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Expulsan a Frankestein del supermercado


Las asociaciones de consumidores en Europa y Estados Unidos intentan imponer una moratoria a los cultivos y productos manipulados genéticamente, conocidos como transgénicos, porque consideran que los mismos son el fruto de una acción monstruosa que amenaza a la bioseguridad en el planeta.
El planteamiento de esas organizaciones rivaliza con las alianzas formadas por laboratorios y empresas de agroquímicos, para la producción de transgénicos, en el marco de una carrera biotecnológica que pretende ofrecer respuestas a las demandas de la industria alimentaria en un mercado global y competitivo.
Sin embargo, los consumidores sostienen que no existe ninguna diferencia conceptual entre la mente siniestra del Dr. Frankestein, que creó un monstruo incontrolable, y la falta de ética en la precipitada validación de una tecnología que tendrá efectos hacia el ambiente, las plantas, los animales y los seres humanos.
Uno de los argumentos de rechazo a esos procedimientos, es que algunos alimentos manipulados genéticamente exacerban cuadros alérgicos en personas predispuestas, y podrían crear resistencia en bacterias, hongos y virus nocivos, que hasta ahora han podido ser controlados con diversas terapias.
Panamá no escapa a ese debate, pues es uno de los destinos de las exportaciones maíz transgénico producido a escala comercial en Estados Unidos, sin que los compradores sean prevenidos sobre la manipulación genética, lo que viola el derecho del público a tener acceso a la información clara y veraz.
Las etiquetas con datos sobre el valor nutritivo del contenido en los envases se encuentran en idioma inglés y sus advertencias, no ayudan a decidir en forma adecuada si conviene desechar o adquirir esos alimentos en los supermercados.
A diferencia de la actitud pasiva del gobierno panameño, con respecto a ese tema, El Salvador prohibió la importación del maíz transgénico. Asimismo, Brasil canceló un proyecto de la transnacional Monsanto, que pretendía realizar ensayos de manipulación genética en campos agrícolas en ese país.
El cuestionamiento en contra de productos transgénicos proviene, incluso, de los agricultores estadounidenses, quienes en los últimos tres años ahorraron dinero en el uso de plaguicidas, pero pagaron más plata por semillas transgénicas certificadas y registradas, que son tolerantes a las plagas y sustancias químicas.
En Estados Unidos, Canadá y Argentina, donde las plantaciones de cultivos manipulados genéticamente, especialmente de algodón, alcanzaron 39,4 millones de hectáreas en 1999, los granjeros reconocen que las "semillas maravillosas" generan beneficios, pero también altos costos y muchas dudas razonables.
Alrededor del 25 por cieno de la industria de semillas está en manos de las empresas de agroquímicos, aunque algunas como Novartis declararon que no producirán los discutidos transgénicos. Bayer, otro gigante del mercado, anunció que resistirá la corriente de productos manipulados genéticamente.
En la actual controversia, los consumidores panameños deberían exigir respeto al derecho a la salud y asegurarse de que las patatas fritas, el café o el chocolate casero no lleguen a la mesa con el sello del perverso Dr. Frankestein.

101 años de Panamá América

 
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