Estados Unidos vio al fin la luz
Cuando el Secretario de Estado norteamericano Colin Powell anunció hace tres semanas en Monterrey, México, la nueva política internacional de su país, centrada en el combate del terrorismo y la corrupción, pocos pusieron mayor atención. Les pareció un discurso trillado. Mucho menos repararon en un detalle, destacado en esta columna, que entre las medidas concretas figura la negativa y revocación de visas de entrada y la confiscación de dineros, bienes y haberes que tengan los corruptos en Estados Unidos.
Una semana después, tuvimos de visita en Panamá al enviado especial para América Latina del presidente George Bush hijo, el señor Otto Reich, quien en el curso de varias intervenciones aclaró que tales medidas se extendían a los hijos, esposa y familiares del corrupto, quien podría ser tanto del sector público como del sector privado. Y allí ardió Troya. Los sustos e indisposiciones intestinales han colmado las clínicas y consultas médicas desde entonces.
¿Por qué tan drástica medida? Muy sencillo. Estados Unidos se hartó de hacer de tonto al servicio de los corruptos. Tras invadir a Irak el año pasado, se dio cuenta por primera vez del trágico escenario en el que durante más de un siglo dilapidó miles de millones de dólares para dizque "ayudar a sus amigos en apuros" y jugar al "equilibrio de fuerza" entre adversarios extranjeros, haciendo su propia apuesta entre unos a otros, sin percatarse que todos esos dineros pasaron a enriquecer los bolsillos de gobernantes o militares corruptos, al tiempo que se deterioraba la situación interna de los ciudadanos de sus respectivas naciones a cuyo favor esos dineros estaban destinados, provocando más inestabilidad y convulsión que antes. Y al final, como en República Dominicana en 1965, Panamá en 1989 e Irak en el 2003, entre muchas otras, sus tropas tenían que entrar a pacificar, poner los muertos y cosechar los odios de esos pueblos, mientras los dictadores responsables disfrutaban su riqueza a salvo.
Pero a diferencia de otras ocasiones, el contraste entre los lujosos palacios del dictador y la oligarquía iraquí, típica de todas las demás dictaduras árabes -incluso de sus amigos de la región- y las flotas de autos "Rolls Royce" con la miseria en que viven sus pueblos, resultaba aberrante.
De ese modo descubrió el triste papel que ha desempeñado hasta ahora, de gendarme gratuito y bombero al servicio de sátrapas civiles y militares que roban los millones que debían destinar a sus pueblos. Ahora aprendieron lo que los intelectuales nuestros venían reprochándoles durante tanto tiempo en mil formas, sin que entendieran que el enemigo lo tenían al lado.
*Centro de Colaboraciones Solidarias.
(ccs@tsai.es)
Una semana después, tuvimos de visita en Panamá al enviado especial para América Latina del presidente George Bush hijo, el señor Otto Reich, quien en el curso de varias intervenciones aclaró que tales medidas se extendían a los hijos, esposa y familiares del corrupto, quien podría ser tanto del sector público como del sector privado. Y allí ardió Troya. Los sustos e indisposiciones intestinales han colmado las clínicas y consultas médicas desde entonces.
¿Por qué tan drástica medida? Muy sencillo. Estados Unidos se hartó de hacer de tonto al servicio de los corruptos. Tras invadir a Irak el año pasado, se dio cuenta por primera vez del trágico escenario en el que durante más de un siglo dilapidó miles de millones de dólares para dizque "ayudar a sus amigos en apuros" y jugar al "equilibrio de fuerza" entre adversarios extranjeros, haciendo su propia apuesta entre unos a otros, sin percatarse que todos esos dineros pasaron a enriquecer los bolsillos de gobernantes o militares corruptos, al tiempo que se deterioraba la situación interna de los ciudadanos de sus respectivas naciones a cuyo favor esos dineros estaban destinados, provocando más inestabilidad y convulsión que antes. Y al final, como en República Dominicana en 1965, Panamá en 1989 e Irak en el 2003, entre muchas otras, sus tropas tenían que entrar a pacificar, poner los muertos y cosechar los odios de esos pueblos, mientras los dictadores responsables disfrutaban su riqueza a salvo.
Pero a diferencia de otras ocasiones, el contraste entre los lujosos palacios del dictador y la oligarquía iraquí, típica de todas las demás dictaduras árabes -incluso de sus amigos de la región- y las flotas de autos "Rolls Royce" con la miseria en que viven sus pueblos, resultaba aberrante.
De ese modo descubrió el triste papel que ha desempeñado hasta ahora, de gendarme gratuito y bombero al servicio de sátrapas civiles y militares que roban los millones que debían destinar a sus pueblos. Ahora aprendieron lo que los intelectuales nuestros venían reprochándoles durante tanto tiempo en mil formas, sin que entendieran que el enemigo lo tenían al lado.
*Centro de Colaboraciones Solidarias.
(ccs@tsai.es)