Etica, política y transparencia
En ocasiones anteriores he expresado mis puntos de vista sobre el tema de la corrupción y sobre las relaciones que ésta tiene con las fallas en la transparencia que es esencial a toda gobernabilidad democrática. El martes pasado leí en la prensa los comentarios que hizo en una de sus apariciones públicas durante su visita a nuestro país, el Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga, prelado hondureño que, además de la eminencia de su investidura, es mencionado como posible candidato a suceder a Su Santidad Juan Pablo II.
Al referirse al tema de la corrupción, el Cardenal Rodríguez Maradiaga dijo que "ésta tiene que ver mucho con el divorcio de la política de la ética: dos dimensiones tan importantes que si se separan, la política puede convertirse en una industria, en la que las personas entran para enriquecerse lo más rápido posible, a veces, con los bienes del Estado".
La preocupación por el Bien Común está reflejada no sólo en la frase antes transcrita sino también en otros comentarios que hizo el Cardenal en la aludida ocasión. Se trata de una preocupación que ha sido expresada no sólo a través de importantes Encíclicas Papales sino mucho antes. Por ejemplo, Tomás de Aquino, en el siglo XIII, hizo expresión escrita de orientaciones sobre las relaciones de la política con la ética. Aunque fueron formuladas en el contexto de una época histórica diferente a la actual, no dejan de tener una fuerza y una pertinencia notables para cualquiera que cuide su sano criterio y su buena fe.
En el pensamiento de Tomás de Aquino la preocupación por el Bien Común fue la fuente de muy elaborados argumentos que, lejos de ser arcaísmos, permiten ver que en todo lo que se relaciona con el "homo sapiens" hay una continuidad. Esto, desde luego, sin dejar de considerar que en los tiempos que corren el formato de las pantallas de las computadoras desplaza al formato escrito; que el moderno homo digitalis, que se moviliza en sintonía con la información cotidiana, ha tomado el lugar del homo sapiens. Debemos percatarnos, por tanto, que ya no vivimos en una sociedad tradicional, sino en una moderna sociedad digital, que se mueve al impulso de las motivaciones de la codicia del homo oeconomicus.
Si profundizamos en el pensamiento de Tomás de Aquino la actividad política, al igual que en el pensamiento de Aristóteles, figura como una actividad integradora del individuo y de la sociedad. En ese pensamiento la actividad política, en sus medios y en sus fines, debe servir al Bien Común. Los bienes del Estado tienen el rango de bienes colectivos, cuya utilización no debe servir al enriquecimiento individual sino al bien de todos.
El divorcio entre la política y la ética no es fáctico. Tiene raíces en muchas causas concurrentes. No voy a cometer la ligereza de achacar las conductas de muchos políticos contemporáneos con una determinada tendencia filosófica; por ejemplo, con el pensamiento de Maquiavelo. Los políticos contemporáneos -por lo menos los panameños- no ofrecen mucha base para decir que actúan inspirados en una especie de neo-maquiavelismo de autodidactas.
En el siglo XVIII Juan Jacobo Rousseau sorprendió al mundo intelectual europeo con su teoría sobre el "hombre salvaje", que según él, es naturalmente bueno. En nuestros días hay razones para inquietarse de que invocando esa visión del individuo enteramente inocente, se exagere la visión de una sociedad enteramente pervertida. Decir sociedad pervertida e individuos inocentes es peor que un binomio desventurado, es una visión esquizofrénica.
Resulta por lo demás evidente que esta reflexión vale para la clase política y no excluye a los gobiernos. Semejante visión conduciría a los gobiernos a sentirse "individualmente" inocentes y por añadidura libres de toda obligación de rendir cuentas de sus actos a los gobernados.
Desde su creación en 1945, las Naciones Unidas han estado particularmente inspiradas en el principio de la soberanía inalienable de la igualdad soberana de los Estados que la componen. Pero sobre todo, en las últimas décadas las Naciones Unidas ha puesto un énfasis creciente en que la Democracia, valor político que la Organización Mundial ha promovido desde su creación, no puede consolidarse ni preservarse sin el fortalecimiento y la preservación correlativos de los valores éticos.
No puede negarse que en la institucionalidad de la transparencia la Carta de las Naciones Unidas en su Artículo 102 proscribió de las relaciones internacionales la concertación de tratados secretos, los cuales no tienen cabida en el mundo contemporáneo.
Mi buen amigo Rodrigo Borja, ex Presidente de Ecuador en su "Enciclopedia de la Política" (Fondo de Cultura Económica, México, 2ª edición, 1998) deja claro que "La transparencia significa fundamentalmente que las cosas del poder deben ser limpias y públicas. Que nada debe permanecer oculto. Que debe abolirse el secreto en el ejercicio del poder y en la administración del Estado."
En este campo, hay que darle crédito a Mijail Gorbachov por su extraordinaria contribución a la práctica de la transparencia como instrumento para eliminar el secreto en el ejercicio del poder y en la administración del Estado. Gorbachov, a fines de la década del "80, puso de relieve el derecho de la población a ser informada del manejo de la cosa pública, lo cual denominó glasnost, que en ruso significa "transparencia" o también "publicidad". Usó el término con un propósito democratizador que es hoy parte de la historia contemporánea.
Los aleccionadores comentarios del Cardenal Rodríguez Maradiaga nos inducen a referirnos también al pensamiento igualmente aleccionador de Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001, quien se dedicó por más de 25 años a escribir sobre asuntos como las quiebras, el gobierno de las corporaciones y la apertura y acceso a la información, que en su concepto es lo que los economistas llaman "transparencia". Sus opiniones sobre el tema tienen singular trascendencia en Panamá después de la que Asamblea Legislativa adoptó la Ley No.6 de 22 de enero de 2002 que dictó normas para la transparencia en la gestión pública y estableció la acción de El Hábeas Data.
Stiglitz, profesor en la Universidad de Columbia, Presidente del Consejo de Asesores Económicos del Gobierno de Bill Clinton, quien además fue Economista Jefe y Vicepresidente Senior del Banco Mundial sostiene que un tema con alguna resonancia de su libro "El Malestar en la Globalización" (Taurus, 2002) "es la importancia del libre acceso a la información: muchos de los problemas que cito surgen porque hay demasiadas cosas que suceden a puerta cerrada. Siempre he creído -dice Stiglitz- que una prensa activa y libre es un freno fundamental contra los abusos, y es necesaria para la democracia.".
Es evidente que Stiglitz nos ayuda a comprender las fuerzas poderosas que impulsan el secreto. "El secreto -asegura Stiglitz- no sólo les hace más fácil la vida a los funcionarios del gobierno, sino que da rienda suelta a los intereses especiales. El secreto -agrega- también sirve para ocultar los errores, sean inocentes o no, sean resultado de un fallo en la reflexión o no. Como se dice a veces, la luz del sol es el mejor antiséptico".
Aún en los casos en que las políticas no obedecen a intereses especiales, el secreto, según el Premio Nobel, engendra sospechas sobre los intereses realmente favorecidos y tales sospechas, aunque sean infundadas, socavan la sostenibilidad de las políticas. A su juicio, "este secreto y las sospechas que despierta han ayudado a mantener el movimiento de protestas". Justifica así que una de las demandas de quienes protestan ha sido más apertura y más transparencia.
Stiglitz llega a la conclusión de que "el secreto también socava la democracia". Vemos así -afirma Stiglitz- que "las democracias modernas han llegado a reconocer el básico derecho a saber de los ciudadanos, concretado en leyes como la Ley sobre Libertad de Información".
En democracia debe haber una interactividad entre política y ética no para divorciarse sino para fortalecerse mutuamente. En este orden de ideas quiero señalar que la transparencia y la rendición de cuentas son requisitos para que esa interactividad entre valores y fines últimos se realice para el Bien Común.
Al referirse al tema de la corrupción, el Cardenal Rodríguez Maradiaga dijo que "ésta tiene que ver mucho con el divorcio de la política de la ética: dos dimensiones tan importantes que si se separan, la política puede convertirse en una industria, en la que las personas entran para enriquecerse lo más rápido posible, a veces, con los bienes del Estado".
La preocupación por el Bien Común está reflejada no sólo en la frase antes transcrita sino también en otros comentarios que hizo el Cardenal en la aludida ocasión. Se trata de una preocupación que ha sido expresada no sólo a través de importantes Encíclicas Papales sino mucho antes. Por ejemplo, Tomás de Aquino, en el siglo XIII, hizo expresión escrita de orientaciones sobre las relaciones de la política con la ética. Aunque fueron formuladas en el contexto de una época histórica diferente a la actual, no dejan de tener una fuerza y una pertinencia notables para cualquiera que cuide su sano criterio y su buena fe.
En el pensamiento de Tomás de Aquino la preocupación por el Bien Común fue la fuente de muy elaborados argumentos que, lejos de ser arcaísmos, permiten ver que en todo lo que se relaciona con el "homo sapiens" hay una continuidad. Esto, desde luego, sin dejar de considerar que en los tiempos que corren el formato de las pantallas de las computadoras desplaza al formato escrito; que el moderno homo digitalis, que se moviliza en sintonía con la información cotidiana, ha tomado el lugar del homo sapiens. Debemos percatarnos, por tanto, que ya no vivimos en una sociedad tradicional, sino en una moderna sociedad digital, que se mueve al impulso de las motivaciones de la codicia del homo oeconomicus.
Si profundizamos en el pensamiento de Tomás de Aquino la actividad política, al igual que en el pensamiento de Aristóteles, figura como una actividad integradora del individuo y de la sociedad. En ese pensamiento la actividad política, en sus medios y en sus fines, debe servir al Bien Común. Los bienes del Estado tienen el rango de bienes colectivos, cuya utilización no debe servir al enriquecimiento individual sino al bien de todos.
El divorcio entre la política y la ética no es fáctico. Tiene raíces en muchas causas concurrentes. No voy a cometer la ligereza de achacar las conductas de muchos políticos contemporáneos con una determinada tendencia filosófica; por ejemplo, con el pensamiento de Maquiavelo. Los políticos contemporáneos -por lo menos los panameños- no ofrecen mucha base para decir que actúan inspirados en una especie de neo-maquiavelismo de autodidactas.
En el siglo XVIII Juan Jacobo Rousseau sorprendió al mundo intelectual europeo con su teoría sobre el "hombre salvaje", que según él, es naturalmente bueno. En nuestros días hay razones para inquietarse de que invocando esa visión del individuo enteramente inocente, se exagere la visión de una sociedad enteramente pervertida. Decir sociedad pervertida e individuos inocentes es peor que un binomio desventurado, es una visión esquizofrénica.
Resulta por lo demás evidente que esta reflexión vale para la clase política y no excluye a los gobiernos. Semejante visión conduciría a los gobiernos a sentirse "individualmente" inocentes y por añadidura libres de toda obligación de rendir cuentas de sus actos a los gobernados.
Desde su creación en 1945, las Naciones Unidas han estado particularmente inspiradas en el principio de la soberanía inalienable de la igualdad soberana de los Estados que la componen. Pero sobre todo, en las últimas décadas las Naciones Unidas ha puesto un énfasis creciente en que la Democracia, valor político que la Organización Mundial ha promovido desde su creación, no puede consolidarse ni preservarse sin el fortalecimiento y la preservación correlativos de los valores éticos.
No puede negarse que en la institucionalidad de la transparencia la Carta de las Naciones Unidas en su Artículo 102 proscribió de las relaciones internacionales la concertación de tratados secretos, los cuales no tienen cabida en el mundo contemporáneo.
Mi buen amigo Rodrigo Borja, ex Presidente de Ecuador en su "Enciclopedia de la Política" (Fondo de Cultura Económica, México, 2ª edición, 1998) deja claro que "La transparencia significa fundamentalmente que las cosas del poder deben ser limpias y públicas. Que nada debe permanecer oculto. Que debe abolirse el secreto en el ejercicio del poder y en la administración del Estado."
En este campo, hay que darle crédito a Mijail Gorbachov por su extraordinaria contribución a la práctica de la transparencia como instrumento para eliminar el secreto en el ejercicio del poder y en la administración del Estado. Gorbachov, a fines de la década del "80, puso de relieve el derecho de la población a ser informada del manejo de la cosa pública, lo cual denominó glasnost, que en ruso significa "transparencia" o también "publicidad". Usó el término con un propósito democratizador que es hoy parte de la historia contemporánea.
Los aleccionadores comentarios del Cardenal Rodríguez Maradiaga nos inducen a referirnos también al pensamiento igualmente aleccionador de Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001, quien se dedicó por más de 25 años a escribir sobre asuntos como las quiebras, el gobierno de las corporaciones y la apertura y acceso a la información, que en su concepto es lo que los economistas llaman "transparencia". Sus opiniones sobre el tema tienen singular trascendencia en Panamá después de la que Asamblea Legislativa adoptó la Ley No.6 de 22 de enero de 2002 que dictó normas para la transparencia en la gestión pública y estableció la acción de El Hábeas Data.
Stiglitz, profesor en la Universidad de Columbia, Presidente del Consejo de Asesores Económicos del Gobierno de Bill Clinton, quien además fue Economista Jefe y Vicepresidente Senior del Banco Mundial sostiene que un tema con alguna resonancia de su libro "El Malestar en la Globalización" (Taurus, 2002) "es la importancia del libre acceso a la información: muchos de los problemas que cito surgen porque hay demasiadas cosas que suceden a puerta cerrada. Siempre he creído -dice Stiglitz- que una prensa activa y libre es un freno fundamental contra los abusos, y es necesaria para la democracia.".
Es evidente que Stiglitz nos ayuda a comprender las fuerzas poderosas que impulsan el secreto. "El secreto -asegura Stiglitz- no sólo les hace más fácil la vida a los funcionarios del gobierno, sino que da rienda suelta a los intereses especiales. El secreto -agrega- también sirve para ocultar los errores, sean inocentes o no, sean resultado de un fallo en la reflexión o no. Como se dice a veces, la luz del sol es el mejor antiséptico".
Aún en los casos en que las políticas no obedecen a intereses especiales, el secreto, según el Premio Nobel, engendra sospechas sobre los intereses realmente favorecidos y tales sospechas, aunque sean infundadas, socavan la sostenibilidad de las políticas. A su juicio, "este secreto y las sospechas que despierta han ayudado a mantener el movimiento de protestas". Justifica así que una de las demandas de quienes protestan ha sido más apertura y más transparencia.
Stiglitz llega a la conclusión de que "el secreto también socava la democracia". Vemos así -afirma Stiglitz- que "las democracias modernas han llegado a reconocer el básico derecho a saber de los ciudadanos, concretado en leyes como la Ley sobre Libertad de Información".
En democracia debe haber una interactividad entre política y ética no para divorciarse sino para fortalecerse mutuamente. En este orden de ideas quiero señalar que la transparencia y la rendición de cuentas son requisitos para que esa interactividad entre valores y fines últimos se realice para el Bien Común.