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Enseñando a pensar


Nuestras escuelas, públicas y particulares suelen recargar su proceso de enseñanza en la memoria mecánica. Aplaude y premia al estudiante que mejor y más rápido se aprende los textos de memoria, aunque no entienda nada. En Estados Unidos, Asia y Europa, por el contrario, se enfatiza y estimula la iniciativa, inventiva y creatividad del alumno. Así es hasta en las clases de Literatura, donde desde temprana edad se le demuestra que Shakespeare está hoy tan vivo como siempre, a través de rondas de lectura colectiva en círculo, en torno al maestro quien, constantemente pregunta por la interpretación de tal o cual pasaje, fuera de dejarles montar obras de teatro por sí mismos y demás.  

Con semejante estimulación, no es extraño que en largas y tediosas jornadas de viaje en avión, barco o metro, un asiático, europeo o americano de cualquier edad saque de su mochila un voluminoso libro de bolsillo, en vez de aburrirse o dormitar, como nos suele ocurrir. El hábito de la lectura se les inculca desde temprano.

Ni hablar de la premiación por armar sencillos programas de computadora, modelos electrónicos y pruebas de laboratorios en exhibiciones para padres y demás interesados. Por eso es que los egresados de escuelas de naciones desarrolladas, cuando están de vuelta al país suelen decir que, puede que no hayan aprendido más, pero al menos se les enseñó a pensar y razonar todas las aristas de un problema  cualquiera.

101 años de Panamá América

 
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