Ética, detrás de la etiqueta
Está en boca de todos y no podemos ahorrarnos el comentario: la candidata del oficialismo no se ha dirigido al Presidente electo para reconocer su triunfo y desearle buen juicio para que todos los panameños tengamos un buen gobierno. La ausencia del gesto que recomiendan normas básicas de urbanidad ha sido llenada con justificaciones jamás escuchadas antes en nuestro terruño.
El mal sabor que dicha conducta deja en la ciudadanía -incluyendo sus propios adláteres- confirma el buen criterio de las grandes mayorías en el torneo electoral. Se ha hecho evidente a la luz de las cámaras y los micrófonos que su persona no está hecha de la madera noble que distingue a los estadistas. Se trata de una líder comunitaria que tiene algo de diputada y es hábil y afortunada como ministra; pero el sayo de la Presidencia de la República le quedó demasiado grande. Es la aplicación del conocido Principio de Peter, elevar a personas exitosas hasta colocarlas en la esfera de su incompetencia.
Cualquiera habría sacado la conclusión de que la carrera política de la candidata esta liquidada, tras humillante derrota, pero su ciego capricho terminará de causarle un daño aún mayor a su propio partido, con lo que se desmejoran las vías de crecimiento de la democracia panameña. No se trata de una cuestión de etiqueta, se trata de la sustancia ética sin la cual la política no es más que pura politiquería, y hacia la cual la ciudadanía ya mostró su rotundo rechazo.