Escuela y cultura de la tolerancia
La búsqueda de una sociedad y un mundo mejor, en el que las personas puedan vivir en armonía y en paz, es un objetivo largamente acariciado por los pueblos. Este objetivo se hace más urgente, en los momentos históricos en los que vivimos, cuando aumentan los conflictos sociales en el interior de cada nación, producto de la violencia, la delincuencia, la criminalidad, la drogadicción y la xenofobia.
Estos fenómenos que no son nuevos, tienden a exacerbarse con el incremento de la pobreza, el desempleo, la desintegración familiar y la exclusión educativa. A ello se suman las imágenes y mensajes de intolerancia, violencia y terror que explotan los medios masivos de comunicación, y una cultura global que pondera el dinero fácil, la competencia económica entre desiguales, la confrontación entre géneros, etnias, religiones y grupos sociales.
La presencia de estos fenómenos en la sociedad contribuye a socavar la estabilidad emocional y social de la población. Producto de la inseguridad que sienten en las calles y en sus barrios, cada vez más personas se aíslan y refugian en sus hogares amurallados y enrejados cuales cárceles residenciales. La desconfianza restringe la vida comunitaria, debilitando el capital social que está llamado a ser factor potenciador de una vida en la que la solidaridad, la equidad, el respeto por los otros, el trabajo y los ideales compartidos, son ingredientes esenciales de la sociedad que queremos.
Por otro lado, la violencia verbal y física dentro y fuera de algunas escuelas, promovidas por estudiantes, es un fenómeno que alcanza cada día proporciones preocupantes en el seno de la sociedad. La rivalidad entre grupos de un mismo plantel y entre alumnos de instituciones educativas diferentes, alimenta actitudes de enfrentamiento con secuelas de lesiones personales, destrucción de bienes públicos y privados, y rencores que afectan la estabilidad, el trabajo constructivo y el sosiego institucional y social.
¿Qué hacer frente al problema de la violencia y la intolerancia?.
Como todo fenómeno social complejo, carece de fórmulas o recetas fáciles de aplicar. En América Latina se reconocen al menos dos vías: la punitiva y la preventiva.
Según la primera se busca resolver la situación aumentando el número de policías, endurecer las penas a los menores, hacer responsables y encarcelar a los niños en edades tempranas, expulsar los estudiantes, reducir las garantías de los derechos humanos, aumentar las cárceles, juzgados y el presupuesto destinado a la seguridad.
La otra vía, la preventiva, plantea que la forma adecuada es fomentar la educación allí donde existen carencias, fortalecer la vivencia de valores constructivos, aumentar la responsabilidad de los hogares y las instituciones sociales en la orientación y apoyo a la formación preventiva integral.
Esta vía se opone a la punitiva, pues, se ha comprobado que ella no resuelve el problema, sino, por el contrario tiende a agravarlo. Puede ser paliativo a corto plazo, pero a mediano y largo plazo los índices delictivos tienden a incrementarse. Este problema es reconocido por Louis Wacquant, en su obra "Las Cárceles de la Miseria", cuando expresa que " Es sabido que el encarcelamiento además de afectar prioritariamente a las capas más desprovistas, desocupados, precarios, extranjeros, es, en sí mismo, una tremenda máquina de pauperización. Al respecto, es útil recordar sin descanso las condiciones y los efectos deletéreos de la detención en la actualidad, no sólo sobre los reclusos sino también sobre sus familias y sus barrios."
Sobre el efecto de ambos enfoques, Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, autor de la obra "Malestar en la Globalización", expresa que de acuerdo con estudios de costos se ha demostrado en Estados Unidos que arrestar un delincuente joven, juzgarlo y encarcelarlo, es mucho más costoso que invertir en una beca que permita que estudie y logre una formación, con la diferencia que lo segundo reduce la tasa de criminalidad y lo primero no.
Crear un paradigma social diferente, sustentado en el diálogo, la persuasión, los consensos y la concertación, permite erradicar progresivamente los estilos adversativos, confrontativos y violentos que dominan buena parte del comportamiento no sólo de los adultos, sino también de la niñez y la juventud.
En este sentido, la escuela puede ser un escenario apropiado para enseñar a los niños, niñas y jóvenes aprender a vivir de modo pacífico y tolerante, compartir metas y tareas comunes, trabajar juntos en proyectos para el progreso de sus comunidades, utilizar el diálogo como medio de comunicarse, exponer sus ideas, puntos de vista y conocer también los de las otras personas.
Una educación para aprender a vivir con los demás requiere poner atención en el conocimiento de las otras personas. Es decir, aprender la diversidad humana y descubrir a los otros, implica primero conocerse uno mismo, como base para entender, ponerse en el lugar y comprender las actuaciones de las otras personas.
Otra vía importante de este aprendizaje es el trabajo común, en el que sin pretender anular la identidad de cada persona, se busque colectivamente superar las diferencias, el individualismo, los resentimientos, los odios y deseos de venganza. Este enfoque implica una actividad escolar no rutinaria, organizada de modo distinto, que provea experiencias de trabajo grupal, cooperativo y asociativo, con normas sencillas que apunten al análisis crítico y autocrítico de la realidad, identificación de problemas, estrategias y proyectos comunes para la acción dentro de la escuela y en la comunidad.
Organizar la escuela para cumplir con este objetivo, es una tarea compleja, pero no imposible. Algunas escuelas en Panamá y otros países de América Latina y el mundo tomaron la decisión de trabajar por una cultura de paz, para lo cual han requeridos de algunas condiciones básicas, como son: un grupo de docentes formados y sensibilizados en relación con este tema, un currículo con ejes transversales organizado con esta intencionalidad; una dirección con liderazgo y una acción concertada con la familia, los medios de comunicación social, la comunidad, las instituciones del Estado y la sociedad en su conjunto.
Educar para la paz es educar para el progreso, el bienestar y el desarrollo humano.
Estos fenómenos que no son nuevos, tienden a exacerbarse con el incremento de la pobreza, el desempleo, la desintegración familiar y la exclusión educativa. A ello se suman las imágenes y mensajes de intolerancia, violencia y terror que explotan los medios masivos de comunicación, y una cultura global que pondera el dinero fácil, la competencia económica entre desiguales, la confrontación entre géneros, etnias, religiones y grupos sociales.
La presencia de estos fenómenos en la sociedad contribuye a socavar la estabilidad emocional y social de la población. Producto de la inseguridad que sienten en las calles y en sus barrios, cada vez más personas se aíslan y refugian en sus hogares amurallados y enrejados cuales cárceles residenciales. La desconfianza restringe la vida comunitaria, debilitando el capital social que está llamado a ser factor potenciador de una vida en la que la solidaridad, la equidad, el respeto por los otros, el trabajo y los ideales compartidos, son ingredientes esenciales de la sociedad que queremos.
Por otro lado, la violencia verbal y física dentro y fuera de algunas escuelas, promovidas por estudiantes, es un fenómeno que alcanza cada día proporciones preocupantes en el seno de la sociedad. La rivalidad entre grupos de un mismo plantel y entre alumnos de instituciones educativas diferentes, alimenta actitudes de enfrentamiento con secuelas de lesiones personales, destrucción de bienes públicos y privados, y rencores que afectan la estabilidad, el trabajo constructivo y el sosiego institucional y social.
¿Qué hacer frente al problema de la violencia y la intolerancia?.
Como todo fenómeno social complejo, carece de fórmulas o recetas fáciles de aplicar. En América Latina se reconocen al menos dos vías: la punitiva y la preventiva.
Según la primera se busca resolver la situación aumentando el número de policías, endurecer las penas a los menores, hacer responsables y encarcelar a los niños en edades tempranas, expulsar los estudiantes, reducir las garantías de los derechos humanos, aumentar las cárceles, juzgados y el presupuesto destinado a la seguridad.
La otra vía, la preventiva, plantea que la forma adecuada es fomentar la educación allí donde existen carencias, fortalecer la vivencia de valores constructivos, aumentar la responsabilidad de los hogares y las instituciones sociales en la orientación y apoyo a la formación preventiva integral.
Esta vía se opone a la punitiva, pues, se ha comprobado que ella no resuelve el problema, sino, por el contrario tiende a agravarlo. Puede ser paliativo a corto plazo, pero a mediano y largo plazo los índices delictivos tienden a incrementarse. Este problema es reconocido por Louis Wacquant, en su obra "Las Cárceles de la Miseria", cuando expresa que " Es sabido que el encarcelamiento además de afectar prioritariamente a las capas más desprovistas, desocupados, precarios, extranjeros, es, en sí mismo, una tremenda máquina de pauperización. Al respecto, es útil recordar sin descanso las condiciones y los efectos deletéreos de la detención en la actualidad, no sólo sobre los reclusos sino también sobre sus familias y sus barrios."
Sobre el efecto de ambos enfoques, Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, autor de la obra "Malestar en la Globalización", expresa que de acuerdo con estudios de costos se ha demostrado en Estados Unidos que arrestar un delincuente joven, juzgarlo y encarcelarlo, es mucho más costoso que invertir en una beca que permita que estudie y logre una formación, con la diferencia que lo segundo reduce la tasa de criminalidad y lo primero no.
Crear un paradigma social diferente, sustentado en el diálogo, la persuasión, los consensos y la concertación, permite erradicar progresivamente los estilos adversativos, confrontativos y violentos que dominan buena parte del comportamiento no sólo de los adultos, sino también de la niñez y la juventud.
En este sentido, la escuela puede ser un escenario apropiado para enseñar a los niños, niñas y jóvenes aprender a vivir de modo pacífico y tolerante, compartir metas y tareas comunes, trabajar juntos en proyectos para el progreso de sus comunidades, utilizar el diálogo como medio de comunicarse, exponer sus ideas, puntos de vista y conocer también los de las otras personas.
Una educación para aprender a vivir con los demás requiere poner atención en el conocimiento de las otras personas. Es decir, aprender la diversidad humana y descubrir a los otros, implica primero conocerse uno mismo, como base para entender, ponerse en el lugar y comprender las actuaciones de las otras personas.
Otra vía importante de este aprendizaje es el trabajo común, en el que sin pretender anular la identidad de cada persona, se busque colectivamente superar las diferencias, el individualismo, los resentimientos, los odios y deseos de venganza. Este enfoque implica una actividad escolar no rutinaria, organizada de modo distinto, que provea experiencias de trabajo grupal, cooperativo y asociativo, con normas sencillas que apunten al análisis crítico y autocrítico de la realidad, identificación de problemas, estrategias y proyectos comunes para la acción dentro de la escuela y en la comunidad.
Organizar la escuela para cumplir con este objetivo, es una tarea compleja, pero no imposible. Algunas escuelas en Panamá y otros países de América Latina y el mundo tomaron la decisión de trabajar por una cultura de paz, para lo cual han requeridos de algunas condiciones básicas, como son: un grupo de docentes formados y sensibilizados en relación con este tema, un currículo con ejes transversales organizado con esta intencionalidad; una dirección con liderazgo y una acción concertada con la familia, los medios de comunicación social, la comunidad, las instituciones del Estado y la sociedad en su conjunto.
Educar para la paz es educar para el progreso, el bienestar y el desarrollo humano.