"Fast Track" para el presidente Bush
Pero no sólo es la unidad lo que favorece el otorgamiento del "fast track" o vía rápida sino también la necesidad estratégica de sacar al país del camino de la recesión. La bolsa de valores agoniza y el mercado interno se contrae por la pérdida de confianza y el temor de los consumidores, al igual que el turismo y el transporte por vía aérea, que se han derrumbado. El desempleo se acerca rápidamente a un aterrador 6%. Y todo, pese a los esfuerzos desesperados de la Reserva Federal, tirando inútilmente una y otra vez hacia abajo de la palanca de los intereses.
Nada parece pues detener la caída en picada, ni siquiera la ayuda federal de miles de millones de dólares para las empresas malheridas, ni la baja de impuestos. Estados Unidos, como nunca antes, necesita desesperadamente ampliar mercados externos para su menguada industria, que compense la caída del consumo interno. Y en ese objetivo, el "fast track" es un valioso instrumento que ahorraría tiempo valioso.
Al presidente Clinton le fue negado el privilegio. Eso es explicable porque al Congreso no le gusta deshacerse gratuitamente de facultades constitucionales a favor de otros poderes del estado, en particular del Ejecutivo, que es el más fuerte de todos. Pero eso es válido en tiempos normales, donde el rejuego político es usual en toda democracia, no ahora en época de guerra y crisis económica concomitante.
Por eso nos atrevemos a anticipar la autorización del "fast track" a favor del presidente Bush. No obstante, en lo que respecta a Panamá, no hay que guardar falsas expectativas. Nuestro mercado es minúsculo, incluso sumándolo al centroamericano, pues juntos apenas alcanzaría los 35 millones de habitantes, muy lejos de los 95 millones de México que justificó su incorporación al tratado de libre comercio de América del Norte que incluye también a Canadá. Contrario a nuestra percepción aquí, no hay ninguna razón para que Panamá reciba al respecto un trato especial, y mucho menos aislado, como está, de todos los bloques económicos actualmente en existencia en el continente.
Nada parece pues detener la caída en picada, ni siquiera la ayuda federal de miles de millones de dólares para las empresas malheridas, ni la baja de impuestos. Estados Unidos, como nunca antes, necesita desesperadamente ampliar mercados externos para su menguada industria, que compense la caída del consumo interno. Y en ese objetivo, el "fast track" es un valioso instrumento que ahorraría tiempo valioso.
Al presidente Clinton le fue negado el privilegio. Eso es explicable porque al Congreso no le gusta deshacerse gratuitamente de facultades constitucionales a favor de otros poderes del estado, en particular del Ejecutivo, que es el más fuerte de todos. Pero eso es válido en tiempos normales, donde el rejuego político es usual en toda democracia, no ahora en época de guerra y crisis económica concomitante.
Por eso nos atrevemos a anticipar la autorización del "fast track" a favor del presidente Bush. No obstante, en lo que respecta a Panamá, no hay que guardar falsas expectativas. Nuestro mercado es minúsculo, incluso sumándolo al centroamericano, pues juntos apenas alcanzaría los 35 millones de habitantes, muy lejos de los 95 millones de México que justificó su incorporación al tratado de libre comercio de América del Norte que incluye también a Canadá. Contrario a nuestra percepción aquí, no hay ninguna razón para que Panamá reciba al respecto un trato especial, y mucho menos aislado, como está, de todos los bloques económicos actualmente en existencia en el continente.