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Entre informar y confundir


La gente descubrió que las protestas que interrumpen el tráfico son el modo más expedito para conseguir atención a problemas como la recolección de la basura, la falta de agua o la reparación de escuelas y calles. Si, además, el tranque que resulta se convierte en noticia, los protagonistas recibirán cobertura de los medios de comunicación y podrán gritar a los cuatro vientos su desamparo ante la incompetencia gubernamental.

Difíciles de justificar son las protestas que afectan a quienes nada tienen que ver con el problema que las motiva, en un país donde la libertad de expresión está garantizada, pero uno puede entender que agotados y frustrados haya quienes sientan que no les queda otra alternativa, y que la presencia de los periodistas en sus comunidades les proporciona la oportunidad de que sus voces puedan escucharse. La información que se divulga de estas protestas pacíficas, por inconvenientes y molestas que sean, sirve para dar voz a los que no la tienen y nos acerca las crudas realidades en las que transcurre la vida cotidiana de muchos.

Sin embargo, lo que presenciamos la semana pasada no fue la transmisión de la información precisa y objetiva de los hechos, cuando un puñado de agitadores ocupó una docena de puntos estratégicos, cerró las vías más importantes y, por unas horas, trastocó los planes de casi todos los que salieron a las calles esa mañana al quedar atrapados por una protesta que, más que una exigencia de justicia, se convirtió en una manifestación de fuerza y un desafío a las normas legales.

Ante esta situación, algunos periodistas de las dos principales canales de televisión -inspirados en el estilo noticioso de CNN- contribuyeron con tono destemplado y una agitación desproporcionada a crear la sensación de que el país estaba al borde del caos, anunciando que la ciudad estaba secuestrada y que la violencia cundía por todas las esquinas. Para hacer más impresionante esa narración catastrófica se proyectaban, una y otra vez, las mismas imágenes de los incidentes más aparatosos con la indicación de que se trasmitían en vivo, aún cuando habían sido filmadas muchas horas antes.

En ese ambiente de paroxismo se promovía la confusión al conminar a las autoridades a resolver el conflicto, pero se omitía informar que los dos policías relacionados con la muerte de Iromi Smith -hecho que originó las protestas- estaban detenidos y sometidos a investigación, que el SUNTRACS negociaba con la CAPAC un reglamento de seguridad para los trabajadores de la construcción y que, aunque el tranque era descomunal, la policía mantenía el orden y no había lesionados de gravedad.

Pasados unos días, vale la pena que los directores de noticias y los reporteros que cubren hechos noticiosos revisen su actuación durante estos acontecimientos y retomen su responsabilidad de informar de manera objetiva y serena.

101 años de Panamá América

 
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