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Esperamos el cambio


Durante la campaña política auguramos un cambio en el país, que habría de traducirse en un modelo distinto de gobernar, teniendo como objetivo principal la solución de las necesidades de orden social, tales como el desempleo, salud, vivienda, educación y en especial, un ataque frontal a la pobreza.
El ejercicio gubernamental se ha caracterizado por acciones rectificadoras, que no dejan huella permanente en un pueblo que por su pasada experiencia, no confía y no acepta los hechos que no le favorezcan directamente, pues cada cual relata su historia y reconoce las buenas obras, sólo si es el beneficiario titular de la nueva gestión.
Sin tregua alguna, se ha venido laborando con intención de dar cumplimiento a lo prometido, aún cuando todos conocemos las limitaciones de tipo económicas que han diferido resultados masivos.
Sumado a lo anterior, es digno recordar los tropiezos legales que fueron diseñados en las postrimerías del anterior gobierno, que debieron sortearse con disciplina negociadora, comprometiendo a la vez, importantes espacios que temporalmente representaron un efímero apoyo legislativo, tan duradero como la sinceridad de sus pactos.
Advertí antes del primero de agosto pasado, que se percibía la ingobernabilidad, en lo cual tuve razón. No sólo por la natural posición del PRD, que habría de mostrarse opuesto a cambios y a las acciones gubernamentales, sino por la falta de coherencia de los nuevos aliados, cuya lealtad se mide por las posiciones que han alcanzado y aún así, no logran saciar su voracidad y gula política.
Pienso que los principales problemas los hemos tenido al aceptar alianzas post-electorales, que no han servido de sostén a las políticas gubernamentales. Es comprensible que si tenemos como asesores y dentro del gobierno, a quienes diseñaron y proclamaron la continuidad, incluso como candidatos en la nómina presidencial contraria, no podemos esperar el impulso a una gestión que no comulga con sus creencias y convicciones, si es que las tuvieron o tienen.
Para nadie es un secreto las dificultades que ha debido enfrentar la Presidenta de la República, cuya presencia personal en cada reclamo se convierte en otro elemento distorsionador de la gestión pública.
Los ministros designados no despegaron lo suficiente en algunos casos, como para lograr la independencia en el desempeño, que los ubicara en el sitial de aceptación por sus propios méritos como jefes de cartera, ya que fueron opacados por la figura presidencial, a la que apelaban los ciudadanos en cada acto público. Siendo así, los mejores propósitos de los colaboradores dejan de tener identificación del jefe ministerial, para adherirse tímidamente, como apéndice de la función y actividad presidencial.
El resultado ha sido el conocido, ante la constante campaña contra el equipo de ministros, a quienes se les atribuyó no pocas veces, la causa del descenso en la popularidad de la mandataria, pues la creciente impopularidad de algunos de ellos, se reflejaba en otros niveles de la gestión gubernamental.
La ingobernabilidad se impuso desde la Asamblea Legislativa, agudizándose al discutir el proyecto sobre el Fondo Fiduciario, que produjo rebeldía en la bancada Arnulfista, lo que aprovechó el PRD para introducir sustanciales reformas y proclamar su capacidad legislativa.
Los hechos posteriores continuaron sembrando la exigencia de reemplazos en los ministros, hasta que acordaron poner a disposición de la Sra. Presidenta sus cargos. Hubo respiro en algunos y temor en otros, esperanza en los más y aprovechamiento de la situación para elucubrar sobre la solución a la crisis de Gabinete.
Finalmente, giró la rueda, retirando a dos Ministros. El MOP (Moisés Obras Pocas) y MIDA (Me Indispuso Don Arnoldo), quedando el resto con poca movilización, pues sólo hubo rotación de uno.
Algunos titulares aprovecharon para deshacerse de sus viceministros, pero al darse la noticia de la recomposición, realmente no alcanzaron las figuras que se mencionaron y los analistas políticos demostraron una vez más que saben mucho de asuntos siderales. El pueblo sigue lo mismo, los políticos están frustrados, los empleados públicos siguen preocupados y en general, todos podemos decir que esperamos el cambio.

101 años de Panamá América

 
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