Esa peste llamada: “carnaval”
¿En la Transístmica?, no; ¿en la Cinta Costera?, tampoco; ¿en Albrook?, ni se te ocurra; ¿en el Corredor Norte?, menos. Entonces ¿dónde? El debate sobre el tema tan sólo refleja el grado de desprestigio en que han caído esas fiestas, por lo menos en la ciudad capital, porque en Azuero no hay tal discusión. Allí son donde deben ser y punto. ¿Por qué tanto alboroto en la ciudad? Porque han perdido el donaire de los años cincuenta, sesenta y la primera mitad de los 70 del siglo XX, y han derivado en un desorden al que nadie quiere exponerse. En la crítica está la capacidad organizativa, el orden que ese desorden debe tener, sobre todo el respeto a la propiedad ajena. Los carnavales han devenido en una especie de paria mal recibido en cualquier lugar, pero igualmente en una frontera entre quienes quieren una diversión sana y aquellos que convierten estas festividades en ocasión para el asalto, el irrespeto y el desaseo. Atrás quedaron los buenos disfraces, las comparsas bien organizadas y lujosamente vestidas, los majestuosos carros alegóricos. En el centro de la discusión está la organización del evento, la seguridad que se imponga, el presupuesto transparente y conocido de antemano, y podrían realizarse en cualquier punto de la capital. Si se quiere carnaval el esfuerzo va por ese camino, si no podrán hacerse en la parte de atrás de Paso Blanco.