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Espejismo político


Alguien me dijo hace años que hay tres cosas difíciles de ocultar por mucho tiempo: la riqueza mal habida, la real inclinación sexual y el embarazo en una señorita.

Martín Fierro decía que no era de fiar la familia que se hacía rica en dos o tres generaciones. Imagínense lo que pensaría sobre el individuo que se hace millonario en dos o tres años, sin que se le conozca un don extraordinario.

Los precios de los terrenos se multiplican por 1000 por arte de magia, como en el caso de la Avenida Balboa, Boquete o Azuero, mientras que a algunos escogidos en los diferentes ciclos quinquenales, se les venden hectáreas a precios de Reforma Agraria y se les conceden contratos leoninos. Así, ¿quién carajo no se hace rico y exitoso?, me decía un vendedor de periódico amigo mío.

Ahora ya todos estamos tranquilos porque hemos, finalmente, entendido que los precios de la electricidad, el teléfono, los celulares, el gas de cocina, la gasolina y el diesel, los alimentos y el cemento, lo ponen las empresas transnacionales en contubernio con los distinguidos empresarios criollos, ante la indiferente complicidad de los gobiernos de la era post-invasión, ya que en virtud del cacareado respeto a la seguridad jurídica, tienen la potestad de continuar imponiendo sus decisiones e intereses a perpetuidad.

No sé, pero en nuestro país se está presentando desde hace 17 años, con una mayor tasa de prevalencia e incidencia una extraña enfermedad, que creo se hace merecedora a que llamemos al CDC de Atlanta para que nos ayude a encontrar la causa de esta epidemia. Este síndrome se caracteriza porque el sujeto político, en los cinco años previos de su vida, tiene planteamientos que no salen de la esfera del bien común, la persona es humilde, saluda a sus vecinos y comparte sus vivencias. Durante este período de incubación, expresa sin tapujos que no quiere para este país ni una privatización más y hasta llega a comprometerse a rescatar los oligopolios y monopolios estatales cedidos por sus antecesores, según él, de mala manera a la empresa privada. Pero tan pronto llega al poder o a un puesto de gobierno por elección o designación, el individuo experimenta una súbita y profunda crisis de enfermedad de Alzheimer. Es decir, olvida todo lo prometido y, lo que es peor, hace precisamente lo que dijo que no haría; le da por mudarse de barrio, por cambiar hasta de familia y empezar a comprar yates, carros europeos y aviones gringos.

Creo, sin lugar a dudas, que el primer diagnóstico para descartar es que desde que nacieron no tenían calidad humana.

101 años de Panamá América

 
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