Esperanza
Cada año que comienza muchos renovamos el sentimiento de que las cosas irán mejor, de que el futuro permitirá la realización de nuestros sueños. Esperar con buen ánimo nos dispone a hacer las cosas bien y a vivir con alegría aún en medio de dificultades.
Esa sana disposición del espíritu no debe confundirse con la expectativa ilusoria, nacida del pensamiento mágico mítico, de que todo saldrá bien con sólo desearlo, como si lo que ocurre a nuestro alrededor fuera producto de la casualidad y pudiéramos eximirnos de toda responsabilidad sobre nuestro destino.
Sin embargo, en Panamá mantener un optimismo racional requiere un esfuerzo especial de la inteligencia y la voluntad. Pareciera haber quienes derivan placer en anunciar desgracias y malos tiempos, en llamar la atención a todo lo negativo, perverso y sucio, sin dejar espacio para la ponderación mesurada de los diferentes y complejos elementos de la realidad, de modo que la crítica -por dura o vehemente que sea su expresión- tenga sustento en la verdad.
Cuando estas reglas elementales del juicio se pierden y la diatriba o la trivialidad sustituyen al buen pensar, se fomenta un estado de depresión colectiva que conduce a la postración, a la desesperanza y a la amargura. A partir de allí surge la desconfianza, que se alimenta de la descalificación sistemática de todos los esfuerzos, propuestas y personas dando como resultado que cada vez haya menos gente capaz y decente que se atreva a asumir algún tipo de liderazgo o compromiso en la vida nacional.
Parece increíble que después de casi veinte años de experiencia democrática, cada vez que se hace un nombramiento o se proponen nombres para altos cargos públicos, haya quienes repiten la absurda opinión de que la participación en un partido, ejercicio de un derecho fundamental y necesario, es un acto bochornoso que se le enrostra a personas cuyas hojas de vida profesionales y personales son impecables. Pero más increíble aún es que muchos de los que asumen esta postura militan en partidos de la oposición, han pertenecido en algún momento a partidos políticos o mantienen vínculos estrechos con sectores que aspiran a ejercer el poder.
En el campo de las propuestas legislativas, la obstaculización sistemática de toda política innovadora sin aportes para mejorarlas se ha convertido en una práctica común, no sólo de los políticos opositores que esperan recoger ganancias electorales, sino también de pequeños grupos de la denominada sociedad civil que buscan protagonismo fácil sin asumir ninguna responsabilidad por el bien común.
Tener esperanza no significa callar los errores o negar los problemas que nos acosan, pero la pobreza, la corrupción, y la injusticia sólo podrán combatirse eficazmente si partimos de la certeza de que todos tenemos alguna responsabilidad en estos males, pero también la tenemos en la superación de los mismos.