Estado de Derecho y Ministerio Público
Siempre hemos considerado que la lucha contra la corrupción empieza a lo interno de cada uno de nuestros hogares. Es en el seno de cada familia en donde se forjan las mentes débiles o las fuertes; los hombres y mujeres con principios éticos y morales o sin ellos. El hogar viene a ser algo tan semejante o similar como el crisol en donde se refina el oro o la plata. Los hombres y mujeres que salen de nuestros hogares, gran parte de ellos, son los que pasan a ser las filas de quienes, luego, fungen como funcionarios o, simplemente, como personas que ejercen una actividad, profesión u oficio privado, liberal. La familia panameña entonces exige que se le preste mucha atención.
La corrupción, quienes la ejercen, la practican y obtienen de ella grandes e insospechados réditos, desata y siembra raíces poderosas en el seno social y hace que surjan núcleos de poder que, luego, son sus principales adláteres en su defensa y protección. Para ilustrar un ejemplo: cierto que en Costa Rica se ordenó la detención de un ex Presidente y que éste fue a parar a la cárcel; no habían transcurrido muchos días cuando toda una élite, la rancia aristocracia y sectores económicos, salieron a proclamar la supuesta injusticia de esa detención lo cual constituía una afrenta para los sectores de poder, tanto el económico como el político. Finalmente, ese ex mandatario fue puesto en libertad y no pasó absolutamente nada. Y es que la corrupción, sin duda, tiene sus defensores, sus amiguitos que mancomunan intereses y esfuerzos para crear una especie de halo de protección, de defensa, para que un eslabón importante de esa gran cadena de corruptores no caiga. La caída de uno de esos eslabones significaría el descalabro, la destrucción, de todo el andamiaje de la corrupción. Se trataría de la aplicación del efecto dominó en materia de persecución del delito, sobre todo, de aquel que se denomina de cuello blanco: personajes de la vida social, política, empresarial, bancaria, etc., que han venido haciendo, custodiando, incrementando, cada día, más y más, fortunas. Son hombres y mujeres que se autoproclaman personas millonarias y que el pueblo entero sabe que han surgido de modo fugaz, como el rayo en medio de la tempestad. Sí, es en medio de la tempestad del hambre, de la miseria, de la pobreza, de los desniveles en la salud y educación de nuestros hombres y mujeres, de la cada día más evidente falta de oportunidades para nuestro pueblo, que nace y se fortalece la corrupción dado que los dineros del erario público son aprehendidos por delincuentes que entronizados en el poder y aliados con inescrupulosos, no menos delincuentes, del sector privado, sobre todo el local ya que ciertos inversionistas extranjeros no se excluyen, se confabulan para presentar licitaciones públicas fraudulentas; actos públicos en donde campea la coima, la añagaza y la artería.
Es en este tipo de actuaciones en donde se ausenta el ojo fiscalizador de las autoridades que deben ser reales y leales custodios de los bienes, las riquezas y finanzas del Estado, del pueblo panameño. Se hacen cómplices tanto por acción como por omisión. Son autores y partícipes de todo cuanto ha socavado los pilares mismos de nuestra identidad de Estado, de nación y de pueblo. Nos han sucumbido en medio de una tenebrosa vorágine de pobreza y de miseria.
Frente a esa cruda situación, hemos enarbolado un discurso que no gusta a muchos: el de la necesaria e indispensable rendición de cuentas. El pueblo sabe que los monos gordos de la corrupción no han caído. Siguen moviéndose sigilosamente, todavía, en medio de los estratos del poder político en donde tienen amiguitos y compañías de chilinqui. A nadie le es ajeno el hecho de que existen en nuestro país clanes de poder en donde sus integrantes pertenecen a supuestas ideologías políticas distintas, pero que se colaboran entre sí para que cada vez que adviene un nuevo gobierno cada uno de ellos se garantiza la participación política y así la continuidad y protección de los grandes negociados en la cosa del Estado. Son verdaderas sociedades anónimas, clanes y círculos de poder que semejantes a los piratas y filibusteros de otrora, toman partido en la repartición del pastel. El pueblo entero se pregunta si las cárceles, en nuestro medio, sólo se hicieron para los humildes hijos de nuestros laboriegos, amas de casa, de las cocineras entre tanto que los peces grandes de la corrupción siguen libres paseándose en avenidas como los grandes personajes de todos los tiempos y hasta exigen la venia de nuestra humilde gente.
De allí que el Ministerio Público, a partir del 2005, tiene grandes retos que enfrentar: devolverle la credibilidad al pueblo de que en Panamá sí hay justicia penal sin discriminaciones. Que la justicia penal no es selectiva y que, caiga quien caiga, en los brazos del Ministerio Público, habrá que investigar y exigir, conforme al debido proceso y a las pruebas, la condena ante los tribunales de la justicia penal. Se requiere y demanda un Ministerio Público transparente, objetivo, no perseguidor, sino legítimo representante del Estado de Derecho. No nos es ajena la idea de que en la Teoría del Conocimiento -Hessen-la lógica formal constituye apenas un punto de partida para enfrentar o analizar el fenómeno, por ello también comprendemos que el Ministerio Público no puede cerrar el capítulo de la lucha contra la corrupción si no le rinde, al cabo de los próximos meses, un informe detallado al pueblo panameño de qué se ha hecho frente a la corrupción, la impunidad, la inseguridad jurídica, y la poca o escasa seguridad de nuestros ciudadanos. Debe presentarle al pueblo claras muestras de que los derechos y las garantías se respetarán. Sostenemos que con la nueva Procuradora General de la Nación debe iniciarse un nuevo paradigma de lo que debe entenderse por Ministerio Público. Ana Matilde debe comprender que el pueblo es su mejor referente y punto de apoyo en la difícil lucha contra la impunidad y la corrupción. Debe apoyarse, para los efectos de mantenerse en el cargo como una Procurador transparente, objetiva e imparcial, defensora y adalid del Estado de Derecho, en la misma conciencia ciudadana que demanda, antes que empleo, Justicia.
Rendición de cuentas es una tarea que hay que hacer sin dilaciones ni contemplaciones. No podemos dejar caer los estandartes que hemos levantado en la lucha contra la corrupción y la impunidad lo cual constituye un tema que tiene rango nacional y es plenamente democrático. ¡Feliz Navidad!
La corrupción, quienes la ejercen, la practican y obtienen de ella grandes e insospechados réditos, desata y siembra raíces poderosas en el seno social y hace que surjan núcleos de poder que, luego, son sus principales adláteres en su defensa y protección. Para ilustrar un ejemplo: cierto que en Costa Rica se ordenó la detención de un ex Presidente y que éste fue a parar a la cárcel; no habían transcurrido muchos días cuando toda una élite, la rancia aristocracia y sectores económicos, salieron a proclamar la supuesta injusticia de esa detención lo cual constituía una afrenta para los sectores de poder, tanto el económico como el político. Finalmente, ese ex mandatario fue puesto en libertad y no pasó absolutamente nada. Y es que la corrupción, sin duda, tiene sus defensores, sus amiguitos que mancomunan intereses y esfuerzos para crear una especie de halo de protección, de defensa, para que un eslabón importante de esa gran cadena de corruptores no caiga. La caída de uno de esos eslabones significaría el descalabro, la destrucción, de todo el andamiaje de la corrupción. Se trataría de la aplicación del efecto dominó en materia de persecución del delito, sobre todo, de aquel que se denomina de cuello blanco: personajes de la vida social, política, empresarial, bancaria, etc., que han venido haciendo, custodiando, incrementando, cada día, más y más, fortunas. Son hombres y mujeres que se autoproclaman personas millonarias y que el pueblo entero sabe que han surgido de modo fugaz, como el rayo en medio de la tempestad. Sí, es en medio de la tempestad del hambre, de la miseria, de la pobreza, de los desniveles en la salud y educación de nuestros hombres y mujeres, de la cada día más evidente falta de oportunidades para nuestro pueblo, que nace y se fortalece la corrupción dado que los dineros del erario público son aprehendidos por delincuentes que entronizados en el poder y aliados con inescrupulosos, no menos delincuentes, del sector privado, sobre todo el local ya que ciertos inversionistas extranjeros no se excluyen, se confabulan para presentar licitaciones públicas fraudulentas; actos públicos en donde campea la coima, la añagaza y la artería.
Es en este tipo de actuaciones en donde se ausenta el ojo fiscalizador de las autoridades que deben ser reales y leales custodios de los bienes, las riquezas y finanzas del Estado, del pueblo panameño. Se hacen cómplices tanto por acción como por omisión. Son autores y partícipes de todo cuanto ha socavado los pilares mismos de nuestra identidad de Estado, de nación y de pueblo. Nos han sucumbido en medio de una tenebrosa vorágine de pobreza y de miseria.
Frente a esa cruda situación, hemos enarbolado un discurso que no gusta a muchos: el de la necesaria e indispensable rendición de cuentas. El pueblo sabe que los monos gordos de la corrupción no han caído. Siguen moviéndose sigilosamente, todavía, en medio de los estratos del poder político en donde tienen amiguitos y compañías de chilinqui. A nadie le es ajeno el hecho de que existen en nuestro país clanes de poder en donde sus integrantes pertenecen a supuestas ideologías políticas distintas, pero que se colaboran entre sí para que cada vez que adviene un nuevo gobierno cada uno de ellos se garantiza la participación política y así la continuidad y protección de los grandes negociados en la cosa del Estado. Son verdaderas sociedades anónimas, clanes y círculos de poder que semejantes a los piratas y filibusteros de otrora, toman partido en la repartición del pastel. El pueblo entero se pregunta si las cárceles, en nuestro medio, sólo se hicieron para los humildes hijos de nuestros laboriegos, amas de casa, de las cocineras entre tanto que los peces grandes de la corrupción siguen libres paseándose en avenidas como los grandes personajes de todos los tiempos y hasta exigen la venia de nuestra humilde gente.
De allí que el Ministerio Público, a partir del 2005, tiene grandes retos que enfrentar: devolverle la credibilidad al pueblo de que en Panamá sí hay justicia penal sin discriminaciones. Que la justicia penal no es selectiva y que, caiga quien caiga, en los brazos del Ministerio Público, habrá que investigar y exigir, conforme al debido proceso y a las pruebas, la condena ante los tribunales de la justicia penal. Se requiere y demanda un Ministerio Público transparente, objetivo, no perseguidor, sino legítimo representante del Estado de Derecho. No nos es ajena la idea de que en la Teoría del Conocimiento -Hessen-la lógica formal constituye apenas un punto de partida para enfrentar o analizar el fenómeno, por ello también comprendemos que el Ministerio Público no puede cerrar el capítulo de la lucha contra la corrupción si no le rinde, al cabo de los próximos meses, un informe detallado al pueblo panameño de qué se ha hecho frente a la corrupción, la impunidad, la inseguridad jurídica, y la poca o escasa seguridad de nuestros ciudadanos. Debe presentarle al pueblo claras muestras de que los derechos y las garantías se respetarán. Sostenemos que con la nueva Procuradora General de la Nación debe iniciarse un nuevo paradigma de lo que debe entenderse por Ministerio Público. Ana Matilde debe comprender que el pueblo es su mejor referente y punto de apoyo en la difícil lucha contra la impunidad y la corrupción. Debe apoyarse, para los efectos de mantenerse en el cargo como una Procurador transparente, objetiva e imparcial, defensora y adalid del Estado de Derecho, en la misma conciencia ciudadana que demanda, antes que empleo, Justicia.
Rendición de cuentas es una tarea que hay que hacer sin dilaciones ni contemplaciones. No podemos dejar caer los estandartes que hemos levantado en la lucha contra la corrupción y la impunidad lo cual constituye un tema que tiene rango nacional y es plenamente democrático. ¡Feliz Navidad!