Escribir o no escribir: he ahí el dilema
Es cierto, como señala la fina periodista y escritora Beatriz Valdés en breve artículo, aparecido el 12 de agosto pasado en "El Heraldo", que a veces quienes nos dedicamos a crear obras literarias nos planteamos el dilema de si emplear nuestro valioso tiempo para ilustrar el intelecto y enriquecer nuestro espíritu leyendo obras de "exquisita literatura" o nos dedicamos a "intentar escribir". Esta disyuntiva se le planteó específicamente, mientras leía una de las obras de Evelyn Waugh, dado que se encuentra en la etapa de "darle forma a una nueva obra de creación", explica.
Por supuesto, el más sólido argumento para "leer y sólo leer" -comenta, y tiene mucha razón- "radica en la celeste altura alcanzada por los grandes escritores del pasado. Es tal el ingenio en cada frase de un diálogo, hay tanta cultura, refinamiento y buen gusto reflejado en los personajes y en las figuras literarias -explica- que me temo que las obras modernas (nacidas en la mediocridad de entorno que ineludiblemente generan las democracias, mucho más las tercermundistas) jamás darán la talla". Entiendo perfectamente el sentimiento, e incluso, el juicio de valor aquí expuesto, pero en el fondo no lo comparto. La misma Beatriz Valdés, tal vez sacudida por el tono radical y excluyente de su afirmación, pasa enseguida a corregir parcialmente lo dicho, o más bien, a matizarlo, echando mano de sus recientes lecturas sobre el arte moderno.
Tras aceptar con nostalgia que no volverán (como las oscuras golondrinas de Bécquer, añado yo) ni "la antigua Grecia, ni la Roma germinal, ni los genios del Renacimiento, ni el ocio del barroco de la Belle Epoque, ni los grandes gestores del Imperio Británico...", aunque por supuesto "podemos libar hoy sus néctares en "la República" de Platón, en las tragedias de Sófocles, en las "Meditaciones" de Marco Aurelio, en el mecenazgo de los Medici, en la añoranza in situ de Marcel Proust, o la perspicacia de Oscar Wilde", la autora de ese magnífico libro de cuentos de tema histórico que es "La estrategia del Caracol" termina aceptando que "nuestro tiempo también merece dejar huella en la historia", esa que reconstruyen, interpretan o inventan los muchos destacados escritores de hoy -añado yo.
Beatriz Valdés explica que necesariamente las obras literarias de nuestra época tendrán que "reflejar la sobrepoblación de la especie, el desgaste del planeta, las presiones sociales, las inmensas riquezas al lado de aniquilante pobreza, el reconocimiento de la dignidad humana del hombre y de la mujer". Aunque hace tiempo ya no está en boga una literatura realista, mimética, fotográfica -escritura que corresponde más bien a la crónica y al reportaje periodísticos, que a obras que aspiran a ser recordadas como artísticas -, sin duda, toda literatura que se respete recoge y plasma en alguna medida (aunque no se lo proponga) las características de su tiempo, su idiosincrasia, su ser profundo. Pero la fundadora de "El Heraldo" admite también que "el lenguaje de nuestros poetas por fuerza ha de ser espejo de las prisas, las angustias y las veleidades que hoy constriñen y a la vez liberan el espíritu humano. No puede ser de otra manera", concluye con un cierto dejo de tristeza.
Comenzaré diciendo lo obvio: la literatura -la buena, la trascendente literatura- no es la realidad; sólo su recreación parcial dentro de toda suerte de estilos, intencionalidades y resultados. Hace mucho que no existen "escuelas" o "movimientos" literarios que señalen rumbos o marquen derroteros. Desde Joyce, Kafka y la literatura del absurdo, todo es posible, permeable, ecléctico, poroso, tanto en materia temática como en las técnicas que emplean los escritores y poetas para crear ciertos efectos. Esta nueva libertad artística es una conquista, paradójicamente, del caos social y la enajenación, de la irrupción tecnológica y el desamparo. Pero una conquista al fin y al cabo.
Si bien es cierto, como lo señala Beatriz Valdés, que la prisa, las angustias y las veleidades que nos contriñen determinan el tipo de lenguaje que usan los poetas y narradores de nuestro tiempo, no lo es menos el hecho de que hay diversas concepciones de lo que es la belleza que se nos ha acostumbrado a esperar de una obra literaria. Esa emanación de lo sublime que sentimos ante ciertas obras de otras épocas, esa "exquisita literatura" a la que aludía ella al inicio de su artículo, también es posible sentirla hoy ante muchas obras plasmadas con otros criterios y una sensibilidad diferente. Y digo ciertas, tanto del pasado como del presente -y seguramente también del futuro- porque en todas las épocas hay obras que por sus méritos intrínsecos, por su capacidad de empatía, por su profunda visión de la condición humana, sobresalen de entre el montón. Algunas de las obras de García Márquez, de Vargas Llosa, de Neruda, de Paz, de Cortázar, de Onetti, de Carlos Fuentes, de Benedetti, de Rulfo, para sólo mencionar el ámbito hispanoamericano, nos conmueven y maravillan hasta las lágrimas. Es el genio del artista, no la época, lo que predomina.
Para terminar, y volviendo al planteamiento inicial de Beatriz Valdés en su artículo, es cierto que a veces se le plantea al escritor el dilema de si vale la pena intentar escribir, habiendo ya tantas obras magníficas, unas ya leídas y otras que necesitamos regatearle tiempo al tiempo para poder llegar a leer. Pero ella sabe, como lo sé yo, que esta es una duda pasajera. Por supuesto que tenemos que escribir si está en nosotros hacerlo. Debemos expresar nuestra visión de mundo, nuestra razón de vida; nuestra verdad. El tiempo juzgará si lo escrito nos sobrevivirá.
Por supuesto, el más sólido argumento para "leer y sólo leer" -comenta, y tiene mucha razón- "radica en la celeste altura alcanzada por los grandes escritores del pasado. Es tal el ingenio en cada frase de un diálogo, hay tanta cultura, refinamiento y buen gusto reflejado en los personajes y en las figuras literarias -explica- que me temo que las obras modernas (nacidas en la mediocridad de entorno que ineludiblemente generan las democracias, mucho más las tercermundistas) jamás darán la talla". Entiendo perfectamente el sentimiento, e incluso, el juicio de valor aquí expuesto, pero en el fondo no lo comparto. La misma Beatriz Valdés, tal vez sacudida por el tono radical y excluyente de su afirmación, pasa enseguida a corregir parcialmente lo dicho, o más bien, a matizarlo, echando mano de sus recientes lecturas sobre el arte moderno.
Tras aceptar con nostalgia que no volverán (como las oscuras golondrinas de Bécquer, añado yo) ni "la antigua Grecia, ni la Roma germinal, ni los genios del Renacimiento, ni el ocio del barroco de la Belle Epoque, ni los grandes gestores del Imperio Británico...", aunque por supuesto "podemos libar hoy sus néctares en "la República" de Platón, en las tragedias de Sófocles, en las "Meditaciones" de Marco Aurelio, en el mecenazgo de los Medici, en la añoranza in situ de Marcel Proust, o la perspicacia de Oscar Wilde", la autora de ese magnífico libro de cuentos de tema histórico que es "La estrategia del Caracol" termina aceptando que "nuestro tiempo también merece dejar huella en la historia", esa que reconstruyen, interpretan o inventan los muchos destacados escritores de hoy -añado yo.
Beatriz Valdés explica que necesariamente las obras literarias de nuestra época tendrán que "reflejar la sobrepoblación de la especie, el desgaste del planeta, las presiones sociales, las inmensas riquezas al lado de aniquilante pobreza, el reconocimiento de la dignidad humana del hombre y de la mujer". Aunque hace tiempo ya no está en boga una literatura realista, mimética, fotográfica -escritura que corresponde más bien a la crónica y al reportaje periodísticos, que a obras que aspiran a ser recordadas como artísticas -, sin duda, toda literatura que se respete recoge y plasma en alguna medida (aunque no se lo proponga) las características de su tiempo, su idiosincrasia, su ser profundo. Pero la fundadora de "El Heraldo" admite también que "el lenguaje de nuestros poetas por fuerza ha de ser espejo de las prisas, las angustias y las veleidades que hoy constriñen y a la vez liberan el espíritu humano. No puede ser de otra manera", concluye con un cierto dejo de tristeza.
Comenzaré diciendo lo obvio: la literatura -la buena, la trascendente literatura- no es la realidad; sólo su recreación parcial dentro de toda suerte de estilos, intencionalidades y resultados. Hace mucho que no existen "escuelas" o "movimientos" literarios que señalen rumbos o marquen derroteros. Desde Joyce, Kafka y la literatura del absurdo, todo es posible, permeable, ecléctico, poroso, tanto en materia temática como en las técnicas que emplean los escritores y poetas para crear ciertos efectos. Esta nueva libertad artística es una conquista, paradójicamente, del caos social y la enajenación, de la irrupción tecnológica y el desamparo. Pero una conquista al fin y al cabo.
Si bien es cierto, como lo señala Beatriz Valdés, que la prisa, las angustias y las veleidades que nos contriñen determinan el tipo de lenguaje que usan los poetas y narradores de nuestro tiempo, no lo es menos el hecho de que hay diversas concepciones de lo que es la belleza que se nos ha acostumbrado a esperar de una obra literaria. Esa emanación de lo sublime que sentimos ante ciertas obras de otras épocas, esa "exquisita literatura" a la que aludía ella al inicio de su artículo, también es posible sentirla hoy ante muchas obras plasmadas con otros criterios y una sensibilidad diferente. Y digo ciertas, tanto del pasado como del presente -y seguramente también del futuro- porque en todas las épocas hay obras que por sus méritos intrínsecos, por su capacidad de empatía, por su profunda visión de la condición humana, sobresalen de entre el montón. Algunas de las obras de García Márquez, de Vargas Llosa, de Neruda, de Paz, de Cortázar, de Onetti, de Carlos Fuentes, de Benedetti, de Rulfo, para sólo mencionar el ámbito hispanoamericano, nos conmueven y maravillan hasta las lágrimas. Es el genio del artista, no la época, lo que predomina.
Para terminar, y volviendo al planteamiento inicial de Beatriz Valdés en su artículo, es cierto que a veces se le plantea al escritor el dilema de si vale la pena intentar escribir, habiendo ya tantas obras magníficas, unas ya leídas y otras que necesitamos regatearle tiempo al tiempo para poder llegar a leer. Pero ella sabe, como lo sé yo, que esta es una duda pasajera. Por supuesto que tenemos que escribir si está en nosotros hacerlo. Debemos expresar nuestra visión de mundo, nuestra razón de vida; nuestra verdad. El tiempo juzgará si lo escrito nos sobrevivirá.