Entre el mejor, el peor y el ganador
Se dice que el votante panameño gusta de votar a ganador, y se menciona el ejemplo de ilustres ciudadanos que, en su momento, vieron frustradas sus aspiraciones de llegar a la presidencia de la República por el solo hecho de no ser percibidos como posibles ganadores, citándose en concreto a José Isaac Fábrega y a Víctor Florencio Goitía, entre otros.
Suele explicarse que por razones de clima y otras consideraciones, hemos desarrollado una especie de cultura de lotería e hipódromo, complementaria al "juega vivo", en la que todo el mundo quiere retratarse con el ganador.
Por eso, explican algunos estudiosos, no resulta fácil que en nuestro medio prendan los partidos ideológicos ni los candidatos demasiado virtuosos, ajenos a la idiosincrasia superficial y de corto plazo que tenemos.
Por lo general, es el propio interés y no el del país o la colectividad el que determina nuestras preferencias al momento de votar. Y cuando no, es el voto contra alguien o la apuesta a ganador lo determinante. En todo caso, en esa decisión, las perspectivas de un país mejor, no juega papel alguno.
Eso quizá sea así hasta hace poco, pero está cambiando a medida que las comunicaciones acortan las distancias y la educación se extiende. El votante se nutre hoy de la experiencia de otros países y se vuelve más exigente, resistiéndose a ser gobernado por quienes no son al menos iguales o mejores que él.
Por otra parte, cada vez se requiere más que los candidatos tengan mejor educación y buenos antecedentes. Ya no se percibe como natural el que "todos los gobiernos roben", o que se ascienda al poder para acceder a un botín.
Lo anterior se debe a que cada vez hay más estudiantes y graduados con títulos universitarios, maestrías y doctorados locales y extranjeros. Casi una decena de universidades públicas y privadas se encuentran diseminadas por todos los rincones de la geografía nacional. Por los pueblos y ciudades se encuentran centros de estudios de toda clase, que están ayudando a cambiar las perspectivas del ciudadano común y a ampliar su modo de ver las cosas.
En la nueva circunstancia, es inevitable que a partir de ahora y hacia el milenio próximo, el electorado se torne más exigente con sus políticos, requiriéndoles más preparación, proyección, honestidad y contenido. Y más temprano que tarde, la campaña política será una competencia entre los mejores, no entre el menos malo ni entre peores, quedando atrás el concepto de la obsoleta apuesta a ganador y el voto contra alguien o contra algo.
Suele explicarse que por razones de clima y otras consideraciones, hemos desarrollado una especie de cultura de lotería e hipódromo, complementaria al "juega vivo", en la que todo el mundo quiere retratarse con el ganador.
Por eso, explican algunos estudiosos, no resulta fácil que en nuestro medio prendan los partidos ideológicos ni los candidatos demasiado virtuosos, ajenos a la idiosincrasia superficial y de corto plazo que tenemos.
Por lo general, es el propio interés y no el del país o la colectividad el que determina nuestras preferencias al momento de votar. Y cuando no, es el voto contra alguien o la apuesta a ganador lo determinante. En todo caso, en esa decisión, las perspectivas de un país mejor, no juega papel alguno.
Eso quizá sea así hasta hace poco, pero está cambiando a medida que las comunicaciones acortan las distancias y la educación se extiende. El votante se nutre hoy de la experiencia de otros países y se vuelve más exigente, resistiéndose a ser gobernado por quienes no son al menos iguales o mejores que él.
Por otra parte, cada vez se requiere más que los candidatos tengan mejor educación y buenos antecedentes. Ya no se percibe como natural el que "todos los gobiernos roben", o que se ascienda al poder para acceder a un botín.
Lo anterior se debe a que cada vez hay más estudiantes y graduados con títulos universitarios, maestrías y doctorados locales y extranjeros. Casi una decena de universidades públicas y privadas se encuentran diseminadas por todos los rincones de la geografía nacional. Por los pueblos y ciudades se encuentran centros de estudios de toda clase, que están ayudando a cambiar las perspectivas del ciudadano común y a ampliar su modo de ver las cosas.
En la nueva circunstancia, es inevitable que a partir de ahora y hacia el milenio próximo, el electorado se torne más exigente con sus políticos, requiriéndoles más preparación, proyección, honestidad y contenido. Y más temprano que tarde, la campaña política será una competencia entre los mejores, no entre el menos malo ni entre peores, quedando atrás el concepto de la obsoleta apuesta a ganador y el voto contra alguien o contra algo.