Estás en camino (II)
Qué triste en el caso del matrimonio edificar las estructuras de una vida conyugal basadas en repetir los mismos esquemas de convivencia sin añadir la riqueza de la innovación, la profundidad humana y la sorpresa del amor, petrificando la relación y dando culto a la rutina. Esta a su vez mata la comunión de ambos y cava la tumba donde se entierra el amor.
No estás en camino cuando crees tontamente que ya conoces todo de Dios y no te esfuerzas en adorarlo, escucharlo, meditarlo y llevarlo en todo tu quehacer diario, tomando conciencia de su presencia santa, desbordante, exuberante, maravillosa, luminosa, pacífica. Como consecuencia al final caes en la apatía y en el ateísmo práctico. Ser cristiano de nombre consiste en no superarse, ni crecer, sino esconderse en ritos y ceremonias, en el cumplir la “ley” sin amor y mantener las tradiciones “amarrando a Dios”. Jesús sufrió todo eso y por eso se enfrentó al legalismo judío y al culto al templo, haciendo ver que sin amor a Dios, al próximo y a uno mismo, nada de lo otro servirá de nada. El nos da la libertad que nos hace caminar y “correr a ver si alcanzo la meta”, como dice San Pablo, afanándome en ir subiendo la montaña, mirando siempre a la cima, aunque no sea totalmente alcanzable.
Estar en camino consiste en ir desprendiéndome de aquello que me estorba y se constituye “en peso muerto”, para poder agilizar el paso y seguir el sendero de la perfección cristiana. Consiste sobre todo en reconocer que Jesús es el Camino y que con El podemos vencer cualquier obstáculo en nuestra marcha hacia el Reino, porque con Cristo somos invencibles.