Espejismos de la mafia
Se justifica plenamente la preocupación de los Gobiernos y de los organismos internacionales por el poder y el dinamismo que entrañan el narcotráfico y sus actividades conexas.
No es para menos la gran inquietud reinante en el planeta si se analiza las dimensiones de esta colosal plaga que se sintetiza en estas cifras: las ganancias de los traficantes de drogas ilícitas, de acuerdo con fuentes muy confiables, fluctúan entre doscientos y trescientos billones de dólares anuales, lo que significa nada menos que el seis por ciento de la economía global.
Con tan astronómicas cantidades de dinero los capos desafían a los países de mayor desarrollo en el mundo, con mayor razón a los más vulnerables por sus precarias condiciones socioeconómicas, lo que redunda en inestabilidad política y serio riesgo para la democracia.
Son espejismos lo que crea la mafia de la droga con esos voluminosos y sucios recursos que, obligadamente, tienen que ser lavados para purificarlos en el torrente financiero. Uno de ellos es, precisamente, el contrabando.
La primera impresión de esta nociva práctica es que beneficia a la economía, la realidad demuestra todo lo contrario. Estudios internacionales han establecido que, en el año 1996, todos lo bienes que fueron a Colombia, provenientes del comercio libre de Panamá, alcanzaron casi dos billones de dólares. En la aduana colombiana solamente fueron registrados ciento sesenta y seis millones. El resto, obviamente ingresó en calidad de contrabando.
Según The Washington Post (30-8-98), el sistema utilizado consiste en que los traficantes de Colombia adquieren cigarrillos, licor fino y electrodomésticos, que transportan clandestinamente a su país, para ser vendidos a precios más baratos de los que se ofrecen en el mercado. Frente a esta desleal competencia, los negocios lícitos pronto dan en quiebra. La clave del asunto es el lavado de dinero convertido en maquinaria de efectos contraproducentes.
En el año en referencia, prácticamente se duplicaron las ventas envueltas por el contrabando, que llegaron al 25.6 por ciento del PNB, conforme datos de la Universidad Nacional de Colombia. Solamente en impuestos la colectividad se beneficiaría enormemente.
El dinero sucio impide el desarrollo legítimo de los pueblos y trae consigo la presencia de malhechores, ampliando ámbitos dominados por la corrupción y el deterioro social.
Impedir la penetración de esos turbios fondos es defender sólidos principios orientados al progreso y la honestidad. Caso contrario, quienes se dejan llevar por la artificiosa corriente del dinero fácil, pronto pagan el tremendo costo de sus errores al no poder poner un alto a la polución moral y permitir la expansión de esos cantos de sirena que, ciertamente y a la postre, conducen al abismo de la pobreza, el delito y la humillación, debido a que destruyen el trabajo edificante y enriquecedor en todos los campos.
Las ganacias de los traficantes de drogas ilícitas fluctúan entre 200 y 300 billones de dólares anuales. Con el contrabando, que deja puerta abierta al lavado de dinero, las mafias consolidan su poder. Los recursos turbios generan espejismos que, en realidad, generan pobreza, delito y bumillación.
No es para menos la gran inquietud reinante en el planeta si se analiza las dimensiones de esta colosal plaga que se sintetiza en estas cifras: las ganancias de los traficantes de drogas ilícitas, de acuerdo con fuentes muy confiables, fluctúan entre doscientos y trescientos billones de dólares anuales, lo que significa nada menos que el seis por ciento de la economía global.
Con tan astronómicas cantidades de dinero los capos desafían a los países de mayor desarrollo en el mundo, con mayor razón a los más vulnerables por sus precarias condiciones socioeconómicas, lo que redunda en inestabilidad política y serio riesgo para la democracia.
Son espejismos lo que crea la mafia de la droga con esos voluminosos y sucios recursos que, obligadamente, tienen que ser lavados para purificarlos en el torrente financiero. Uno de ellos es, precisamente, el contrabando.
La primera impresión de esta nociva práctica es que beneficia a la economía, la realidad demuestra todo lo contrario. Estudios internacionales han establecido que, en el año 1996, todos lo bienes que fueron a Colombia, provenientes del comercio libre de Panamá, alcanzaron casi dos billones de dólares. En la aduana colombiana solamente fueron registrados ciento sesenta y seis millones. El resto, obviamente ingresó en calidad de contrabando.
Según The Washington Post (30-8-98), el sistema utilizado consiste en que los traficantes de Colombia adquieren cigarrillos, licor fino y electrodomésticos, que transportan clandestinamente a su país, para ser vendidos a precios más baratos de los que se ofrecen en el mercado. Frente a esta desleal competencia, los negocios lícitos pronto dan en quiebra. La clave del asunto es el lavado de dinero convertido en maquinaria de efectos contraproducentes.
En el año en referencia, prácticamente se duplicaron las ventas envueltas por el contrabando, que llegaron al 25.6 por ciento del PNB, conforme datos de la Universidad Nacional de Colombia. Solamente en impuestos la colectividad se beneficiaría enormemente.
El dinero sucio impide el desarrollo legítimo de los pueblos y trae consigo la presencia de malhechores, ampliando ámbitos dominados por la corrupción y el deterioro social.
Impedir la penetración de esos turbios fondos es defender sólidos principios orientados al progreso y la honestidad. Caso contrario, quienes se dejan llevar por la artificiosa corriente del dinero fácil, pronto pagan el tremendo costo de sus errores al no poder poner un alto a la polución moral y permitir la expansión de esos cantos de sirena que, ciertamente y a la postre, conducen al abismo de la pobreza, el delito y la humillación, debido a que destruyen el trabajo edificante y enriquecedor en todos los campos.
Las ganacias de los traficantes de drogas ilícitas fluctúan entre 200 y 300 billones de dólares anuales. Con el contrabando, que deja puerta abierta al lavado de dinero, las mafias consolidan su poder. Los recursos turbios generan espejismos que, en realidad, generan pobreza, delito y bumillación.