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Espíritu navideño


Confieso que el mes de diciembre me llena de sentimientos encontrados, entre paz, amor, felicidad, tristeza, melancolía.
Paz, amor y felicidad, por las bendiciones recibidas de Dios que me ha permitido disfrutar de momentos agradables en familia y entre amistades, a la vez que compartir, en la medida de mis posibilidades, con los menos afortunados.
Tristeza y melancolía, por no poder hacer más por mi prójimo, en lo concerniente a aliviar tantas necesidades, tanta enfermedad, tantas penurias y miserias. No sólo deseo hacer más, sino que, quisiera tener el don de motivación necesario para que, los que mucho tienen, aprendan a desprenderse de parte de lo que les sobra, para contribuir a aliviar tanto sufrimiento de personas cuyo único pecado, si es que se puede llamar pecado, es ser pobre; haber venido al mundo del vientre de una menesterosa, de una viciosa o de una madre con limitaciones mentales, en todo caso, seres inocentes, pagando de por vida, su origen humilde, como si ser pobre fuera el peor crimen de la humanidad. A los desalmados, asesinos, facinerosos de la peor especie, se les condena, al ser juzgados, a purgar una pena acorde con el delito cometido, dentro de ciertos años, privados de libertad. Sin embargo, por la desidia de los más pudientes, los humildes de nacimiento, son condenados a perpetuidad a convivir en un ambiente de privaciones extremas.
Nuestro Señor Jesucristo, según las Sagradas Escrituras, predicaba a todos los que lo escuchaban que, debíamos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, sin embargo, para algunos, prójimo es quien está a su mismo nivel social y económico. Los regalos que se intercambian, cada año, durante las fiestas de Navidad, son suntuosos, procurando sobrepasar el valor del año anterior; el humilde no es su prójimo y por tanto, no existe una misma entrega hacia ellos. No realizan que, mientras exista tanta diferencia entre ricos y pobres, no habrá una verdadera paz social, tan necesaria para una real coexistencia pacífica. Los hospitales, asilos, hogares de la infancia, de hijos de padres irresponsables, de madres solteras, centros de nutrición, todos, sin excepción, están repletos de personas de todas las edades, cuyo factor común es la pobreza extrema. No podemos escudarnos en la ignorancia de las necesidades de nuestro verdadero prójimo, el menesteroso, pues, éstas están a la vista, como un reclamo silencioso a nuestra apatía.
Por qué no hacermnos un examen de conciencia en este mes de recordación del nacimiento del Niño Dios, y nos sorprenderemos de lo mucho que podemos hacer, sin mayor traumas económicos, por los menos afortunados.
Pagar a sus empleados una mejor asignación salarial, acorde a sus necesidades familiares, total, éstos son deducidos de los impuestos que debe pagar al Estado por las ganancias del año.
Las donaciones permanentes a centros de asistencia social, también son gastos deducibles de los impuestos a pagar.
Si estamos tentados a comprar un cuadro de un pintor famoso, ya fallecido; los cuales son los más caros, leer los periódicos diarios y ahí palparemos lo mucho que podemos hacer para disminuir la brecha entre ricos y pobres; entre los que no saben qué más comprar con el dinero que les sobra en cantidad (a montones, dicen los costarricenses), y quienes no tienen para llevar un pedazo de pan a sus hijos.
Que el Niño Dios entre en nuestros hogares, en nuestras mentes, en nuestras conciencias, permitiéndonos dejar en el pasado el egoísmo que nos domina, y vivir la felicidad plena de compartir los bienes que, El mismo nos permitió adquirir, con nuestro prójimo, el menos afortunado.

101 años de Panamá América

 
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