Erró Toledo
No hizo bien Alejandro Toledo en renunciar a su candidatura a la presidencia de su país. De haberse mantenido hasta el final, habría puesto en mayor evidencia el fraude que se gestaba en su contra y, por más que las posibilidades pesaban en sentido contrario a su causa, nunca debió descartar de antemano que un abrumador voto a su favor hiciera en último momento frustrar la trampa.
En Panamá, en 1989, la oposición a la dictadura militar abanderó la candidatura de Guillermo Endara. El fraude fue colosal, pero se quedó corto ante la avalancha de votos. Las encuestas de organismos y observadores internacionales independientes, pusieron en evidencia que, pese a que el gobierno clamaba victoria, el ganador era Endara.
Al final, la satrapía tuvo que anular las elecciones y desenmascararse para mostrar su rostro tiránico, todo lo cual apresuró la crisis iniciada dos años antes, y el deterioro de la unidad interna del régimen manifestada en dos intentos de golpe de Estado, hasta que vino la invasión que derrocó la dictadura y destruyó su aparato armado.
Nada de eso habría ocurrido, al menos en la magnitud que se dio, sino fuera porque la oposición tomó el guante lanzado por la satrapía y le peleó y ganó en su propio terreno. En muchos otros países ha pasado igual, y la marea de votos ha frustrado el fraude o le detuvo la mano. Pero Toledo no permitió esa posibilidad con su prematuro retiro.
Paralelamente, su decisión ha dejado un solo camino al pueblo peruano, el de la insurrección, en el que todos serán perdedores, porque en semejante ambiente, la guerrilla extremista regresará y con ella la reacción represiva de los cuerpos de seguridad y del ejército, constituyendo un retroceso a lo mucho que se ha avanzado hasta ahora.
Si Toledo hubiera permanecido en carrera, tal vez se hubiera repetido el fenómeno dominicano de un Joaquín Balaguer usurpando la elección a José Peña Gómez en forma tan descarada que forzó una crisis, que condujo a una reforma constitucional que derogó la reelección y abrevió el mandato de Balaguer para hacer posible un nuevo torneo del que emergió triunfador el opositor Leonel Fernández en 1996.
El retiro de Toledo marcó el triste final de una esperanza de relevo hacia la democracia, en el que Alberto Fujimori, con todo y sus defectos, jugó un papel de transición a partir de la plena dictadura hacia la dictadura media, en el que sentó las bases de la modernización económica y forzó la pacificación, dejando todo listo para la posta siguiente, la del advenimiento de un gobierno plenamente democrático que, naturalmente, no llegaría gratuitamente, sin lucha y sacrificio. Y competir hasta el final era a nuestro juicio parte vital de ese proceso.
En Panamá, en 1989, la oposición a la dictadura militar abanderó la candidatura de Guillermo Endara. El fraude fue colosal, pero se quedó corto ante la avalancha de votos. Las encuestas de organismos y observadores internacionales independientes, pusieron en evidencia que, pese a que el gobierno clamaba victoria, el ganador era Endara.
Al final, la satrapía tuvo que anular las elecciones y desenmascararse para mostrar su rostro tiránico, todo lo cual apresuró la crisis iniciada dos años antes, y el deterioro de la unidad interna del régimen manifestada en dos intentos de golpe de Estado, hasta que vino la invasión que derrocó la dictadura y destruyó su aparato armado.
Nada de eso habría ocurrido, al menos en la magnitud que se dio, sino fuera porque la oposición tomó el guante lanzado por la satrapía y le peleó y ganó en su propio terreno. En muchos otros países ha pasado igual, y la marea de votos ha frustrado el fraude o le detuvo la mano. Pero Toledo no permitió esa posibilidad con su prematuro retiro.
Paralelamente, su decisión ha dejado un solo camino al pueblo peruano, el de la insurrección, en el que todos serán perdedores, porque en semejante ambiente, la guerrilla extremista regresará y con ella la reacción represiva de los cuerpos de seguridad y del ejército, constituyendo un retroceso a lo mucho que se ha avanzado hasta ahora.
Si Toledo hubiera permanecido en carrera, tal vez se hubiera repetido el fenómeno dominicano de un Joaquín Balaguer usurpando la elección a José Peña Gómez en forma tan descarada que forzó una crisis, que condujo a una reforma constitucional que derogó la reelección y abrevió el mandato de Balaguer para hacer posible un nuevo torneo del que emergió triunfador el opositor Leonel Fernández en 1996.
El retiro de Toledo marcó el triste final de una esperanza de relevo hacia la democracia, en el que Alberto Fujimori, con todo y sus defectos, jugó un papel de transición a partir de la plena dictadura hacia la dictadura media, en el que sentó las bases de la modernización económica y forzó la pacificación, dejando todo listo para la posta siguiente, la del advenimiento de un gobierno plenamente democrático que, naturalmente, no llegaría gratuitamente, sin lucha y sacrificio. Y competir hasta el final era a nuestro juicio parte vital de ese proceso.