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Eunice Kennedy Shriver, una vida sin barreras (II)


Mientras hablaba abrió una pequeña caja y sacó un brazalete de plata del que colgaban medallitas. Cada una tenía un significado especial, había una en recuerdo de Jackie, otra con los logos del Cuerpo de Paz y con el de “Special Olympics”. Pasó el brazalete alrededor de mi muñeca y me dijo, “esto se vende en cien dólares, pero yo te lo regalo”. Luego de conversar conmigo a solas, me invitó a pasar a la sala de conferencias donde para mi sorpresa, me recibió un grupo de atletas entusiasmados por mi visita, los cuales trabajaban como parte de su “staff”.

Esta sorprendente mujer, ya entrada en sus ochenta, realizó una exposición sobre su trabajo con la misma pasión que lo hubiera hecho hace sesenta años en “Camp Shriver”. Y cuando me correspondió tomar la palabra y hacer mi presentación, ella escuchó sin perder detalle, tomando notas. Apuntaba lo que discutíamos, marcaba palabras, ponía signos de interrogación, recordándome a un recién graduado en su primera reunión ejecutiva. Salí comentándole a su hijo Tim que jamás había visto a una mujer con tanta pasión por lo que hace y mucho menos que tome notas en las reuniones ¡a los ochenta años!

Fueron varios los encuentros con Eunice. Cada vez más cercanos y cada vez más apreciados por mí. Mientras más la conocía, más crecía mi admiración por ella. Una sola mujer pudo hacer lo que a veces cientos de personas no hacen. Convocar, luchar, no claudicar, perseverar en lo que se cree.

Eunice empezó en el patio de su casa un movimiento mundial que abarca a más de 100,000 atletas con sus familias y supo transmitirle a sus hijos y a todos los que la rodeaban, ese compromiso de servir y de cambiar lo que es incorrecto.

Ella nunca usó su poder familiar como trampolín personal para lograr un objetivo. Sólo traspasó las puertas que el apellido Kennedy abre sin esfuerzo hacia la búsqueda de consensos y de rutas adecuadas para la inclusión y el respeto a los derechos humanos de las personas con discapacidad.

El día de la ratificacion de la Convención en Naciones Unidas, me tomó fuerte por el brazo y me llevó a un rincón diciéndome al oído, “Vivian, tengo dinero de la Fundación Kennedy y quiero que empieces Best Budddies en Panamá ¡Ya!”. Le dije, “Sra. Shriver, con gusto le ayudo, pero ya yo estoy de salida del Gobierno el próximo año y no se qué seguimiento pueda darle posteriormente”. Ella me respondió, “entonces, ¿tú ya no vas a ayudar a nadie después del gobierno? Tú debes despertarte cada día sabiendo que debes ayudar por lo menos a una persona, y acostarte preguntándote a cuánta gente ayudé hoy”.

Eunice murió sin saber cuánto impacto tuvieron esas palabras en mí, no sólo cuando fungía como Primera Dama, sino cada día de mi vida. Su legado, su ejemplo, será siempre mi norte.

Eunice Kennedy. Una mujer que tuvo una visión que llevó a la cima, dejándonos a todos un camino a seguir.

101 años de Panamá América

 
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