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Falacia de la competitividad


La competitividad, entendida como mejorar la posición del país o de empresas nacionales en algún listado mundial, se suele convertir en coartada para reforzar el intervencionismo del gobierno y el fracasado modelo mercantilista. Lo que debe importarnos es la productividad, que se mide fácil: Mayor bienestar para los consumidores. Competitividad no es  productividad.

La diferencia entre uno y otro concepto se hace abismal cuando en algunos países la competitividad se entiende, en el discurso público, como sinónimo de ganar más participación en el mercado global (exportaciones) o mayores crecimientos en márgenes de utilidad de las empresas con la ayuda de regulaciones de gobierno o de dinero público. Muchos negociantes imploran que el gobierno les dote de mayor "competitividad", otorgándoles créditos en condiciones especiales, cerrando fronteras con barreras al comercio (arancelarias o no), subsidiando precios y tarifas, condonando impuestos, poniendo barreras de ingreso a la inversión extranjera, encareciendo la entrada a tal rama de actividad mediante regulaciones y controles.

Pongo un ejemplo común: Los precios y las tarifas de energéticos en un entorno en el cual la producción, el suministro y la comercialización de la energía son monopolio del gobierno. Muchos negociantes razonan que el hecho de que el gobierno subsidie esos precios incrementaría la competitividad de su país. El razonamiento es simple: "Si mi empresa paga menos por la energía, estoy en mejores condiciones para competir globalmente". ¡Viva la competitividad! El gran engaño es que esa mejora en la "competitividad" -temporal y hasta ilusoria- se ha pagado en detrimento de la productividad del país y de los consumidores y contribuyentes porque gravita sobre las finanzas públicas.

La competitividad alcanzada mediante políticas y regulaciones que nos hacen retroceder en la productividad sólo refuerza el mercantilismo que ha lastrado el desarrollo de América Latina. Una mejora productiva, por ejemplo, sería abrir el sector energético a la competencia global. Terminar con el monopolio. Punto. Lo demás es volver las complacencias mutuas entre gobiernos y cazadores de rentas.

101 años de Panamá América

 
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