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Esfuerzo por conocer


Ante las múltiples noticias locales y extranjeras sobre la educación y los valores asistimos al drama de la polarización entre los educadores y educandos. Educadores entendiendo no sólo los que ejercen la docencia en aulas, sino todos aquellos que por la naturaleza o por razón de su papel en la sociedad tienen que tratar con la juventud.
De salida, subrayo el hecho de que no todo el que ostenta el título de maestro, o se llama maestro por haber egresado de una Normal, debemos tomarlo por tal. Ya que el componente vocacional sigue siendo requisito indispensable confirmándose en ésta como en otras profesiones del ser humano, "lo que no te dio la naturaleza no te lo dará la universidad" (Quod natura non dat, Salmantica non praestat). Así como digo maestro, podíamos extender la aplicación, también, al padre, madre, sacerdote, sicólogo y cualquier otra profesión relativa al ser humano que no se base sólo en el bagaje de conocimientos, sino que requiere todo lo que se llama vocación, que es un impulso endógeno, desinteresado, constante, dedicado, autocrítico y en perenne revisión.
Dejando en claro lo que entiendo por educador en un sentido más amplio, presentó estas ideas en torno a la juventud. Muchos estudios se han hecho. El adolescente se le llama "el navegante de la posmodernidad". El adolescente es por definición sicobiológica, un ser interiormente inestable. El ser humano posee una matriz biológica y una matriz cultural. La matriz cultural se la designa con el nombre de "posmodernidad". Nombre ambiguo, ya que da la impresión de que es una nueva etapa que substituye a la modernidad y no es así, pues se nutre de la misma. La adolescencia es una etapa del desarrollo personal especialmente sensible al influjo de los rasgos posmodernos de nuestra cultura y esto dificulta que el adolescente formule un juicio religioso sobre su existencia.
Cuáles son los rasgos de esa postmodernidad. Esta critica la modernidad que se caracteriza por valorar la "razón". De ahí que la posmodernidad es la "pérdida de la esperanza en la razón". Los resultados históricos de este predominio de la razón están a la vista: el colonialismo europeo de los siglos XIX y XX, las dos guerras mundiales, los modernos problemas ecológicos. Sus formulaciones no serían sino utilizadores de "grandes palabras": Libertad, Felicidad, Igualdad, Autonomía del sujeto... Palabras escritas con mayúscula, que lo único que hacen es encubrir las realidades, concretas.
Por tanto desconfiemos de la razón y revaloricemos el deseo como expresión concreta de la búsqueda de felicidad. Olvidemos las grandes palabras, las utopías colectivas que acaban exigiendo el sacrificio de la simple, elemental felicidad del individuo. La Posmodernidad acentúa el individualismo. ¿Dónde encontrar esa felicidad modesta, pero real? En la vida privada, horizonte cálido de la felicidad posible. Esta sería la única utopía asequible al individuo. Desconfiemos de los fines colectivos y por tanto de las instituciones. No afirmamos que toda la cultura de la sociedad contemporánea se reduzca a estos rasgos posmodernos. Más bien parece que la cultura es un híbrido heterogéneo de elementos modernos, posmodernos e incluso premodernos.
En esta negociación de la identidad el adolescente percibe con especial intensidad rasgos de la cultura posmoderna con los que se siente en sintonía. Atractiva e inestable, como sus propios sentimientos. El entorno posmoderno influye en el adolescente con algunas actitudes. Pareciera que la baja estima de lo intelectual fuera un rasgo de la cultura posmoderna que le atrae al adolescente. Otras actitudes derivadas de la posmodernidad han hecho mella en los adolescentes. Existe una consecuencia lógica en la preferencia de los valores de la posmodernidad en nuestros jóvenes. Sulen enumerarse como características de la posmodernidad, aunque no en forma dogmática y exhaustiva. La búsqueda de la felicidad connatural al ser humano, pero situándola en la satisfacción inmediata del deseo.
La posmodernidad tiende a desconfiar de la felicidad a largo plazo. Por otra, el tiempo se vive fragmentadamente y se podría medir como una satisfacción sucesiva de deseos, el deseo satisfecho instala en el presente como tiempo por excelencia, el futuro es siempre problemático. Y aquí la modernidad le sale al encuentro. La publicidad que es algo moderno, estimula, e incluso crea, esta urgencia por no dilatar la satisfacción y vivir en el presente. La imaginería de los mass-media, abre un ámbito fascinante al deseo que emerge en el adolescente. Si su propia familia coincidiese con esta actitud proclive al consumo, cómo podría el adolescente resistir al imperativo de la satisfacción inmediata, qué razones habría para retrasar su pequeña felicidad.
El deseo del adolescente es transitorio e inestable. Es engañoso hablar del deseo. En realidad se tratara de una sucesión de deseos. El deseo como tal se expresa en fragmentos diferentes. Ello significa que la personalidad naciente del adolescente se fragmenta hacia dentro, porque el deseo es efímero y también hacia fuera porque el objeto de su deseo, determinado por la publicidad es variable. Esta fragmentación del deseo, del tiempo y en suma de la personalidad expresa en el nivel de la adolescencia lo que es un rasgo típico posmoderno en las generaciones jóvenes: la identidad abierta. Abierta en este caso, significa una identidad siempre receptiva a la idea de un futuro cambio y que nunca se considera a sí misma definitivamente concluida. Por tanto, sus compromisos serán siempre temporales. Nada de compromisos definitivos...

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