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Familia y Centenario


A no pocos nos preocupan los numerosos problemas a los que está expuesta y sometida la familia panameña. La sola idea lleva a preguntarnos por dónde comenzar este artículo. Hace poco leía que según la oficina mundial de estadísticas poblacionales de Londres, nuestro país ha alcanzado los tres millones de habitantes. No sabemos a ciencia cierta si esto es un dato comprobado, pero sea como fuere, lo cierto es que en el año del centenario, otro tres parece marcar el albor del segundo centenario. Cuando pensamos en la cantidad de habitantes, tres millones no son en realidad muchos para un país de tan pequeña extensión territorial. Nuestra población entera cabe sobradamente en un barrio de la capital mexicana; sin embargo, los panameños no hemos podido en estos cien años proveernos de un gobierno que sea capaz de orientar la nave del país hacia las arcas del progreso, aún cuando somos pocos y de destacada inteligencia. En lo que respecta a la familia, pasó casi un siglo sin que ningún estadista la incluyera en la agenda de trabajo, y no vino a ser sino hasta dos lustros cuando se aprobó un código para normar los asuntos pertinentes a la misma y sólo nueve años de existencia de un ministerio, en principio, creado con la misión de velar por el desarrollo de la familia y sus miembros. Pese a ello, aunque es justo reconocer que se han adelantado programas y actividades con el propósito de cumplir con dicha misión, es preciso señalar que los progresos son pocos, aislados y, en muchos casos, desconocidos.
En casi cien años de existencia de la República, este crucial e importante tema ha sido relegado a instancias de poca monta en la organización institucional del Estado. En la mayoría de los casos, las instancias creadas, como el Tutelar de Menores, fueron respuestas reactivas ante la emergencia de necesidades de asistencia, educación, orientación, protección y reeducación de los menores. En los últimos años, la creación de los juzgados de familia ha permitido la configuración de registros estadísticos que reflejan la gravedad del fenómeno de la violencia que se vive en muchos núcleos familiares. Resalta en dichos registros la violencia doméstica sobre todo marcada por lesiones, ultrajes, abusos, maltratos y vejaciones recíprocas de una pareja a la otra, aunque predomina la del hombre a la mujer, y de algunos de éstos hacia los hijos.
En los últimos años, la comunidad nacional ha sido varias veces estremecida por brutales homicidios, en los cuales hombres y mujeres han ultimado a su pareja, casos de hijos asesinando a su padre o madre, y de padres y abuelos cegando la vida de sus nietos. No han faltado los casos fratricidas, que han sacudido los cimientos de la humanidad.
No podemos decir que no hay voluntad de aportar respuestas para afrontar la enorme crisis de la familia panameña, sin embargo nos parece que este tema no ha merecido la relevancia debida en la agenda de los gobiernos en turno. ¿Por qué? Quizá se deba a que no es considerado como un contenido de campaña, capaz de atraer votantes, aunque paradójicamente, los votos provienen de los miembros de la familia, bien sea que éstas sean integradas o no.
¿Por qué habría de prestarse más relevancia a la familia? Es posible que estas líneas no sean capaces de enfatizar todo lo necesario y también es posible que no alcancen a despertar ninguna preocupación en quienes nos desgobiernan y con soberana desfachatez, desvergüenza y corrupción envenenan con su incalificable deshonor y mal ejemplo a nuestra juventud y niñez. Pero también es posible que incite a la inteligencia popular a castigar con su voto semejante estado de ostensible liviandad moral, muy parecida a las últimas horas de los tantos imperios que en el mundo han sido.
No merecerá relevancia en la agenda gubernamental hechos patentes y desventurados que observamos donde despunta el alba hasta que anochece, y en muchas ocasiones hasta bien entrada la noche, que como dolorosos reflejos de la crisis familiar, casi encogen la propia alma cuando miramos a niñas y jóvenes ofreciendo estampitas y golosinas a cambio de un centavo. Es que acaso no rompe el corazón ver el creciente número de niñas y adolescentes cegar su futuro con un embarazo precoz, muchas veces producto de violaciones o de adultos desvergonzados; es que ya no queda esperanza para todos esos niños y niñas que son abandonados por sus padres o madres, al negarles su protección y amparo. A nadie parece importar el lamento a gritos y que como un fatal hado desdibuja en el futuro de los hijos de los que pierden su empleo diariamente; habrá terminado la esperanza para los cientos de niños, niñas y mujeres abusados y vejados en todos los rincones del país; es que no habrá qué ofrecer a los ancianos y jubilados más que la reclusión en albergues carentes de la comodidad que merecen; es que acaso nos parece poco la venta diaria de violencia televisiva y la permisividad de las autoridades al respecto. Este estado de cosas, por fortuna no alcanza a todas las familias. Pero nos permite hacernos muchas preguntas más. Como por ejemplo, ¿qué sentido tiene este centenario de desastres que como la Patria, también cumple la familia panameña? ¿Será posible que siendo tan pocos, en verdad tan pocos, no podamos erradicar de nuestras calles y avenidas el triste espectáculo de los despojos que quedan de los drogadictos que una vez por falta de atención y amor, entraron por el sendero de la oscuridad y el abandono? ¿No tendremos una solución para este singular problema que, sin duda, viene prohijado por los nobles y reyes del negocio más protegido del mundo, como es el de las drogas, que tanta fatalidad y dolor enquista diariamente en corazón de cientos de familias de esta patria centenaria? ¿De qué proyectos de inversión hablan los candidatos presidenciales? ¿Estarán informados que al ritmo que vamos, las estadísticas nos indican que de cada diez adolescentes, menores de 20 años, quince han estado presentes en escenarios cuando otros consumen cualquier tipo de droga, y que de la observación al hecho poco es el trecho a recorrer para dar el primer paso y convertirse en verdaderos problemas de salud pública, dado que son los más proclives a la contracción de enfermedades de transmisión sexual?
Abrigamos la esperanza que en el alba del segundo centenario quienes nos dirijan sepan que el oro, el verdadero oro del país, está en el cultivo de mujeres y hombres sanos, inteligentes, virtuosos y emprendedores; pero como el oro, que se luce en un anillo, es preciso pulirlos en el calor de familias sanas, inteligentes y virtuosas. Nuestro progreso depende de cuanto invirtamos en este crisol de linajes.
En cierta ocasión, en el pórtico de una catedral gótica en Europa leí una inscripción en latín cuya traducción libre sería la siguiente: SOY EL RECUERDO DE QUIEN ME CONSTRUYÓ. Sólo decía eso. No había nombres y podemos imaginar que fueron muchos los que murieron poniendo piedra sobre piedra y que fueron muchos los que lo hicieron con cariño, con devoción y con fervor.
En estos 100 años de vida republicana hemos contado con el concurso de hombres y mujeres de talentos diversos que iluminaron con su inteligencia o con su fervor cívico los buenos y los malos momentos de un país que hoy celebra su primer siglo de independencia. Esos hombres y mujeres constituyen un patrimonio de ejemplaridad que debemos considerar con especial respeto. La ética implica memoria y comparación. Memoria de quienes dieron su vida por la plena soberanía que hoy poseemos. Memoria de quienes sufrieron persecuciones y cárcel por la libertad que hoy disfrutamos. Memoria de quienes realizaron obras trascendentes con recursos finitos y precarios.
En cuanto a la comparación, es a través de ella que podemos hacer la apreciación cabal de los bienes materiales de los que hoy gozamos. Esa comparación es una exigencia ética que reclama la atención de quienes poseen casi todo sin saber el valor de casi nada, porque siempre se aprecia más aquello por lo que se ha luchado, por lo que hemos soñado, por lo que nos hemos desvelado. Es preciso pues comparar y pensar en aquellos y aquellas que tanto contribuyeron para enriquecer y preservar el patrimonio nacional. Al mismo tiempo es preciso comparar y pensar en los que no tienen casi nada.
Creo que a esos antepasados, a esos panameños y panameñas que nos precedieron y que en muchos sentidos nos superaron moralmente, las actuales y futuras generaciones pueden rendirles tributo a través de la formación -individual y socialmente- de una ética del porvenir, una ética de lo que está aún por hacerse, una ética de lo que debemos hacer. Si esa ética estuviera ausente entre los gobernantes y entre los gobernados, tendremos que pagar un precio que equivaldría a hipotecar el futuro de nuestros sucesores, de las generaciones futuras.
Insisto en que se trata de una exigencia moral para que los gobernantes, los responsables, los dirigentes, sepan adoptar las medidas que hagan que nuestro pueblo alcance puntos de no retorno a los males presentes y pasados; puntos que sean palancas para el desarrollo, para el progreso, para el bienestar.
Nuestra prioridad es combatir por todos lo medios la crisis de valores, de honradez, de transparencia y de tolerancia que corroe las entrañas de la Patria, para lo cual convocamos a los panameños y panameñas de todas las edades, de todos los colores, ricos y pobres, indígenas, campesinos, trabajadores, profesionales, comerciantes, industriales, estudiantes, educadores, así como a la iglesia, a lo largo y ancho de la geografía nacional, para que se sumen en un reencuentro ciudadano dirigido a recuperar la confianza en nosotros mismos, a restablecer nuestra imagen internacional, y a adherirnos a un catecismo de la nacionalidad, que eleve la imagen de la patria y asegure la libertad interior, la dignidad nacional y el decoro exterior de la República.
Es a través de un consenso forjado mediante la consulta popular que se pueden sentar las bases para la paz pública, el sosiego doméstico y la reconciliación nacional, que le abra al país horizontes de armónico progreso y elimine las causas de desasosiego mediante el reconocimiento de los espacios políticos, económicos y sociales a que tienen derecho todos los panameños y panameñas con igualdad de oportunidades, dentro de una democracia verdaderamente participativa.
Las dolorosas lecciones de la experiencia nos enseñan que esta es la fórmula sensata, humana y transparente para erradicar la violencia, el terrorismo y las luchas intestinas que retrasan el progreso de los pueblos.
Busquemos un régimen de unidad de voluntades que salve a la nación del naufragio de sus instituciones, del desconcierto, del desorden, de la corrupción y de la ignominia.
Cobijémonos bajo la sombra de la bandera nacional iluminada por la luz del centenario para hacer a la Patria más rica, más hermosa y más honesta.
Cultivemos el orgullo de ser panameños, afirmando nuestra dignidad en la gloria, el honor y el ejemplo de los grandes hombres y de los grandes hechos de nuestra historia.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América