A falta de buen gobierno
Una buena manera para empezar a dirigir un país, es hacerlo por el tráfico vehicular. Esta materia da escuela, sentido del espacio, noción del orden, y ejercita el don de autoridad. No es cuerdo pretender enrumbar toda una nación, cuando no se ha logrado siquiera diseñar un plan lógico para el tránsito urbano.
Panamá tiene aspiraciones, sino es que complejos, de nación del primer mundo. Los libros de contabilidad dicen que somos un país rico que, para colmo, ostenta un futuro promisorio único en la región.
Tal vez estemos a tiempo, antes de que sigamos creciendo, de aprender a manejar el carro, ahora que sigue algo pequeño. Cuando se convierta en una nave poderosa, de proporciones colosales, será más difícil. Una manera de empezar esta capacitación podría ser la de ejercitar planes de ordenamiento vehicular.
No puede ser que cuando se le pregunte a un alto oficial de la Policía de Tránsito cómo solventar los embotellamientos que tienen lugar en la Interamericana en días festivos, él responda que la solución es que los conductores usen los hombros para rebasar. ¡En materia de administración de tráfico esto puede considerarse una herejía!
Lo anterior, sumado a la falta de coordinación de los semáforos, a la carencia de policías de tránsito en horas cruciales, a la presencia de autos chatarra a toda hora y en todas las vías, al confuso transporte colectivo y selectivo, a los tranques insufribles, y a la falta de calles, y al cierre de las pocas que hay, convierte al país, con sus ciudades grandes y pequeñas, en un territorio ingobernado.
La anarquía y la ingobernabilidad podrían amenazar con salirse del cauce del ámbito vehicular, y pasar al resto de la vida nacional, donde el orden y el equilibrio estaría en manos de cada cual. Entonces, sí, que Dios nos agarre confesados.
Panamá tiene aspiraciones, sino es que complejos, de nación del primer mundo. Los libros de contabilidad dicen que somos un país rico que, para colmo, ostenta un futuro promisorio único en la región.
Tal vez estemos a tiempo, antes de que sigamos creciendo, de aprender a manejar el carro, ahora que sigue algo pequeño. Cuando se convierta en una nave poderosa, de proporciones colosales, será más difícil. Una manera de empezar esta capacitación podría ser la de ejercitar planes de ordenamiento vehicular.
No puede ser que cuando se le pregunte a un alto oficial de la Policía de Tránsito cómo solventar los embotellamientos que tienen lugar en la Interamericana en días festivos, él responda que la solución es que los conductores usen los hombros para rebasar. ¡En materia de administración de tráfico esto puede considerarse una herejía!
Lo anterior, sumado a la falta de coordinación de los semáforos, a la carencia de policías de tránsito en horas cruciales, a la presencia de autos chatarra a toda hora y en todas las vías, al confuso transporte colectivo y selectivo, a los tranques insufribles, y a la falta de calles, y al cierre de las pocas que hay, convierte al país, con sus ciudades grandes y pequeñas, en un territorio ingobernado.
La anarquía y la ingobernabilidad podrían amenazar con salirse del cauce del ámbito vehicular, y pasar al resto de la vida nacional, donde el orden y el equilibrio estaría en manos de cada cual. Entonces, sí, que Dios nos agarre confesados.