Entre visas y desaciertos
A VECES ME pregunto qué más va a tener que pasar en Panamá para que pase algo. La revocatoria de visa a un Magistrado de la Corte Suprema por supuesta corrupción, al tenor de lo dicho por el vocero norteamericano, es un asunto grave. El descrédito en que está sumida la administración de justicia en su conjunto viene mermando la institucionalidad democrática, entre otros factores, desde hace rato. Arropar el tema con banderas de nacionalismo o de supuestas intervenciones es lo peor que podemos hacer.
Cuando estudiaba derecho nos decían que después de Dios, en la tierra seguían los administradores de justicia. Creo que los de aquí, con salvadas excepciones, están bien lejos de esas consideraciones. He venido repitiendo desde hace años que el sistema que nos rige llegó a su fin. No se qué más necesitamos como prueba. Cuando tuve la ocasión de asistir a la convocatoria que nos hicieron al partido que represento en el Pacto por la Justicia, lo dije sin miramientos. Mencioné allí que la oportunidad de cambiar la Constitución vigente se perdió el año pasado cuando le introdujeron cosméticos cambios, en abierta componenda del gobierno electo de entonces con el saliente. Tales parches no aguantaron ni fueron capaces de resolver la primera crisis que se generó al escuchar las declaraciones del magistrado Arjona a comienzos de este año. La comisión que creó el presidente Torrijos como respuesta a ello fue un parapeto más para seguir apostando a las ventajas de un sistema que permite todo lo que está pasando y que quizás, desde la óptica del gobierno actual, les resulta ventajoso para seguir inmersos en la forma tradicional de hacer política que tanto se criticó en tiempos de la patria vieja. Miren la expectativa que está generando las aplicaciones para las vacantes de los dos magistrados que deben nombrarse este mes.
El retiro del visado hoy, como las declaraciones de la embajadora Watts el año pasado, apuntan en una dirección preocupante. Un Magistrado no es un ciudadano cualquiera. La duda que genera tal sanción -viniendo de donde viene y en la forma que viene- lo inhabilita en su delicada función de juez supremo. ¿O me equivoco? Que vaya a renunciar, es otra cosa. También sufre la imagen del país. Por ello, las autoridades del Ejecutivo, la Cancillería específicamente, deben exigir que las pruebas que sustentan la decisión sean aportadas para que todos sepamos qué pasó, y si hay mérito, investigar lo sucedido, si la Asamblea lo permite, por supuesto. Dejar estos temas en el tapete, como decimos, van a crear más presión ciudadana, la cual con justificada razón empieza ya a demostrar señales claras de hastío. Los Afudólares, el CEMIS y otros escándalos de igual magnitud, todos han sido cerrados. Borrón y cuenta nueva le decían en la patria vieja, ¿recuerdan? Cuanta alharaca entonces..
Es el momento de exigir una reforma real e integral del Estado panameño. La Constituyente es la vía. La institucionalidad está mermada y la credibilidad agotada. Todos los sectores debemos unirnos y exigir lo mismo en un claro entendimiento nacional por el cambio. Cuando se introdujo esta reforma el año pasado era para legitimar o constitucionalizar la Constituyente, criterio que no compartí, pero que acepté en aras de avanzar y tenerla hoy como institución jurídico-política. Esa Constituyente puede significar el real y necesario entendimiento político para redefinir las instituciones modernas y transparentes que deben regir los destinos del país. Sería el gran pacto nacional del que tanto se ha hablado y sobre el que poco se hace para lograrlo. Ciertamente, valoremos el tema y la situación en que se encuentran las instituciones. Es tiempo de cambiar dentro del sistema y evitar que sean factores externos los que lo cambien, entonces sí, para lamentarnos por largo rato otra vez.
Durante la transición del gobierno saliente al electo lo dije y hoy lo reitero. No importa las buenas intenciones de un nuevo gobierno, el sistema agotado que tenemos lo está aniquilando en su efectividad, en el concepto bien entendido del término. Equivocadamente se piensa que lo que sucede es gobernar bien, sólo porque de propaganda en propaganda se busca olvidar las constantes crisis. Demasiados entuertos juntos y grandes complicidades parecen impedir el esclarecimiento de las cosas, pero ¿hasta cuándo? Esa es la gran incógnita que a lo mejor lo imponderable nos aclare en medio de sorpresas, pero no de sorprendidos. No deja de inquietarme la evolución de las cosas y el poco interés en que algo cambie. Bueno.. tiempo al tiempo. Hoy son las visas, ¿y mañana?
Corolario: hace más de 50 años que Uruguay volvió a ser el país pobre y despoblado de sus inicios. ¿Se necesitan más pruebas?
(*)Analista política uruguaya.
(c)www.aipenet.com
Cuando estudiaba derecho nos decían que después de Dios, en la tierra seguían los administradores de justicia. Creo que los de aquí, con salvadas excepciones, están bien lejos de esas consideraciones. He venido repitiendo desde hace años que el sistema que nos rige llegó a su fin. No se qué más necesitamos como prueba. Cuando tuve la ocasión de asistir a la convocatoria que nos hicieron al partido que represento en el Pacto por la Justicia, lo dije sin miramientos. Mencioné allí que la oportunidad de cambiar la Constitución vigente se perdió el año pasado cuando le introdujeron cosméticos cambios, en abierta componenda del gobierno electo de entonces con el saliente. Tales parches no aguantaron ni fueron capaces de resolver la primera crisis que se generó al escuchar las declaraciones del magistrado Arjona a comienzos de este año. La comisión que creó el presidente Torrijos como respuesta a ello fue un parapeto más para seguir apostando a las ventajas de un sistema que permite todo lo que está pasando y que quizás, desde la óptica del gobierno actual, les resulta ventajoso para seguir inmersos en la forma tradicional de hacer política que tanto se criticó en tiempos de la patria vieja. Miren la expectativa que está generando las aplicaciones para las vacantes de los dos magistrados que deben nombrarse este mes.
El retiro del visado hoy, como las declaraciones de la embajadora Watts el año pasado, apuntan en una dirección preocupante. Un Magistrado no es un ciudadano cualquiera. La duda que genera tal sanción -viniendo de donde viene y en la forma que viene- lo inhabilita en su delicada función de juez supremo. ¿O me equivoco? Que vaya a renunciar, es otra cosa. También sufre la imagen del país. Por ello, las autoridades del Ejecutivo, la Cancillería específicamente, deben exigir que las pruebas que sustentan la decisión sean aportadas para que todos sepamos qué pasó, y si hay mérito, investigar lo sucedido, si la Asamblea lo permite, por supuesto. Dejar estos temas en el tapete, como decimos, van a crear más presión ciudadana, la cual con justificada razón empieza ya a demostrar señales claras de hastío. Los Afudólares, el CEMIS y otros escándalos de igual magnitud, todos han sido cerrados. Borrón y cuenta nueva le decían en la patria vieja, ¿recuerdan? Cuanta alharaca entonces..
Es el momento de exigir una reforma real e integral del Estado panameño. La Constituyente es la vía. La institucionalidad está mermada y la credibilidad agotada. Todos los sectores debemos unirnos y exigir lo mismo en un claro entendimiento nacional por el cambio. Cuando se introdujo esta reforma el año pasado era para legitimar o constitucionalizar la Constituyente, criterio que no compartí, pero que acepté en aras de avanzar y tenerla hoy como institución jurídico-política. Esa Constituyente puede significar el real y necesario entendimiento político para redefinir las instituciones modernas y transparentes que deben regir los destinos del país. Sería el gran pacto nacional del que tanto se ha hablado y sobre el que poco se hace para lograrlo. Ciertamente, valoremos el tema y la situación en que se encuentran las instituciones. Es tiempo de cambiar dentro del sistema y evitar que sean factores externos los que lo cambien, entonces sí, para lamentarnos por largo rato otra vez.
Durante la transición del gobierno saliente al electo lo dije y hoy lo reitero. No importa las buenas intenciones de un nuevo gobierno, el sistema agotado que tenemos lo está aniquilando en su efectividad, en el concepto bien entendido del término. Equivocadamente se piensa que lo que sucede es gobernar bien, sólo porque de propaganda en propaganda se busca olvidar las constantes crisis. Demasiados entuertos juntos y grandes complicidades parecen impedir el esclarecimiento de las cosas, pero ¿hasta cuándo? Esa es la gran incógnita que a lo mejor lo imponderable nos aclare en medio de sorpresas, pero no de sorprendidos. No deja de inquietarme la evolución de las cosas y el poco interés en que algo cambie. Bueno.. tiempo al tiempo. Hoy son las visas, ¿y mañana?
Corolario: hace más de 50 años que Uruguay volvió a ser el país pobre y despoblado de sus inicios. ¿Se necesitan más pruebas?
(*)Analista política uruguaya.
(c)www.aipenet.com