"Fast Track", un paso positivo
El pasado 6 de diciembre, la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos aprobó la autorización al Organo Ejecutivo de su país, es decir, al presidente Bush, para negociar y suscribir acuerdos comerciales que no podrían ser posteriormente reformados o modificados por el órgano legislativo norteamericano, que tendrá que limitarse a aprobarlos o rechazarlos de manera integral. Este procedimiento es lo que se conoce como el "Fast Track".
La medida aprobada por la Cámara de Representantes es, por todos los conceptos, positiva. Sin embargo, es preciso aclarar, primero, que todavía no es definitiva y, segundo, que el fast track no comporta una aprobación automática de los tratados que negocie la rama ejecutiva del gobierno norteamericano.
La aprobación de la medida todavía está pendiente de ser votada en el Senado, la otra cámara del congreso estadounidense donde el control lo tienen los demócratas, de cuyo lado vinieron algunas de las mayores resistencias para su aprobación a nivel de los representantes.
Además, aunque existe la presunción generalizada de que el Senado es más proclive a la apertura comercial, el hecho de que la aprobación se lograra raspando, por cuanto la votación fue de 215 a favor y 214 en contra, esa pequeñísima diferencia indica que cada tratado que negocie el gobierno del presidente Bush podría encontrar fuerte resistencia al momento de someterlo a la aprobación del Congreso.
Los tratados comerciales, como es lógico esperar, no serán todos iguales porque dependerán para su contenido específico de cuáles sean las áreas en las que se concentre la relación comercial de cada país con los Estados Unidos. Así, por ejemplo, habrá tratados con mayor énfasis en el sector de servicios, mientras que otros lo tendrán en el sector agrícola. Por tanto, es de esperar que según gire el interés en cada caso, asimismo podrían ser más difíciles o más expeditas la concreción de los acuerdos.
Para continuar con el desarrollo de la idea expuesta en el párrafo precedente, es previsible esperar que los tratados con mayor énfasis en el sector agrícola podrían encontrar considerable resistencia de parte de los congresistas que representan a los estados de los Estados Unidos que defienden tendencias proteccionistas que limitan el acceso al mercado norteamericano, pero que, a su vez, promueven una mayor apertura de los mercados de América Latina.
En síntesis, creo que si bien la medida aprobada por la Cámara de Representantes es positiva, todavía es prematuro para alegrarse sobre sus eventuales resultados favorables o para esperar que de la noche a la mañana el mercado norteamericano esté completamente abierto a las exportaciones de nuestra región como hemos venido demandando tradicionalmente.
El presidente Bush, cuando la medida sea ratificada por el Senado de su país tendrá a su disposición un instrumento de extraordinaria importancia para manejar sus relaciones con los países de América Latina, y tal vez sería oportuno que de parte de nuestros foros políticos regionales se generaran acciones concertadas encaminadas a su mejor aprovechamiento.
La medida aprobada por la Cámara de Representantes es, por todos los conceptos, positiva. Sin embargo, es preciso aclarar, primero, que todavía no es definitiva y, segundo, que el fast track no comporta una aprobación automática de los tratados que negocie la rama ejecutiva del gobierno norteamericano.
La aprobación de la medida todavía está pendiente de ser votada en el Senado, la otra cámara del congreso estadounidense donde el control lo tienen los demócratas, de cuyo lado vinieron algunas de las mayores resistencias para su aprobación a nivel de los representantes.
Además, aunque existe la presunción generalizada de que el Senado es más proclive a la apertura comercial, el hecho de que la aprobación se lograra raspando, por cuanto la votación fue de 215 a favor y 214 en contra, esa pequeñísima diferencia indica que cada tratado que negocie el gobierno del presidente Bush podría encontrar fuerte resistencia al momento de someterlo a la aprobación del Congreso.
Los tratados comerciales, como es lógico esperar, no serán todos iguales porque dependerán para su contenido específico de cuáles sean las áreas en las que se concentre la relación comercial de cada país con los Estados Unidos. Así, por ejemplo, habrá tratados con mayor énfasis en el sector de servicios, mientras que otros lo tendrán en el sector agrícola. Por tanto, es de esperar que según gire el interés en cada caso, asimismo podrían ser más difíciles o más expeditas la concreción de los acuerdos.
Para continuar con el desarrollo de la idea expuesta en el párrafo precedente, es previsible esperar que los tratados con mayor énfasis en el sector agrícola podrían encontrar considerable resistencia de parte de los congresistas que representan a los estados de los Estados Unidos que defienden tendencias proteccionistas que limitan el acceso al mercado norteamericano, pero que, a su vez, promueven una mayor apertura de los mercados de América Latina.
En síntesis, creo que si bien la medida aprobada por la Cámara de Representantes es positiva, todavía es prematuro para alegrarse sobre sus eventuales resultados favorables o para esperar que de la noche a la mañana el mercado norteamericano esté completamente abierto a las exportaciones de nuestra región como hemos venido demandando tradicionalmente.
El presidente Bush, cuando la medida sea ratificada por el Senado de su país tendrá a su disposición un instrumento de extraordinaria importancia para manejar sus relaciones con los países de América Latina, y tal vez sería oportuno que de parte de nuestros foros políticos regionales se generaran acciones concertadas encaminadas a su mejor aprovechamiento.