Error recurrente
Arnulfo Arias dijo durante alguno de sus efímeros mandatos y mientras visitaba un ministerio aquejado por la suciedad: "si este departamento no tiene un aseador, por favor que lo nombren; si tiene alguno, entonces que lo despidan de inmediato".
La anécdota se debiera aplicar al actual gobierno Arnulfista - especialmente si existe tal cosa como un grupo de asesores dentro de la administración Moscoso - con la vehemencia que demanda el contenido de ese añejo comentario.
Cuando se concibió el pasado Congreso Universal del Canal de Panamá - intención de una bondad e importancia extraordinarias para con todo aquello que se refería a la vía interoceánica y sectores aledaños - el enfoque original fue mostrar a la comunidad internacional todos los planes para el mejoramiento de la infraestructura existente, presentar los marcos legales que definirían la nueva administración y el uso racional de las áreas revertidas.
Aquella noble idea fue patrocinada por la Organización de las Naciones Unidas la cual, a través de la resolución 50-12 de 1995, solicitaba a los gobiernos del mundo, instituciones académicas, organizaciones y usuarios de la vía que apoyaran desinteresadamente el evento en referencia.
De todos es sabido el triste final que tuvo dicho cónclave, especialmente cuando se trastocaron los propósitos fundamentales y la administración de entonces no se percató de la indiscreción descomunal perpetrada contra China Continental - el país más poblado del globo, tercer usuario del Canal y miembro permanente del Consejo de Seguridad en la ONU - cuando extendieron aquella infortunada invitación a la República de Taiwan.
Ahora vemos con asombro que la presidenta Mireya Moscoso, no sólo repitió el error que cometiera hace algunos años Ernesto Pérez Balladares, sino que revivió aquel agravio moribundo al viajar innecesariamente a la República de Taiwan y firmar convenios incompatibles con la trascendental coyuntura en que se encuentra esa parte del mundo hoy día.
El concepto de neutralidad del Canal de Panamá es nuestro mayor argumento para preservar la seguridad en nuestro territorio, dada la importancia mundial que pesa sobre la ruta, además de que dicha percepción genera un grado de responsabilidad compartida entre todos los usuarios que la emplean diariamente. Por eso es inaceptable cualquier excusa que se pretenda dar por inmiscuirnos - sin razón alguna - en los delicados asuntos históricos entre una potencia mundial y un joven país al cual el coloso asiático considera como provincia rebelde y parte de su territorio original.
Varios grupos políticos de nuestro país - especialmente el PRD y el PDC, partidos opositores al actual Gobierno y que en su momento brindaron apoyo para cimentar el famoso Plan de Seguridad Nacional - al igual que personalidades como Ricardo Arias Calderón y Jorge Illueca, por citar algunos de los que han plasmado en escritos las posibles repercusiones por la inoportuna intromisión que nos ocupa, expresaron su inquietud frente al inadmisible yerro cometido por la señora presidenta Mireya Moscoso y el canciller José Miguel Alemán.
Treinta millones de dólares - analogía con esas treinta monedas de oro que menciona la Biblia en alusión a una de las más grandes equivocaciones de la humanidad - parecieran ser el móvil único que motivó tamaña torpeza.
¡Qué barbaridad! De estar vivo Arnulfo Arias, seguro hubiese comentado: "si la Presidencia y la Cancillería no tienen asesores, por favor que los nombren; si los tienen, entonces que los despidan de inmediato".
La anécdota se debiera aplicar al actual gobierno Arnulfista - especialmente si existe tal cosa como un grupo de asesores dentro de la administración Moscoso - con la vehemencia que demanda el contenido de ese añejo comentario.
Cuando se concibió el pasado Congreso Universal del Canal de Panamá - intención de una bondad e importancia extraordinarias para con todo aquello que se refería a la vía interoceánica y sectores aledaños - el enfoque original fue mostrar a la comunidad internacional todos los planes para el mejoramiento de la infraestructura existente, presentar los marcos legales que definirían la nueva administración y el uso racional de las áreas revertidas.
Aquella noble idea fue patrocinada por la Organización de las Naciones Unidas la cual, a través de la resolución 50-12 de 1995, solicitaba a los gobiernos del mundo, instituciones académicas, organizaciones y usuarios de la vía que apoyaran desinteresadamente el evento en referencia.
De todos es sabido el triste final que tuvo dicho cónclave, especialmente cuando se trastocaron los propósitos fundamentales y la administración de entonces no se percató de la indiscreción descomunal perpetrada contra China Continental - el país más poblado del globo, tercer usuario del Canal y miembro permanente del Consejo de Seguridad en la ONU - cuando extendieron aquella infortunada invitación a la República de Taiwan.
Ahora vemos con asombro que la presidenta Mireya Moscoso, no sólo repitió el error que cometiera hace algunos años Ernesto Pérez Balladares, sino que revivió aquel agravio moribundo al viajar innecesariamente a la República de Taiwan y firmar convenios incompatibles con la trascendental coyuntura en que se encuentra esa parte del mundo hoy día.
El concepto de neutralidad del Canal de Panamá es nuestro mayor argumento para preservar la seguridad en nuestro territorio, dada la importancia mundial que pesa sobre la ruta, además de que dicha percepción genera un grado de responsabilidad compartida entre todos los usuarios que la emplean diariamente. Por eso es inaceptable cualquier excusa que se pretenda dar por inmiscuirnos - sin razón alguna - en los delicados asuntos históricos entre una potencia mundial y un joven país al cual el coloso asiático considera como provincia rebelde y parte de su territorio original.
Varios grupos políticos de nuestro país - especialmente el PRD y el PDC, partidos opositores al actual Gobierno y que en su momento brindaron apoyo para cimentar el famoso Plan de Seguridad Nacional - al igual que personalidades como Ricardo Arias Calderón y Jorge Illueca, por citar algunos de los que han plasmado en escritos las posibles repercusiones por la inoportuna intromisión que nos ocupa, expresaron su inquietud frente al inadmisible yerro cometido por la señora presidenta Mireya Moscoso y el canciller José Miguel Alemán.
Treinta millones de dólares - analogía con esas treinta monedas de oro que menciona la Biblia en alusión a una de las más grandes equivocaciones de la humanidad - parecieran ser el móvil único que motivó tamaña torpeza.
¡Qué barbaridad! De estar vivo Arnulfo Arias, seguro hubiese comentado: "si la Presidencia y la Cancillería no tienen asesores, por favor que los nombren; si los tienen, entonces que los despidan de inmediato".