Fe y familia
Fácilmente se da hoy por supuesto que, debido a las dificultades muchos asuman que es muy poco o nada lo que se puede hacer en familia para educar en la fe.
Muchos padres renuncian a su tarea sin conocer las posibilidades reales del hogar y antes de haber hecho esfuerzo alguno. Por otra parte, la pastoral que se promueve desde las parroquias y comunidades cristianas apenas tiene en cuenta a las familias. Probablemente porque en estos momentos no hay institución, grupo humano o ámbito social tan decisivo como la familia para echar las bases de una socialización de la fe.
Hay que insistir en esta convicción de que los padres de familia son los verdaderos animadores de la fe. La acogida de la fe dependerá básicamente de que el sujeto tenga desde el inicio una experiencia positiva de lo religioso. La persona vuelve aquello que ha experimentado como bueno y ha vivido con satisfacción y sentido.
La familia le ofrece al niño el ámbito de acogida de la existencia y de la personalización. La familia es el grupo humano con mayor capacidad para ofrecerle una experiencia positiva, gozosa, entrañable, de la vida y también de lo religioso. Afirma un entendido en el tema que "ni las guarderías o escuelas, ni los grupos de coetáneos ni las parroquias, ni los medios de comunicación social, prensa, radio o televisión logra penetrar tan a fondo en la intimidad de la familia como los parientes primarios, esos seres de quienes se depende absolutamente durante los seis o nueve primeros años de la vida: padres, madres, hermanos, tutores.
Ningún grupo humano puede competir con la familia a la hora de poder ofrecer al niño el "suelo religioso y de valores", en un clima de afecto. En el hogar, el niño puede captar valores morales, conductas y experiencias religiosas, símbolos, etc., pero no de cualquier manera, sino en un ambiente de afecto, confianza, cercanía y amor.
Y es precisamente esta experiencia la que puede enraizarlo en la fe religiosa. Es cierto que, en la medida en que se vaya emancipando de sus padres, el niño se pondrá en contacto con otras realidades y accederá a otros modelos de referencia. Llegarán entonces los conflictos y tensiones, pero no será fácil eliminar del todo la referencia religiosa de la familia si en el hogar el joven sigue encontrando una vivencia adulta y sana de la fe.
Si la TV, los amigos y la calle tienen a veces una influencia tan grande, ésta se debe, en buena parte, a que en el seno de la familia hay abadono o dejación de los padres y desde la parroquia o comunidad poco apoyo y orientación.
Muchos padres renuncian a su tarea sin conocer las posibilidades reales del hogar y antes de haber hecho esfuerzo alguno. Por otra parte, la pastoral que se promueve desde las parroquias y comunidades cristianas apenas tiene en cuenta a las familias. Probablemente porque en estos momentos no hay institución, grupo humano o ámbito social tan decisivo como la familia para echar las bases de una socialización de la fe.
Hay que insistir en esta convicción de que los padres de familia son los verdaderos animadores de la fe. La acogida de la fe dependerá básicamente de que el sujeto tenga desde el inicio una experiencia positiva de lo religioso. La persona vuelve aquello que ha experimentado como bueno y ha vivido con satisfacción y sentido.
La familia le ofrece al niño el ámbito de acogida de la existencia y de la personalización. La familia es el grupo humano con mayor capacidad para ofrecerle una experiencia positiva, gozosa, entrañable, de la vida y también de lo religioso. Afirma un entendido en el tema que "ni las guarderías o escuelas, ni los grupos de coetáneos ni las parroquias, ni los medios de comunicación social, prensa, radio o televisión logra penetrar tan a fondo en la intimidad de la familia como los parientes primarios, esos seres de quienes se depende absolutamente durante los seis o nueve primeros años de la vida: padres, madres, hermanos, tutores.
Ningún grupo humano puede competir con la familia a la hora de poder ofrecer al niño el "suelo religioso y de valores", en un clima de afecto. En el hogar, el niño puede captar valores morales, conductas y experiencias religiosas, símbolos, etc., pero no de cualquier manera, sino en un ambiente de afecto, confianza, cercanía y amor.
Y es precisamente esta experiencia la que puede enraizarlo en la fe religiosa. Es cierto que, en la medida en que se vaya emancipando de sus padres, el niño se pondrá en contacto con otras realidades y accederá a otros modelos de referencia. Llegarán entonces los conflictos y tensiones, pero no será fácil eliminar del todo la referencia religiosa de la familia si en el hogar el joven sigue encontrando una vivencia adulta y sana de la fe.
Si la TV, los amigos y la calle tienen a veces una influencia tan grande, ésta se debe, en buena parte, a que en el seno de la familia hay abadono o dejación de los padres y desde la parroquia o comunidad poco apoyo y orientación.