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Entre angustias y frustraciones


En verdad se advierte un creciente y acelerado deterioro del cuadro político-social. Es evidente que se experimenta el peso de una grave crisis institucional que amenaza con desvanecer los cimientos mismos de la sociedad panameña. La visión de la realidad que vivimos nos muestra que el pueblo camina entre angustias, desesperanzas y frustraciones. El deterioro de los valores familiares, éticos y morales constituyen la raíz de los males que confrontamos. Nos movemos en un ambiente enrarecido por la falta de respeto a la dignidad humana, las ambiciones desmedidas de riqueza que nos hacen idólatras del dinero, y miramos como valor supremo del hombre el materialismo, el individualismo y el egoísmo.
La situación ha dado como resultado una falta de fe y confianza en las instituciones del Estado. Cada día despertamos con escandalosos actos de corrupción pública y privada, que luego se sumergen en vaivenes jurídicos dilatados por procesos investigativos con los resultados que al final conocemos, es decir, jamás se establecerán responsabilidades y culpables de los actos bochornosos. Mientras tanto, allí están latentes los rostros de la gente pobre. Los niños desnutridos, los jóvenes desorientados y sin empleo, indígenas y campesinos relegados a la miseria; mujeres desamparadas, desempleo, subempleo, gente del campo y de la ciudad marginada, carente de bienes y servicios básicos sin ninguna calidad de vida. Por el otro lado, allí están los que viven en la opulencia y que prefieren destinar recursos a la compra de armas, en vez de dedicar mayores esfuerzos a combatir la pobreza y solucionar los problemas de los que viven en la desesperación.
He planteado en algunos de mis artículos que no se debe jugar con las esperanzas y las expectativas de una población que aspira a mejores días. La brecha entre ricos y pobres se hace cada día más profunda. El hambre, como algo axiomático, es mala consejera.

101 años de Panamá América

 
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