Escrutinio turbio, votos nulos
De tanto supervisar los procesos electorales en Latinoamérica y en algunos países europeos, los gringos aprendieron que el triunfo está en el escrutinio. El sufragio, que es el derecho a elegir mediante el voto, se ejerce bien o mal. Quienes votan bien eligen. Los que lo hacen con error, votan su voto e inutilizan su derecho al sufragio. Los gringos, que nunca habían tenido esa oportunidad de dudar tanto de la inoperancia de su "democracia", han judicializado la elección presidencial, para tratar de enturbiar lo que está claro. En otros términos, reclamar el derecho de los electores de escoger su presidente, pero por otro lado, exigen que sea un tribunal el que tome la decisión de escogerlo.
El derecho a elegir, que es el principio sobre el cual se fundan las acciones judiciales, ha sido ejercido con plenitud de libertad. El hecho de que aún haya personas que no sepan votar, no debe impedir que quienes lo hacen correctamente elijan. He allí el dilema. Algunos miles de ciudadanos aducen que hubo error en la boleta, y que por eso no pudieron elegir como lo deseaban. La excusa es inaceptable, ya que muchos miles, a pesar de esas boletas, votaron en el mismo sitio con acierto. Ahora en vez de hacer efectivo el sufragio del elector, van a someterse a la decisión de jueces, que establecerán normas, según lo que ellos entienden que son las disposiciones electorales del Estado de Florida.
Lo turbio del escrutinio permite la anulación de votos. Todo ello es fruto, no de la escasa diferencia de votos entre un candidato y el otro, sino de la falta de hidalguía, de nobleza, de pudor político del perdedor para admitir su derrota. Son candidatos que deben ser aplastados con los votos, para que acepten que han sido vencidos. Si el margen de diferencia es reducido, prefieren la angustia de todo un país, de sus instancias económicas, de sus sumisos gobiernos amigos, de los consorcios explotadores de la miseria allende las fronteras gringas, en fin, sujetan a su capricho, la ansiedad de muchos ante la definición del triunfo.
Anular votos sería un calamitoso procedimiento, ya que siendo el mecanismo de votación electrónico, los votos que presentan alguna irregularidad, quedan automáticamente descartados del conteo y por tal motivo, no deben ser considerados en el escrutinio, pues el derecho de votar fue ejercido, aun cuando lo hayan hecho mal. El pretexto de las boletas no puede o no debe servir de fundamento para decisión alguna revestida de seriedad. Este argumento se desvanece ante los miles de votos válidos que se emitieron en el mismo lugar con el mismo tipo de boletas. La falta de cuidado del votante, no puede ser imputado al sistema. El error no es de la boleta, sino del elector, que pudo acudir a otra caseta a recurrir a mejor información si advertía dificultad para ejercer su derecho. Desnaturalizar el escrutinio automático y regresar al procedimiento manual, es reconocer el grave estado en que se encuentra la democracia norteamericana. No es que la estén preservando con los actos post-electorales mundialmente conocidos sino que le están quitando el vestido que llevaba y ha quedado tal como es. Aunque usted no lo crea.
No sabemos si Carter y los organismos de vigilancia electoral de los gringos, pueden sentir autoridad moral para fiscalizar otros procesos fuera de su país. El asunto no radica en quien gane o pierda. Lo que está en juego es la ausencia de dignidad de los candidatos perdedores. Es la muestra de que se está aspirando a mandar en el mundo, sólo por el poder que se les reconoce, pero jamás porque lo hagan con principios éticos o que ofrezcan ejemplos de corrección pública. Quien gane podrá decir que, pese al turbio escrutinio, alcanzó la victoria al no poder anular los votos. El que pierda dirá que si el escrutinio hubiese sido más transparente, habrían anulado votos que permitieron el triunfo.
Parece que el principio electoral de escrutinio turbio, botos nulos, ha sido no sólo aprendido por los gringos en tantas rondas fiscalizadoras en los otros países, como observadores, sino que lo han aplicado con resultado de expectación mundial. Ahora los nombres de Bush y Gore pasarán a segundo plano, y cobrará vigencia el de los escrutadores y el de los jueces que decidirán si lo hicieron bien o mal. Sería prudente que cuando juzguen a los latinos por presuntos delitos en USA, ordenen una inmediata revisión del proceso para disipar cualquier duda. Pero eso no ocurre y en algunos casos, la muerte de inocentes califica la justicia de ese país.
Los americanos del sur de Río Grande nos preguntamos si puede subsistir una democracia en condiciones de inseguridad interna y externa, con vicios ocultos y visibles, que la formalidad no deja erradicar, con la toma de decisión electoral de las minorías inmigrantes, que son las que se trata de desconocer, con la desproporcionalidad en el voto electoral de los Estados de la Unión, con el dominio bipartidista que sólo eleva a la categoría de elegibles a miembros de clases familiares. Cuando se revise el sistema, tendrán que considerar la heterogénea formación de la nación norteamericana, la fragilidad de su democracia frente a hechos como los que se viven.
El derecho a elegir, que es el principio sobre el cual se fundan las acciones judiciales, ha sido ejercido con plenitud de libertad. El hecho de que aún haya personas que no sepan votar, no debe impedir que quienes lo hacen correctamente elijan. He allí el dilema. Algunos miles de ciudadanos aducen que hubo error en la boleta, y que por eso no pudieron elegir como lo deseaban. La excusa es inaceptable, ya que muchos miles, a pesar de esas boletas, votaron en el mismo sitio con acierto. Ahora en vez de hacer efectivo el sufragio del elector, van a someterse a la decisión de jueces, que establecerán normas, según lo que ellos entienden que son las disposiciones electorales del Estado de Florida.
Lo turbio del escrutinio permite la anulación de votos. Todo ello es fruto, no de la escasa diferencia de votos entre un candidato y el otro, sino de la falta de hidalguía, de nobleza, de pudor político del perdedor para admitir su derrota. Son candidatos que deben ser aplastados con los votos, para que acepten que han sido vencidos. Si el margen de diferencia es reducido, prefieren la angustia de todo un país, de sus instancias económicas, de sus sumisos gobiernos amigos, de los consorcios explotadores de la miseria allende las fronteras gringas, en fin, sujetan a su capricho, la ansiedad de muchos ante la definición del triunfo.
Anular votos sería un calamitoso procedimiento, ya que siendo el mecanismo de votación electrónico, los votos que presentan alguna irregularidad, quedan automáticamente descartados del conteo y por tal motivo, no deben ser considerados en el escrutinio, pues el derecho de votar fue ejercido, aun cuando lo hayan hecho mal. El pretexto de las boletas no puede o no debe servir de fundamento para decisión alguna revestida de seriedad. Este argumento se desvanece ante los miles de votos válidos que se emitieron en el mismo lugar con el mismo tipo de boletas. La falta de cuidado del votante, no puede ser imputado al sistema. El error no es de la boleta, sino del elector, que pudo acudir a otra caseta a recurrir a mejor información si advertía dificultad para ejercer su derecho. Desnaturalizar el escrutinio automático y regresar al procedimiento manual, es reconocer el grave estado en que se encuentra la democracia norteamericana. No es que la estén preservando con los actos post-electorales mundialmente conocidos sino que le están quitando el vestido que llevaba y ha quedado tal como es. Aunque usted no lo crea.
No sabemos si Carter y los organismos de vigilancia electoral de los gringos, pueden sentir autoridad moral para fiscalizar otros procesos fuera de su país. El asunto no radica en quien gane o pierda. Lo que está en juego es la ausencia de dignidad de los candidatos perdedores. Es la muestra de que se está aspirando a mandar en el mundo, sólo por el poder que se les reconoce, pero jamás porque lo hagan con principios éticos o que ofrezcan ejemplos de corrección pública. Quien gane podrá decir que, pese al turbio escrutinio, alcanzó la victoria al no poder anular los votos. El que pierda dirá que si el escrutinio hubiese sido más transparente, habrían anulado votos que permitieron el triunfo.
Parece que el principio electoral de escrutinio turbio, botos nulos, ha sido no sólo aprendido por los gringos en tantas rondas fiscalizadoras en los otros países, como observadores, sino que lo han aplicado con resultado de expectación mundial. Ahora los nombres de Bush y Gore pasarán a segundo plano, y cobrará vigencia el de los escrutadores y el de los jueces que decidirán si lo hicieron bien o mal. Sería prudente que cuando juzguen a los latinos por presuntos delitos en USA, ordenen una inmediata revisión del proceso para disipar cualquier duda. Pero eso no ocurre y en algunos casos, la muerte de inocentes califica la justicia de ese país.
Los americanos del sur de Río Grande nos preguntamos si puede subsistir una democracia en condiciones de inseguridad interna y externa, con vicios ocultos y visibles, que la formalidad no deja erradicar, con la toma de decisión electoral de las minorías inmigrantes, que son las que se trata de desconocer, con la desproporcionalidad en el voto electoral de los Estados de la Unión, con el dominio bipartidista que sólo eleva a la categoría de elegibles a miembros de clases familiares. Cuando se revise el sistema, tendrán que considerar la heterogénea formación de la nación norteamericana, la fragilidad de su democracia frente a hechos como los que se viven.