Estilo y sustancia
Estados Unidos (EE.UU.) es una gran nación. Una razón es su capacidad de reinventarse periódicamente y siempre aduciendo que lo hace dentro de sus valores fundamentales. Frente al desastre internacional que fue la administración Bush, la elección de Barack Obama fue un nuevo aire para las relaciones de ese país con el mundo.
No sólo su raza fue un factor de agradable sorpresa -por implicancias de apertura, igualdad y libertad que señala su elección-, sino su talante de simpática confianza en sí mismo y en el potencial de su nación para hacer el bien, lo que produjo una actitud casi universal de ofrecer a la hiperpotencia una nueva oportunidad en el concierto de la naciones. Sin embargo, al buen lector no se le escapará que él defiende los mismos intereses que Bush, sólo que lo hace con palabras halagüeñas y gentiles.
De Obama se podría decir lo que el mentor de Gorbachov dijo cuando lo propuso ante el Politburó como líder de la Unión Soviética: “Camaradas, Mijail tiene una agradable sonrisa…pero atención que los dientes son de acero”. No podemos confundir el estilo amigable y las iniciativas pacificadoras del gobierno de Obama con la debilidad de una potencia derrotada. Esa misma confianza en sí mismo y en la capacidad de EE.UU llevará a Obama a los mismos objetivos, pero por otros caminos.