Enseñar a reciclar
Cierto es que prevalece en nuestro pueblo una cultura de la cochinada. La basura es arrojada sin ningún escrúpulo a la calle desde automóviles en marcha, sin distingo de clase social; y los ríos y playas quedan convertidos en muladares cada fin de semana, sin considerar el lecho de ambos.
En la plataforma continental submarina hay de todo. Toneladas de llantas, latas de cerveza, carrocerías, electrodomésticos y ferrajes. En verdad, lo que hacemos periódicamente, atendiendo el llamado de una que otra organización conservacionista, para recoger desperdicios acumulados en las playas, es nada, comparable a lo que existe bajo el agua, a unos cuantos metros de la costa.
Pero con todo y eso, por algo hay que empezar y es mejor temprano que tarde. Comencemos ya a fomentar una cultura del reciclaje mediante el expediente simple de depositar la basura metálica, vidriada y de otra naturaleza por separado, usando bolsas y recipientes de distinto color o distintivo.
Al principio nadie hará caso a las sugerencias para separar los distintos tipos de basura, pero poco a poco, extendiendo la práctica en el tiempo y enseñándolo en las escuelas, se logrará ir forjando una cultura que coadyuve con el reciclaje y, por ende, con la conservación del medio ambiente.
El papel es también otro "desperdicio" de indudable utilidad. Hace poco vimos en televisión un documental en el que florecían pequeñas industrias de reciclaje de papel. En él aparecían familias colectando y moliendo papel junto con estiércol de elefante, de lo cual se producía una pasta que era vaciada en moldes y luego prensados y horneados. De todo aquello resultaban amplias planchas de papel de distinta consistencia y grosor, usable para hacer cajetas y para imprimir libros y cuadernos.
No pretendemos que en Panamá seamos como Uganda. Nos basta con que la ciudadanía tome conciencia de ser contaminador y empiece a contribuir a la solución, aun siendo parte del problema. Y un primer paso en ese sentido sería separar la basura y facilitar así su reciclaje.
Si se logra lo anterior, que es lo más, se conseguirá con mayor razón lo menos, esto es, ser más considerado con el medio ambiente natural y urbano. Porque igual consideración se merecen las calles, aceras, ríos, playas, lagos y quebradas del país. Todo es parte de nuestra casa mayor, que es el país entero donde vivimos y después nuestros hijos y nietos. Y unidos podemos poner fin a este gigantesco muladar en que lo hemos venido convirtiendo implacablemente para nuestra propia vergüenza.
En la plataforma continental submarina hay de todo. Toneladas de llantas, latas de cerveza, carrocerías, electrodomésticos y ferrajes. En verdad, lo que hacemos periódicamente, atendiendo el llamado de una que otra organización conservacionista, para recoger desperdicios acumulados en las playas, es nada, comparable a lo que existe bajo el agua, a unos cuantos metros de la costa.
Pero con todo y eso, por algo hay que empezar y es mejor temprano que tarde. Comencemos ya a fomentar una cultura del reciclaje mediante el expediente simple de depositar la basura metálica, vidriada y de otra naturaleza por separado, usando bolsas y recipientes de distinto color o distintivo.
Al principio nadie hará caso a las sugerencias para separar los distintos tipos de basura, pero poco a poco, extendiendo la práctica en el tiempo y enseñándolo en las escuelas, se logrará ir forjando una cultura que coadyuve con el reciclaje y, por ende, con la conservación del medio ambiente.
El papel es también otro "desperdicio" de indudable utilidad. Hace poco vimos en televisión un documental en el que florecían pequeñas industrias de reciclaje de papel. En él aparecían familias colectando y moliendo papel junto con estiércol de elefante, de lo cual se producía una pasta que era vaciada en moldes y luego prensados y horneados. De todo aquello resultaban amplias planchas de papel de distinta consistencia y grosor, usable para hacer cajetas y para imprimir libros y cuadernos.
No pretendemos que en Panamá seamos como Uganda. Nos basta con que la ciudadanía tome conciencia de ser contaminador y empiece a contribuir a la solución, aun siendo parte del problema. Y un primer paso en ese sentido sería separar la basura y facilitar así su reciclaje.
Si se logra lo anterior, que es lo más, se conseguirá con mayor razón lo menos, esto es, ser más considerado con el medio ambiente natural y urbano. Porque igual consideración se merecen las calles, aceras, ríos, playas, lagos y quebradas del país. Todo es parte de nuestra casa mayor, que es el país entero donde vivimos y después nuestros hijos y nietos. Y unidos podemos poner fin a este gigantesco muladar en que lo hemos venido convirtiendo implacablemente para nuestra propia vergüenza.