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Europa: moneda común para el mercado común


Directora de la organización Empower America
WASHINGTON (AIPE).- Europa se apresta a lanzar una nueva moneda común, el cual será uno de los experimentos más audaces del siglo. ¿Podrán las naciones europeas utilizar una sola política monetaria, imposibilitando su abuso político para lograr objetivos económicos nacionalistas?
Las 11 naciones integrantes de "Eurolandia" acordaron adoptar al euro a partir del primer día de 1999. Al hacerlo estarán cediendo su soberanía en materia monetaria, a menudo utilizada para estimular las economías internas a través de la emisión de dinero. Esa es una maniobra destinada al fracaso en el largo plazo, pero siempre fue un mecanismo popular entre los políticos. De ahora en adelante, cuando las economías comiencen a desacelerarse y cuando los votantes reclamen a sus líderes, ellos podrán mostrar indignación y señalar con el dedo al Banco Central Europeo.
Wim Duisenberg, la cabeza del nuevo BCE, ya tiene lista su respuesta a los inevitables intentos de satanizar a los responsables de la política monetaria. Simplemente declara que la labor del BCE es mantener una divisa sólida y honesta. No la de resolver el desempleo en Europa ni hacer creer a la gente que el clima económico mejora a través del espejismo de la inflación. No, el propósito del BCE es asegurar que el valor del euro se mantenga, sin perder poder adquisitivo. Los europeos deberían celebrarlo.
El camino recorrido ha sido largo y difícil. Hace medio siglo, Jean Monnet imaginó un mercado único y una divisa única para Europa. El Tratado de Roma, firmado en 1957, estableció la Comunidad Económica Europea, la cual se convirtió en Comunidad Europea y luego en la Unión Europea. El proceso seguirá evolucionando, a medida que otras naciones europeas evalúan los costos y beneficios de unirse, pero enormes retos persisten, como en cualquier otro experimento de tal magnitud.
Una divisa común implica que todos los precios estarán cotizados en la misma moneda y los consumidores podrán fácilmente comparar los precios en otros países, presionando a sus proveedores para obtener los mejores productos a los mejores precios, sin que los empresarios se puedan esconder tras fluctuaciones cambiarías y los costos de transacción.
Además, aquellos que buscan financiamiento gozarán de tasas más bajas pues ya no tendrán que pagar una prima por el riesgo cambiario y un menor costo de capital significará mayor actividad empresarial y mayores niveles de producción. Finalmente, todo el mundo se beneficia: corporaciones y consumidores por igual, al no tener que adquirir distintas monedas para hacer negocios y viajar en otros países. Reducir el capital de trabajo no sólo incrementa la eficiencia sino que también disminuye la energía dedicada a cambiar divisas y a evaluar el impacto de tales decisiones financieras.
Mientras tanto, el resto del mundo observará con interés los primeros resultados, para tal vez copiar el ejemplo de Europa. Ciertamente la mayoría de los argumentos económicos a favor de una moneda única podrían aplicarse fácilmente a otras regiones del planeta donde las naciones hacen importantes intercambios comerciales. Asia podría así eliminar los impredecibles flujos de divisas que han colapsado las economías de Indonesia y Malasia. Y pensemos lo que una estabilidad monetaria significaría para Estados Unidos, Canadá y México o el hecho que una moneda común lograría establecer de una vez la zona de libre comercio en el hemisferio occidental, desde Alaska a Chile.
Pero el futuro económico de Asia parece depender de tenues promesas: el gobierno comunista chino asegura públicamente que mantendrá un yuan estable para el comercio exterior, al tiempo que se compromete a un fuerte gasto para contrarrestar la recesión. Esto dispara a China hacia una colisión monetaria con ella misma, con el riesgo de ser explotada por especuladores cambiarios. Mientras tanto, China toma medidas enérgicas contra las transacciones en divisas extranjeras, dificulta a las empresas occidentales su participación en el mercado chino y reprime duramente a sus disidentes.
El otro volcán a punto de explotar es Brasil, donde no está claro si el más reciente paquete de rescate diseñado por el FMI resultará suficiente para tranquilizar a los inversionistas extranjeros e intimidar a los especuladores en divisas. Si Brasil sucumbe, sus vecinos estarían en riesgo. Los bancos de Estados Unidos están muy involucrados y un colapso dañaría las finanzas de toda la región.
México ya está pagando un alto precio por lo poco confiable que es su moneda y ha sido agrupado en la oscura categoría de "mercado emergente" junto con naciones arruinadas como Rusia. Pobre México, ahora tiene lo peor de ambos mundos: impuestos más altos, menos gasto social, bajos precios del petróleo (que representa 38% de los ingresos del gobierno) y sin política monetaria fuera de un cambio flotante.
La triste realidad es un desorden monetario mundial, donde hasta los "chicos buenos" salen perjudicados. Inclusive aquellos países que están actuando con disciplina fiscal para atraer inversiones del exterior están siendo perjudicados en los mercados cambiarios.
Felicitemos a Europa por mostrar cómo se instrumenta una moneda común.
Después de todo, si verdaderamente vivimos en un mundo globalizado y creemos en las ventajas de un mercado abierto es lógico comenzar a pensar en una moneda común para el mundo entero.

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