Ese cáncer llamado corrupción
Por su recurrencia y dimensión, la corrupción dejó de ser hace muchos años un problema estrictamente jurídico, para convertirse en un fenómeno sociocultural, cuyo alcance aún no se puede definir con precisión. Se hace, sin embargo, lo que se puede para combatirla, aunque los éxitos estén en duda.
Pero, ¿qué es lo que la sostiene? Por la connotación que ha alcanzado no parece del todo cierto que se trate de un problema moral o de una expresión cultural que indique que existen condiciones biológicas produciendo corruptos de manera industrial. El problema puede ser más prosaico, más vulgar, menos virginal y, en consecuencia, muy poco probable que se pueda combatir sólo desde un ángulo moral.
Como en la guerra, toda posición se puede mantener si cuenta con una retaguardia sólida, con líneas de abastecimiento que garanticen su permanencia. La corrupción no es la excepción. No sería aventurado señalar que como expresión que niega el sistema, únicamente se sostiene sobre la base de una expresión productiva que trata de vulnerar lo legalmente aceptado, y que se las juega, como toda mercancía, con la oferta y la demanda.
En una palabra, en la corrupción se expresa la guerra a muerte que libran dos mercados con grandes recursos: uno legal y otro ilegal. En la base de este último se encuentran las drogas, los poderosos aparatos narcotraficantes, sus seguidores y sus dirigentes.
Atacar sólo las consecuencias no implica necesariamente perder la guerra, pero tampoco ganarla, sino someter a la sociedad a un proceso de desgaste y descomposición donde nadie sabe con certeza qué papel le corresponderá, si el de beneficiado o el de víctima.
Es necesario que, junto a las políticas de recuperación de los consumidores, o de represión contra el crimen, las autoridades y todas las fuerzas vivas de la sociedad comiencen a concebir la manera de hacer retroceder el delito, allí en su cuna, en el mercado que, fantasías ofrecidas dejó de ser un problema común, para convertirse en una amenaza a nuestras formas de vida.
Dijo que este fiscal armó el expediente donde involucró a tres colombianos, José Ibarguen, Roberto Suárez y Pablo Hurtado con el caso de Pozo, quienes son investigados por el blanqueo de B/.120 mil que estaban en un apartamento del hoy occiso.
"Johnny Pozo nunca estuvo con esos colombianos", aseguró Viteri.
"Si yo hubiese sabido que tenían esa plata, yo mismo se las quito", expresó Viteri.
"¿Dónde está tipificado en la ley en Panamá?; no existe el tumbe, existe la posesión, venta y el tráfico; ¿tumbe de qué?", les dijo Justiniani a las autoridades.
"Si un colombiano viene a Panamá y quiere 500 kilos, se los quiere comprar a David Viteri; yo le armo 500 kilos de tuco y yo voy por esa plata, es un delito relacionado con tucos, porque tucos es lo que estoy vendiendo y no droga".
"Lo que están haciendo es cuidando lo ilícito; a las personas que tienen que proteger es a la ciudadanía, no lo están haciendo; están protegiendo a los narcotraficantes y el que se mete en esto tiene que saber que le espera la cárcel o la muerte" reiteró Viteri.
Pero, ¿qué es lo que la sostiene? Por la connotación que ha alcanzado no parece del todo cierto que se trate de un problema moral o de una expresión cultural que indique que existen condiciones biológicas produciendo corruptos de manera industrial. El problema puede ser más prosaico, más vulgar, menos virginal y, en consecuencia, muy poco probable que se pueda combatir sólo desde un ángulo moral.
Como en la guerra, toda posición se puede mantener si cuenta con una retaguardia sólida, con líneas de abastecimiento que garanticen su permanencia. La corrupción no es la excepción. No sería aventurado señalar que como expresión que niega el sistema, únicamente se sostiene sobre la base de una expresión productiva que trata de vulnerar lo legalmente aceptado, y que se las juega, como toda mercancía, con la oferta y la demanda.
En una palabra, en la corrupción se expresa la guerra a muerte que libran dos mercados con grandes recursos: uno legal y otro ilegal. En la base de este último se encuentran las drogas, los poderosos aparatos narcotraficantes, sus seguidores y sus dirigentes.
Atacar sólo las consecuencias no implica necesariamente perder la guerra, pero tampoco ganarla, sino someter a la sociedad a un proceso de desgaste y descomposición donde nadie sabe con certeza qué papel le corresponderá, si el de beneficiado o el de víctima.
Es necesario que, junto a las políticas de recuperación de los consumidores, o de represión contra el crimen, las autoridades y todas las fuerzas vivas de la sociedad comiencen a concebir la manera de hacer retroceder el delito, allí en su cuna, en el mercado que, fantasías ofrecidas dejó de ser un problema común, para convertirse en una amenaza a nuestras formas de vida.
Dijo que este fiscal armó el expediente donde involucró a tres colombianos, José Ibarguen, Roberto Suárez y Pablo Hurtado con el caso de Pozo, quienes son investigados por el blanqueo de B/.120 mil que estaban en un apartamento del hoy occiso.
"Johnny Pozo nunca estuvo con esos colombianos", aseguró Viteri.
"Si yo hubiese sabido que tenían esa plata, yo mismo se las quito", expresó Viteri.
"¿Dónde está tipificado en la ley en Panamá?; no existe el tumbe, existe la posesión, venta y el tráfico; ¿tumbe de qué?", les dijo Justiniani a las autoridades.
"Si un colombiano viene a Panamá y quiere 500 kilos, se los quiere comprar a David Viteri; yo le armo 500 kilos de tuco y yo voy por esa plata, es un delito relacionado con tucos, porque tucos es lo que estoy vendiendo y no droga".
"Lo que están haciendo es cuidando lo ilícito; a las personas que tienen que proteger es a la ciudadanía, no lo están haciendo; están protegiendo a los narcotraficantes y el que se mete en esto tiene que saber que le espera la cárcel o la muerte" reiteró Viteri.