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Entre TLC y vacas locas


A veces no sabemos quiénes están más locos, si los políticos que mandan nuestras naciones o los humildes rumiantes afectados de encefalopatía espongiforme, más conocida como mal de "las vacas locas"; la cruel enfermedad que empieza estropeando su sistema de equilibrio, haciéndolo caminar con torpeza, arrastrando las patas traseras y girando sobre su propio eje, para terminar convirtiendo su cerebro en puré.
De por sí, el mal es una desgracia para la ganadería de cualquier país y, aun así sería poco, si no fuera porque también ataca a los humanos, con iguales efectos. No hay cura. Inglaterra tuvo que eliminar casi todo su bellísimo ganado por su causa y, aun así, no se pudo evitar que cruzara el Canal de la Mancha e infectara hatos franceses, matando a decenas de personas. Eso, no es relajo.
A su lado, la aftosa, que tantas medidas internacionales ha provocado y que tiene taponada para siempre nuestra frontera con Colombia, sin poder atravesarla, como lógico y conveniente es, por medio de una carretera que nos una por fin a Sudamérica, parece un juego de niños. Hace pocos años apareció un severo brote de aftosa en Argentina y perdieron brevemente el mercado internacional. Pues bien, en menos de un año, vacunaron sus millones de reses y se acabó. Uruguay, muy expuesto, al lado de su frontera, hizo igual. Y hoy podemos degustar confiados de sus exquisitos cortes, los cuales esperamos no nos los entremezclen con otros de distinto origen.
Panamá y otros 35 países cerraron sus mercados a la importación de carne estadounidense desde que hace dos semanas se descubrió el primer caso del mal en Washington. Investigaciones ulteriores determinaron que era una res importada de Canadá. Eso no nos importa. El animal tiene cuatro años de pastar en Estados Unidos, exponiendo al contagio a otros animales cuyo mal podría estar agazapado en este recesivo. Después, se reportaron otros casos sospechosos en diversos estados.
Ahora nos presionan para que reabramos la puerta a las importaciones de carne y ganado estadounidense. Se dice que si no lo hacemos, no habrá negociaciones de libre comercio en marzo próximo. A ese tipo de locura nos referíamos al iniciar la columna de hoy. Y frente a ellas, Panamá debe mantenerse firme y decir que no, aunque nos cueste momentáneamente el tratado. Ellos seguramente harían igual si fuera a la inversa.
En fin, cualquier reapertura debe hacerse de consuno con los otros países, bajo severos controles sanitarios de origen y rigurosas normas de etiquetado del lugar de procedencia en tiendas y restaurantes, porque el consumidor tiene derecho a saber de dónde viene lo que compra. En fin, es apenas un poco de su propia medicina.

101 años de Panamá América

 
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