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Estandarizar a los pobres


Standart & Poor"s una "calificadora de riesgo", ha lanzado, según citan los diarios locales, un agorero anuncio sobre el futuro de la nación panameña.
Las calificadoras de riesgo son empresas comerciales que se dedican a analizar y dar seguimiento, principalmente, a la situación financiera de los países subdesarrollados, con el propósito de establecer, "según sus criterios de valoración", en quién se puede y en quién no se puede confiar.
Los veredictos que pronuncian son tan temibles como las certificaciones que expide el gobierno norteamericano para calificar el desempeño de los países en la lucha contra el narcotráfico.
¡Que Dios ampare a aquellos países que son "descertificados" por el Departamento de Estado o reprobados por estas calificadoras de riesgo! En un abrir y cerrar de ojos pueden convertirse en parias del mundo globalizado.
Las calificadoras son un invento relativamente reciente, cuyos informes aprovechan los eventuales inversionistas para decidir sus incursiones en los países subdesarrollados. Nunca he sabido de un informe sobre riesgos de inversión en los Estados Unidos o Francia, por ejemplo.
Las empresas calificadoras, sistemáticamente, meten sus narices y husmean en nuestros países; después nos colocan banderas rojas de alerta o de colores menos alarmantes, que agitan delante de todo aquel que esté considerando invertir por estas latitudes, indicándoles en qué países pueden ganar más dinero con menos riesgo.
Como, en principio, es un hecho aceptado que los países subdesarrollados necesitamos de la inversión extranjera y del crédito internacional para superar la pobreza y la miseria que padecen nuestros pueblos, debemos tomar muy en serio las andanzas de estos autodesignados jueces que, desde sus oficinas en Nueva York o Londres, o mediante breves visitas a nuestros países, o con la colaboración de agentes locales, pueden hacernos mucho daño.
Un informe negativo, como el que se le atribuye a Standard & Poor´s, puede anular nuestros esfuerzos de promoción, sin contar la pérdida de los dineros invertidos en ellos.
Según los sabihondos de Standard & Poor"s, para quienes la pobreza es una estadística y no una vivencia, es muy fácil dar recetas desde un despacho refrigerado a miles de kilómetros, o después de una visita amenizada por una estancia en buenos hoteles o de un hartazgo en restaurantes de lujo.
Los barrios paupérrimos de nuestras ciudades o los campos donde la pobreza rural sólo tiene como alternativa a la miseria, no le quitan el sueño a "los calificadores de riesgo".
A diferencia de estos señores, los gobernantes de nuestros países, en los que la miseria es el cuadro de todos los días, tienen que enfrentarse a realidades muy distintas y responder a la demanda de quienes los eligieron, con la esperanza de que ofrezcan soluciones a los acuciantes problemas de la pobreza el desempleo, la salud o la educación.
Creo que a señores como los de Standar & Poor´s se les va la mano cuando incursionan con sus recetas, muchas veces comprobadamente equivocadas, para decirnos lo que debemos hacer.
Es absurdo que nos exija mantener intocables recursos como los del Fondo Fiduciario, que produjo el sacrificio del pueblo, mientras nuestros hospitales y escuelas se caen a pedazos, con el subterfugio de recomendaciones supuestamente bien intencionadas, tras las que se esconden la amenaza de calificarnos negativamente.
Presumir, además, que no se hará buen uso de esos recursos es una falta de respeto inaceptable, pues nunca se ha propuesto utilizarlos en su totalidad o para cubrir gastos de funcionamiento, sino para programas específicos de alivio a la pobreza.
La primera responsabilidad del gobierno nacional es dar las respuestas que demanda el pueblo panameño y, por eso, no deben aceptarse advertencias como las de Standard & Poor´s, pero ello no significa que se las deba ignorar. Ante el peligro que pueden representar, hay que responder, cuanto antes mejor, con explicaciones prolijas y claras, que no dejen dudas de que hay la decisión de proceder con sensatez y con transparencia, así como de nuestro derecho soberano a utilizar los recursos de que disponemos.

101 años de Panamá América

 
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