Explotando una crisis
En un impredecible desarrollo de la ola de escándalos de sacerdotes desviados y sus negligentes superiores, católicos progresistas y conservadores están de acuerdo en al menos una conclusión: el interminable desfile, a toque de tambor, de los agraviados y sus pretendidos reclamos y denuncias, de hace tres décadas, han llegado a ser la crisis más severa que ha sufrido la Iglesia católica norteamericana.
Los católicos que ven esta incómoda situación como un género de purificación de la Iglesia puede que estén en lo correcto, particularmente si aquellos que son culpables de escándalos o negligencias se dan por aludidos y muestran una rectificación en su comportamiento y dan adecuada y congrua reparación.
Pero esta crisis también ha llegado a ser una ocasión ofrecida en bandeja para darle salida a venganzas individuales y colectivas contra la Iglesia, a menudo por razones que tienen que ver con las viejas tendencias anti católicas más que con las nuevas revelaciones de sicalípticas conductas.
Primero, la Iglesia no es un pabellón de apestados pedofílicos. Los datos sobre sacerdotes con esa enfermedad no son mayores que los de la población común en general. La mayoría de los incidentes pedofilicos ocurren en los hogares, con perpetradores no necesariamente célibes, y muy pocos reportajes han citado los promedios de incidentes pedofilicos en otras profesiones como en el mundo de la educación, medicina, o cuidado de niños. Y no para minimizar el horror de cualquier caso en que esté involucrado un sacerdote, la mayoría de sacerdotes injustamente han sido estereotipada como criminales sexuales en reportajes indiscriminados e histéricos que han tratado el tema.
Segundo, no se trata del celibato. Como disciplina cristiana, el celibato seguirá siendo debatido. Pero un grupo de católicos y no católicos tratan de convertir la campaña contra estos escándalos como un referéndum sobre el celibato. Y no lo es. Si el celibato fuera la causa o lo que está envuelto en el tema, los clérigos protestantes casados también se verían libres de este problema como sucedería con los matrimonios. El celibato es una exigencia dura y es una disciplina exigente, lo mismo se puede decir del matrimonio.
Tercero, profesionales del periodismo han supeditado a la prisa, al apuro por denunciar, por acusar el juicio sereno y profesional. Una acusación se convierte en el titular de toda una página de periódico, incluso si lo que están ventilando ocurrió hace treinta años y por tanto inverificable, incluso si los acusadores están decididos a ganar mucha atención popular y cuantiosas ventajas financieras. La prisa en los juicios deja poco margen a los acusados falsamente.
Cuarto, gran cantidad de dinero hay de por medio. Los abogados que buscan evitarle a la Iglesia las grandiosas pérdidas económicas se ven vituperados, pero los abogados decididos a hacer gran cantidad de dinero a través de las demandas son considerados audaces héroes. Esto ha ocurrido así en los medios sin averiguar y comprobar, dejando la impresión de que las finanzas de la Iglesia son un pozo sin fondo.
La verdad es que el impacto de los pagos multimillonarios en el ministerio y recursos a la postre tendrán un impacto negativo de larga duración en la sociedad.
Quinto, la Iglesia tiene muchos enemigos que quieren beneficiarse de este asalto de los medios. Enemigos de las posiciones de la Iglesia en el aborto, eutanasia, contracepción, educación y ayuda al Tercer Mundo abiertamente se complacen en hallar a su más encarnizado enemigo a la defensiva. El más crítico más frontal de los libertinajes de la actual sociedad desenfrenada ha sido sorprendido con los pies de barro, y este tema será obligatorio en todo debate en que participen los personeros de la Iglesia católica en algún intercambio sobre políticas a seguir.
Sexto, lo mismo vale para los enemigos internos de la iglesia y de su liderazgo. Algunos escritores católicos han intentado aprovechar la crisis actual para resucitar la tesis contra Pío XII en el Holocausto y proseguir sus atrabiliarios ataques contra este Pontificado. De idéntica forma estos críticos hacen lo mismo con esta situación.
Finalmente, la demanda de RICO (Racketter Influenced and Corrupt Organizations Act) en la que se está usando una ley peligrosa para tratar a la Iglesia católica como un criminal gigante, una empresa total, es solamente la confirmación de un inveterado criterio o manera estereotipada de pensar anticatólica. En tiempos normales, esperaríamos que los tribunales rechazaran tales imposturas, pero como estos tiempos lo que menos tienen es de normal, lo único que podemos hacer es contener la respiración y esperar.
*Traducido al español por el sacerdote jesuita, Rosendo Torres.
Los católicos que ven esta incómoda situación como un género de purificación de la Iglesia puede que estén en lo correcto, particularmente si aquellos que son culpables de escándalos o negligencias se dan por aludidos y muestran una rectificación en su comportamiento y dan adecuada y congrua reparación.
Pero esta crisis también ha llegado a ser una ocasión ofrecida en bandeja para darle salida a venganzas individuales y colectivas contra la Iglesia, a menudo por razones que tienen que ver con las viejas tendencias anti católicas más que con las nuevas revelaciones de sicalípticas conductas.
Primero, la Iglesia no es un pabellón de apestados pedofílicos. Los datos sobre sacerdotes con esa enfermedad no son mayores que los de la población común en general. La mayoría de los incidentes pedofilicos ocurren en los hogares, con perpetradores no necesariamente célibes, y muy pocos reportajes han citado los promedios de incidentes pedofilicos en otras profesiones como en el mundo de la educación, medicina, o cuidado de niños. Y no para minimizar el horror de cualquier caso en que esté involucrado un sacerdote, la mayoría de sacerdotes injustamente han sido estereotipada como criminales sexuales en reportajes indiscriminados e histéricos que han tratado el tema.
Segundo, no se trata del celibato. Como disciplina cristiana, el celibato seguirá siendo debatido. Pero un grupo de católicos y no católicos tratan de convertir la campaña contra estos escándalos como un referéndum sobre el celibato. Y no lo es. Si el celibato fuera la causa o lo que está envuelto en el tema, los clérigos protestantes casados también se verían libres de este problema como sucedería con los matrimonios. El celibato es una exigencia dura y es una disciplina exigente, lo mismo se puede decir del matrimonio.
Tercero, profesionales del periodismo han supeditado a la prisa, al apuro por denunciar, por acusar el juicio sereno y profesional. Una acusación se convierte en el titular de toda una página de periódico, incluso si lo que están ventilando ocurrió hace treinta años y por tanto inverificable, incluso si los acusadores están decididos a ganar mucha atención popular y cuantiosas ventajas financieras. La prisa en los juicios deja poco margen a los acusados falsamente.
Cuarto, gran cantidad de dinero hay de por medio. Los abogados que buscan evitarle a la Iglesia las grandiosas pérdidas económicas se ven vituperados, pero los abogados decididos a hacer gran cantidad de dinero a través de las demandas son considerados audaces héroes. Esto ha ocurrido así en los medios sin averiguar y comprobar, dejando la impresión de que las finanzas de la Iglesia son un pozo sin fondo.
La verdad es que el impacto de los pagos multimillonarios en el ministerio y recursos a la postre tendrán un impacto negativo de larga duración en la sociedad.
Quinto, la Iglesia tiene muchos enemigos que quieren beneficiarse de este asalto de los medios. Enemigos de las posiciones de la Iglesia en el aborto, eutanasia, contracepción, educación y ayuda al Tercer Mundo abiertamente se complacen en hallar a su más encarnizado enemigo a la defensiva. El más crítico más frontal de los libertinajes de la actual sociedad desenfrenada ha sido sorprendido con los pies de barro, y este tema será obligatorio en todo debate en que participen los personeros de la Iglesia católica en algún intercambio sobre políticas a seguir.
Sexto, lo mismo vale para los enemigos internos de la iglesia y de su liderazgo. Algunos escritores católicos han intentado aprovechar la crisis actual para resucitar la tesis contra Pío XII en el Holocausto y proseguir sus atrabiliarios ataques contra este Pontificado. De idéntica forma estos críticos hacen lo mismo con esta situación.
Finalmente, la demanda de RICO (Racketter Influenced and Corrupt Organizations Act) en la que se está usando una ley peligrosa para tratar a la Iglesia católica como un criminal gigante, una empresa total, es solamente la confirmación de un inveterado criterio o manera estereotipada de pensar anticatólica. En tiempos normales, esperaríamos que los tribunales rechazaran tales imposturas, pero como estos tiempos lo que menos tienen es de normal, lo único que podemos hacer es contener la respiración y esperar.
*Traducido al español por el sacerdote jesuita, Rosendo Torres.