gehry será una gran atracción. Pero necesitaremos proveerle infraestructura acorde con su envergadura. La proximidad del nuevo puente sobre el Canal, con sus formas piramidales será uno de ellos. La tremenda inversión que se ha hecho en la Calzada también. Pero no basta.
Es indispensable emprender las obras necesarias para ensancharla a cuatro carriles. Tal cual como está ahora, es insuficiente para absorber la oleada de visitantes de un viernes por la tarde cualquiera, por no hablar de las tardes de sábado y domingo, y de los días de concierto. Hay que hacer algo pronto, bien y estético. De lo contrario, para cuando arriben los cruceros, ¿qué vamos a hacer con 5 ó 10 mil o más pasajeros en uno solo? La vía es estrecha y no va acorde con los pasos elevados próximos al puente de las Américas. El Museo de Gehry no puede estar atrapado en un embudo.
Deben licitarse los diseños para ensanchar la vía. De cualquier modo, es un trabajo que no puede esperar demasiado, pues debe terminarse junto al museo, cuya construcción podría tardar tres años, si se hace con paciencia y no a la carrera como el edificio de Figali donde su dueño dice que a alguien se le olvidó hacer las escaleras de unas oficinas situadas en lo alto, ni como el anexo en la Facultad de Derecho, diseñado por la propia Universidad, que omitió el espacio para los ductos de aire acondicionado central que, ante la falta, serpentean por los pasillos; o como el Hospital de Aguadulce, que no tiene morgue pese a que morir es siempre una posibilidad de todo centro hospitalario.
¿Cuántos visitantes, cuántos millones al año producirá? Se anticipa que muchos, quizás demasiados. Tenemos quizás un país muy pequeño para tan grande obra. ¿Arquitectura o escultura? ¿Qué hay de mágico en las edificaciones de este excéntrico artista del diseño? Mucho y nada. Viola todas las reglas. Construye una ventana en el filo del edificio y no en el centro de una pared, como hizo en Alemania. En el Museo de Bilbao, las ventanas son asimétricas, torcidas. Ni hablar de techos y colores.
El de la Biodiversidad es una locura o una genialidad, depende de cómo se le mire. Para nosotros es lo mismo. Poco hay de diferencia entre uno y otro extremos, que se juntan en la creatividad. Gehry dice que escultura y arquitectura es lo mismo. Si lo hubiera dicho un alumno cualquiera, lo habrían fracasado. Es un perfecto disparate, tanto como brillante ocurrencia. Su techo parece un grupo de pañoletas multicolores soltada al aire y dejadas caer sobre el edificio. La brisa tropical las deja suspendidas en forma caprichosa, haciendo olas, como las aguas del Pacífico que lo bañan. El Museo de Gehry será una gran atracción. Pero necesitaremos proveerle infraestructura acorde con su envergadura. La proximidad del nuevo puente sobre el Canal, con sus formas piramidales será uno de ellos. La tremenda inversión que se ha hecho en la Calzada también. Pero no basta.
Es indispensable emprender las obras necesarias para ensancharla a cuatro carriles. Tal cual como está ahora, es insuficiente para absorber la oleada de visitantes de un viernes por la tarde cualquiera, por no hablar de las tardes de sábado y domingo, y de los días de concierto. Hay que hacer algo pronto, bien y estético. De lo contrario, para cuando arriben los cruceros, ¿qué vamos a hacer con 5 ó 10 mil o más pasajeros en uno solo? La vía es estrecha y no va acorde con los pasos elevados próximos al puente de las Américas. El Museo de Gehry no puede estar atrapado en un embudo.
Deben licitarse los diseños para ensanchar la vía. De cualquier modo, es un trabajo que no puede esperar demasiado, pues debe terminarse junto al museo, cuya construcción podría tardar tres años, si se hace con paciencia y no a la carrera como el edificio de Figali donde su dueño dice que a alguien se le olvidó hacer las escaleras de unas oficinas situadas en lo alto, ni como el anexo en la Facultad de Derecho, diseñado por la propia Universidad, que omitió el espacio para los ductos de aire acondicionado central que, ante la falta, serpentean por los pasillos; o como el Hospital de Aguadulce, que no tiene morgue pese a que morir es siempre una posibilidad de todo centro hospitalario.