¡Falta un ministro de Educación!
Según la última encuesta de opinión pública publicada por El Universal, el 2 de agosto de 2000, el pueblo panameño considera, en términos generales, que el gobierno de "Unión por Panamá" que preside la señora Mireya Moscoso, es relativamente "malo". En la evaluación del trabajo de los ministros del Gabinete, la ministra de Educación ha sido calificada "menos que regular", es decir, deficiente (5.5 de una escala de 1 al 10). Es la evaluación del pueblo (vox populi vox dei). Y es que el cargo de ministro de Educación ha sido, en los últimos tiempos, ocupado por políticos o figuras al servicio de determinados partidos políticos, dedicados a polemizar con los gremios docentes y a la politiquería administrativa, con resultados funestos para la Educación Nacional, para los estudiantes y para el país en general.
El Ministerio de Educación tiene, en la vida de una nación (como la nuestra), una importancia fundamental, que se ha perdido de vista precisamente por esos enfrentamientos y prácticas politiqueras estériles de los últimos años. Así como una economía en ascenso, una paz social y una fuerza de trabajo en armonía con la empresa privada y estatal, son elementos de decisiva importancia, una política educativa bien orientada puede movilizar a todo un Estado hacia un desarrollo integral y positivo.
En efecto, lo primero que hay que preguntarse es: ¿Quiénes somos y hacia dónde queremos ir? Una vez señalado el camino, entonces se movilizarán las fuerzas (la económica, la social, la laboral) para lograr ese objetivo común. Quien debe responder: a esta pregunta fundamental es, precisamente, el personal que moldea a "los hombres y mujeres del mañana" y que palpa a diario los sueños, problemas y frustraciones de quienes, luego de prolongados años de estudio, se encuentran indefensos, desorientados ante un futuro incierto y sin horizontes. ¿Deben, entones, estos niños y niñas que salen de primaria, estos adolescentes que se gradúan de secundaria seguir la rutina de un colegio o de una universidad a los que se ingresa al azar, sin la debida orientación profesional que le asegure un futuro de provecho personal y para su país?. He ahí una de las fallas de nuestro sistema educativo vigente: El estudiante ingresa a un colegio o a una universidad, porque oyó que los médicos, abogados o ingenieros ganan con facilidad "fama y fortuna". O porque un amigo va para esa institución. O por alguna razón que, por supuesto, no tiene nada que ver con lo que le conviene al país o al estudiante mismo. Esto tiene relación con la masificación o la selectividad en la Educación y la posibilidad de crear centros intermedios en los cuales se adquieran los conocimientos y destrezas suficientes para llegar a ser un técnico en aquellas disciplinas necesarias para formar la infraestructura de una nación.
Otro problema que afecta el ritmo de la educación es la falta de artículos de un nivel a otro; de un sistema de primaria, se pasa a otro diferente e independiente en secundaria y después a otro aún más inconexo en los estudios superiores (universitarios). A veces, aun dentro de la misma escuela o colegio, al pasar de un grado o año a otro, son diferentes los métodos, la manera de cumplir objetivos y la forma de evaluar a los alumnos. Hay profesiones saturadas, que cada año, con cada graduación, contribuyen a agravar el desempleo en el país. Hay profesiones que los estudiantes menosprecian por considerarlas "poca cosa", que pueden proveerles de un futuro promisorio y provechoso para el país. Estos son valores que se pierden, por falta de orientación. Con esos elementos entusiastas, pero mal dirigidos, se podría forjar, rompiendo los moldes que nos inclinan hacia la adopción de influencias negativas foráneas, la verdadera identidad de un hombre o mujer panameños comprometidos con su pueblo, que se prepara para servir a su patria en la trinchera educativa en la que más se destaquen sus capacidades naturales.
Hace falta, pues, un Ministro de Educación. Pero un ministro capaz que pueda elaborar un Plan Nacional de Educación, dispuesto a trabajar en armonía con los educadores, padres de familia, estudiantes, técnicos, pedagogos, pueblo y gobierno en general, para formular una política educativa (que no politiquería administrativa) cónsona con los tiempos que vivimos, con esta era tecnológica y con los problemas sociales que nos agobian, con esta incertidumbre de un mundo que nos explota en la cara, pero que según la educación libresca que se enseña en nuestras escuelas, colegios y universidades, todavía vive en la edad idílica en que la sociedad estaba libre de hambre, de las drogas y del SIDA, la naturaleza incontaminada y con un cielo azul que sólo servía de inspiración en el canto inocuo de los poetas.
Sí, señores. Hace falta un ministro que administre en forma adecuada la educación panameña, utilizando los cerebros más capaces, dejando de lado la parsimonia académica, para responder a la pregunta: ¿Quiénes somos y hacia dónde queremos ir?, para que establecidas con toda claridad las metas nacionales, pongamos los pies sobre la tierra, marquemos una ruta en el horizonte y empecemos a andar. Que la politiquería, la práctica nefasta de destitución masiva injustificada aplicada contra viejos servidores administrativos y trabajadores manuales (con 20, 25 y más años de servicios en el ramo), la inepcia en la administración de la educación panameña, quedan atrás como un baldón, como un estigma propios de las arbitrariedades, el abuso de poder, el nepotismo, la indolencia, etc., cuya explicación y análisis corresponde a la historia.
El Ministerio de Educación tiene, en la vida de una nación (como la nuestra), una importancia fundamental, que se ha perdido de vista precisamente por esos enfrentamientos y prácticas politiqueras estériles de los últimos años. Así como una economía en ascenso, una paz social y una fuerza de trabajo en armonía con la empresa privada y estatal, son elementos de decisiva importancia, una política educativa bien orientada puede movilizar a todo un Estado hacia un desarrollo integral y positivo.
En efecto, lo primero que hay que preguntarse es: ¿Quiénes somos y hacia dónde queremos ir? Una vez señalado el camino, entonces se movilizarán las fuerzas (la económica, la social, la laboral) para lograr ese objetivo común. Quien debe responder: a esta pregunta fundamental es, precisamente, el personal que moldea a "los hombres y mujeres del mañana" y que palpa a diario los sueños, problemas y frustraciones de quienes, luego de prolongados años de estudio, se encuentran indefensos, desorientados ante un futuro incierto y sin horizontes. ¿Deben, entones, estos niños y niñas que salen de primaria, estos adolescentes que se gradúan de secundaria seguir la rutina de un colegio o de una universidad a los que se ingresa al azar, sin la debida orientación profesional que le asegure un futuro de provecho personal y para su país?. He ahí una de las fallas de nuestro sistema educativo vigente: El estudiante ingresa a un colegio o a una universidad, porque oyó que los médicos, abogados o ingenieros ganan con facilidad "fama y fortuna". O porque un amigo va para esa institución. O por alguna razón que, por supuesto, no tiene nada que ver con lo que le conviene al país o al estudiante mismo. Esto tiene relación con la masificación o la selectividad en la Educación y la posibilidad de crear centros intermedios en los cuales se adquieran los conocimientos y destrezas suficientes para llegar a ser un técnico en aquellas disciplinas necesarias para formar la infraestructura de una nación.
Otro problema que afecta el ritmo de la educación es la falta de artículos de un nivel a otro; de un sistema de primaria, se pasa a otro diferente e independiente en secundaria y después a otro aún más inconexo en los estudios superiores (universitarios). A veces, aun dentro de la misma escuela o colegio, al pasar de un grado o año a otro, son diferentes los métodos, la manera de cumplir objetivos y la forma de evaluar a los alumnos. Hay profesiones saturadas, que cada año, con cada graduación, contribuyen a agravar el desempleo en el país. Hay profesiones que los estudiantes menosprecian por considerarlas "poca cosa", que pueden proveerles de un futuro promisorio y provechoso para el país. Estos son valores que se pierden, por falta de orientación. Con esos elementos entusiastas, pero mal dirigidos, se podría forjar, rompiendo los moldes que nos inclinan hacia la adopción de influencias negativas foráneas, la verdadera identidad de un hombre o mujer panameños comprometidos con su pueblo, que se prepara para servir a su patria en la trinchera educativa en la que más se destaquen sus capacidades naturales.
Hace falta, pues, un Ministro de Educación. Pero un ministro capaz que pueda elaborar un Plan Nacional de Educación, dispuesto a trabajar en armonía con los educadores, padres de familia, estudiantes, técnicos, pedagogos, pueblo y gobierno en general, para formular una política educativa (que no politiquería administrativa) cónsona con los tiempos que vivimos, con esta era tecnológica y con los problemas sociales que nos agobian, con esta incertidumbre de un mundo que nos explota en la cara, pero que según la educación libresca que se enseña en nuestras escuelas, colegios y universidades, todavía vive en la edad idílica en que la sociedad estaba libre de hambre, de las drogas y del SIDA, la naturaleza incontaminada y con un cielo azul que sólo servía de inspiración en el canto inocuo de los poetas.
Sí, señores. Hace falta un ministro que administre en forma adecuada la educación panameña, utilizando los cerebros más capaces, dejando de lado la parsimonia académica, para responder a la pregunta: ¿Quiénes somos y hacia dónde queremos ir?, para que establecidas con toda claridad las metas nacionales, pongamos los pies sobre la tierra, marquemos una ruta en el horizonte y empecemos a andar. Que la politiquería, la práctica nefasta de destitución masiva injustificada aplicada contra viejos servidores administrativos y trabajadores manuales (con 20, 25 y más años de servicios en el ramo), la inepcia en la administración de la educación panameña, quedan atrás como un baldón, como un estigma propios de las arbitrariedades, el abuso de poder, el nepotismo, la indolencia, etc., cuya explicación y análisis corresponde a la historia.