Estudiantes, la voz reprimida
Es evidente que la época escolar es de los mejores momentos de nuestra vida. Unos la recuerdan con nostalgia, otros simplemente prefieren no hablar de ello. Precisamente porque la escuela, en especial sus profesores, juegan un papel muy importante en la formación de nuestro carácter. Hay casos en que su influencia es tal que puede lograr cambiar la actitud que teníamos hacia ciertas cosas de la vida.
Adultos, que son hoy profesionales, seguramente nos pueden hablar de uno que otro de sus profesores más queridos, quienes no solamente se dedicaron a impartir clases, sino a hacerlos recapacitar. Pero de alguna manera, las intenciones se distorsionan, como en el caso de educadores que al intentar formar el carácter de sus alumnos, los tratan como seres inferiores, subyugados por su autoridad, obligados a aceptar humillaciones y en casos más graves, discriminaciones.
Los estudiantes son la voz reprimida, a fuerza, por obligación. Quizás todos alguna vez se hayan sentido humillados por maestros intimidantes y, en consecuencia, haber callado como lo hace la mayoría. El profesor es el que manda y no se le puede llevar la contraria, sin salir perjudicado. Por ésta y muchas razones, todos hemos tolerado actitudes negativas impartidas por los orientadores, que muchas veces se aprovechan de su cargo para imponer sus opiniones, reglas y mandatos, convirtiendo de ese modo, el ambiente escolar en una constante guerra, en el que el profesor intenta derrotar al alumno mientras éste lucha por sobrevivir a los ataques.
Para ser más específica, narraré una experiencia personal, cuyo tema principal no es acerca de cómo un educador cualquiera nos trata como personas sin importancia, ni de las veces que intentó fracasarnos, ya que sabemos que esos casos abundan; me referiré a comentarios concretos que reflejan un machismo muy personal impartido por un profesor que, aprovechando su poder sobre sus estudiantes, y la imposibilidad de defenderse de sus alumnas, las ofende cada vez que puede, por ser mujeres.
El problema es más actual de lo que nos imaginamos; el machismo no ha desaparecido, está presente. Es un fantasma rondando por las aulas, que burla nuestro intento de salir de esas discriminaciones que sólo nos vuelven más violentos, que nos atan para dejarnos en un constante estado de defensiva.
El proceso es lento, empieza con un simple comentario, avanza con una frase un poco más directa, terminado finalmente en ataques más ofensivos. Este profesor, como otros, pretextaba explicarnos a principios del año, los parecidos que tenemos con los animales. Comentaba que somos como los “perros”, ya que entramos en un estado similar al “celo”. Hace una breve pausa, y concluye: ... “las mujeres también entran en un estado similar al de las perras cuando están en celo, incluso, si usted (un varón) les toca la oreja izquierda, ellas se excitan”. De inmediato me estremecí, miré impotente su rostro. Él observaba extasiado la reacción de sus estudiantes, jóvenes de ambos sexos, quienes reían sin darse cuenta del grado de denigración que contenían sus palabras, y así continuó con su teoría puramente machista, aumentando cada vez más su tono de voz, asegurándose de tener la total atención de su auditorio cautivo de sus alumnos.
Desde ese día supe que esto apenas empezaba, no podía creer cómo se nos faltaba el respeto, a nosotras que éramos sus alumnas. Durante época de bimestrales, el mismo profesor nos trataba de convencer de que copiarse no era, de ninguna manera, comprensible y mucho menos aceptable. Tras proferir amenazas y caminar entre las filas separadas por no sé cuántos mosaicos que debía haber entre una fila y otra, nos dice: “Y déjenme decirles que los hombres que se copian son capaces hasta de consumir drogas”. Acto seguido, captura la atención de los alumnos varones que se encontraban distraídos, estudiando minutos antes del examen: “Y las mujeres que se copian, - dijo haciendo una pausa -, son capaces hasta de aflojarlo”. Por un momento, me pregunté si acaso no se daba cuenta de lo que estaba diciendo. Se refería a damas, por su nivel de quince años; y solamente a ellas. Pero nadie se atrevía a hablar.
En una que otra ocasión, entre fuertes llamadas de atención y sermones, repite: “ Las mujeres son necias, son tercas. Soy biólogo, es un asunto de cromosomas”. Me empiné una vez ante él para defender a una compañera, pero mi voz se ahogó en presencia de las miradas de expectativa de quienes esperaban que dijera lo que tenía que decirle. El solo hecho de haberme atrevido a enfrentarlo, habría sido una osadía. Acudí a la supervisora, pero me dijo que era yo quien debía hablarle.
En ningún momento hemos pretendido hacer que los profesores sean perfectos, y mucho menos negamos su derecho a equivocarse, pero no dejan de ser los responsables de moldear nuestras conciencias, son el principal ejemplo, deben ser la voz que nos ayude, más que la que nos juzgue, esa que nos aliente, en lugar de hundirnos.
La convivencia escolar depende de estos dos grupos que más que enemigos, deberían ser aliados, para una misma causa, progreso, lucha por la libertad, y esa esperanza de ver tiempos mejores, en donde las discriminaciones sean cosa del pasado.
Adultos, que son hoy profesionales, seguramente nos pueden hablar de uno que otro de sus profesores más queridos, quienes no solamente se dedicaron a impartir clases, sino a hacerlos recapacitar. Pero de alguna manera, las intenciones se distorsionan, como en el caso de educadores que al intentar formar el carácter de sus alumnos, los tratan como seres inferiores, subyugados por su autoridad, obligados a aceptar humillaciones y en casos más graves, discriminaciones.
Los estudiantes son la voz reprimida, a fuerza, por obligación. Quizás todos alguna vez se hayan sentido humillados por maestros intimidantes y, en consecuencia, haber callado como lo hace la mayoría. El profesor es el que manda y no se le puede llevar la contraria, sin salir perjudicado. Por ésta y muchas razones, todos hemos tolerado actitudes negativas impartidas por los orientadores, que muchas veces se aprovechan de su cargo para imponer sus opiniones, reglas y mandatos, convirtiendo de ese modo, el ambiente escolar en una constante guerra, en el que el profesor intenta derrotar al alumno mientras éste lucha por sobrevivir a los ataques.
Para ser más específica, narraré una experiencia personal, cuyo tema principal no es acerca de cómo un educador cualquiera nos trata como personas sin importancia, ni de las veces que intentó fracasarnos, ya que sabemos que esos casos abundan; me referiré a comentarios concretos que reflejan un machismo muy personal impartido por un profesor que, aprovechando su poder sobre sus estudiantes, y la imposibilidad de defenderse de sus alumnas, las ofende cada vez que puede, por ser mujeres.
El problema es más actual de lo que nos imaginamos; el machismo no ha desaparecido, está presente. Es un fantasma rondando por las aulas, que burla nuestro intento de salir de esas discriminaciones que sólo nos vuelven más violentos, que nos atan para dejarnos en un constante estado de defensiva.
El proceso es lento, empieza con un simple comentario, avanza con una frase un poco más directa, terminado finalmente en ataques más ofensivos. Este profesor, como otros, pretextaba explicarnos a principios del año, los parecidos que tenemos con los animales. Comentaba que somos como los “perros”, ya que entramos en un estado similar al “celo”. Hace una breve pausa, y concluye: ... “las mujeres también entran en un estado similar al de las perras cuando están en celo, incluso, si usted (un varón) les toca la oreja izquierda, ellas se excitan”. De inmediato me estremecí, miré impotente su rostro. Él observaba extasiado la reacción de sus estudiantes, jóvenes de ambos sexos, quienes reían sin darse cuenta del grado de denigración que contenían sus palabras, y así continuó con su teoría puramente machista, aumentando cada vez más su tono de voz, asegurándose de tener la total atención de su auditorio cautivo de sus alumnos.
Desde ese día supe que esto apenas empezaba, no podía creer cómo se nos faltaba el respeto, a nosotras que éramos sus alumnas. Durante época de bimestrales, el mismo profesor nos trataba de convencer de que copiarse no era, de ninguna manera, comprensible y mucho menos aceptable. Tras proferir amenazas y caminar entre las filas separadas por no sé cuántos mosaicos que debía haber entre una fila y otra, nos dice: “Y déjenme decirles que los hombres que se copian son capaces hasta de consumir drogas”. Acto seguido, captura la atención de los alumnos varones que se encontraban distraídos, estudiando minutos antes del examen: “Y las mujeres que se copian, - dijo haciendo una pausa -, son capaces hasta de aflojarlo”. Por un momento, me pregunté si acaso no se daba cuenta de lo que estaba diciendo. Se refería a damas, por su nivel de quince años; y solamente a ellas. Pero nadie se atrevía a hablar.
En una que otra ocasión, entre fuertes llamadas de atención y sermones, repite: “ Las mujeres son necias, son tercas. Soy biólogo, es un asunto de cromosomas”. Me empiné una vez ante él para defender a una compañera, pero mi voz se ahogó en presencia de las miradas de expectativa de quienes esperaban que dijera lo que tenía que decirle. El solo hecho de haberme atrevido a enfrentarlo, habría sido una osadía. Acudí a la supervisora, pero me dijo que era yo quien debía hablarle.
En ningún momento hemos pretendido hacer que los profesores sean perfectos, y mucho menos negamos su derecho a equivocarse, pero no dejan de ser los responsables de moldear nuestras conciencias, son el principal ejemplo, deben ser la voz que nos ayude, más que la que nos juzgue, esa que nos aliente, en lugar de hundirnos.
La convivencia escolar depende de estos dos grupos que más que enemigos, deberían ser aliados, para una misma causa, progreso, lucha por la libertad, y esa esperanza de ver tiempos mejores, en donde las discriminaciones sean cosa del pasado.