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Esperanza Vaga


Desde los más remotos días del mundo la paz se ha visto perturbada y, salvo efímeros períodos excepcionales, ha estado lacerada y sepultada bajo el fragor de las armas.
Son muchos los motivos para que la guerra que con frecuencia tenemos a la vista, ora por el deseo o necesidad de extensión territorial de un pueblo, ora por rivalidades económicas, por sueños de gloria, entre otros, y hasta por honor y venganza como fue la de Troya porque un osado galán, París, robo a Helena, la bella esposa del rey Menélao.
En nuestros días dos hecatombes han sacudido a la humanidad: La Primera y Segunda Guerra Mundial en las cuales perecieron millones de seres humanos.
En 1945, llegada la paz tras esta última, en menos de cuatro años comenzó a perderse nuevamente. En 1948, ante las justas aspiraciones de un pueblo diseminado durante 20 siglos, erróneamente se le alojó en tierra ajena.
Tras más de medio siglo de turbulencia por este y otros acontecimientos, hemos llegado ahora a una situación más tenebrosa: el terrorismo.
Este es un monstruo que ataca implacablemente desde las sombras, sin compasión.
Convirtió en escombros dos altas torres en Nueva York y en astillas y hierros retorcidos los vagones de un tren en Madrid, causando en ambos casos miles de muertos y heridos.
Se ha sembrado en la humanidad una gran angustia. Aquellos a quienes aterrorizaron en su niñez y les mataron a sus seres más queridos y les devastaron el territorio que les vio nacer, alimentarán, siendo y adultos, una insaciable sed de venganza.
El odio se habrá anidado en ellos con profundas raíces. Y el odio es irreconciliable. Las actualmente buenas relaciones entre Francia y Alemania y entre los Estados Unidos y Japón constituyen un excepcional ejemplo esperanzador de paz, pero incierto.
Desventuradamente, las guerras tienen como corolario la ocupación del territorio del vencedor.
Los pueblos jamás han cejado en sus esfuerzos por recobrar la libertad y siempre han luchado por arrojar de su suelo a los ocupantes.
Ya estamos viendo en Irak que las bajas que están sufriendo los soldados de las fuerzas de ocupación son superiores a las que sufrieron durante la invasión que, malamente, se llamó guerra. Ahora es cuando en realidad ella ha empezado.
Pareciera que la profecía del Apocalipsis está comenzando a cumplirse. El hambre está reflejada en las vistas que nos ofrece la televisión de regiones del mundo cuyos habitantes parecen no tener carne sino piel sobre huesos.
La peste se está entronizando con millones de seres contagiados de SIDA y siguen y seguirán las guerras que conducen a la muerte.
Todo parece indicar que los cuatro jinetes que nos descubrió San Juan están ya iniciando su galope para su funesta y feroz carrera hacia la destrucción de la humanidad.

101 años de Panamá América

 
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