¡Feliz cumpleaños, Nicaragua!
Una Nicaragua bien manejada, puede ser prodigiosamente productiva
Hace 178 años, iniciamos nuestra peregrinación como nación independiente. El 15 de septiembre de 1821, reunidos en Guatemala los próceres de la nación centroamericana incluyendo a Miguel de Larreinaga, el patriota nicaragüense, la Capitanía General de Guatemala declaró su independencia de España poniendo fin, así, a tres siglos de la colonia. En el Acta de Independencia, se hizo constar que esta acción se tomó como respuesta a "los deseos públicos e indudables" de la población. Además, se decretó que en celebración de este evento, se cantaría "una misa solemne de gracias... haciéndose salvas de artillería y tres días de iluminación". Se decidió, también, acuñar una medalla para perpetuar el día "en que se proclamó esta feliz independencia".
El nacimiento de la nueva nación fue pacífico. Contrario a lo que sucedió en otras partes de Hispanoamérica como Argentina, Chile, México, el Perú y Venezuela, las fuerzas reales españolas no se opusieron a la independencia de la Capitanía General, sin lugar a duda por el agotamiento en que se encontraba la madre patria después de las guerras napoleónicas y por la prioridad que España le había dado a la defensa de otras partes de su imperio en el Nuevo Mundo.
Casi inmediatamente comenzaron las tribulaciones de la nueva nación. Centroamérica fue ocupada por fuerzas mexicanas e incorporada brevemente al imperio mexicano encabezado por Agustín Iturbide. Poco tiempo después, se retiraron las fuerzas aztecas del istmo y, en 1823 Centroamérica se separó de México. Sin embargo, una de las provincias originales de Centroamérica, Chiapas, optó por quedarse en la Unión mexicana.
Por más de una década, las Provincias Unidas de Centroamérica fueron convulsionadas por pugnas internas que se basaban en la lucha entre la autoridad central en Guatemala e intereses locales que se oponían a ella. Y para complicar las cosas aún más, en algunas de las provincias grupos rivales se disputaban el poder.
Mientras la Unión Centroamericana agonizaba, en Nicaragua se vivía un período de anarquía con intrigas políticas y cruentas guerras civiles. El fin de la Unión llegó, misericordiosamente, en 1838, dejando un vacío que aún perdura en el corazón de los centroamericanos. Ese mismo año Nicaragua se declaró "libre, soberana e independiente de todo otro poder".
Sin embargo, Nicaragua no pudo independizarse de la lucha fratricida, y la destrucción de la nación se aceleró. Para fines de los 1840, Ephraim Squier, el primer embajador en ese entonces se le decía Encargado de Negocios- de los Estados Unidos de América visitó nuestro país. Encontró una nación en franco estado de desgaste. En su libro "Nicaragua, su pueblo y paisajes" reportó que Nicaragua era prácticamente un estado colapsado con importantes partes de sus ciudades principales en ruinas y el campo devastado.
La desarticulación de Nicaragua fue tal que hizo de ella un blanco natural para el filibustero William Walker, quien trató de adueñarse del país en 1855. Dos años más tarde, Nicaragua apoyada por sus vecinos centroamericanos logró expulsar a Walker. Pero en el caos y desorden que atravesó la nación, perdimos el Departamento de Guanacaste.
En los años posteriores a nuestra Guerra Nacional, Nicaragua oscilaba entre períodos de conflicto y retroceso económico, por un lado, y de estabilidad y progreso, por otro, como por ejemplo, durante los llamados 30 años conservadores (que en realidad duraron 36 años), y el gobierno del general José Santos Zelaya, paladín del liberalismo moderno en Nicaragua.
El libro Presidentes de Nicaragua, recientemente publicado por Cipriano Orúe y que es rico en anécdotas de nuestra historia, relata el "sube y baja" de nuestra nación. De él se deduce que la falta de liderazgo, patriotismo y visión de la clase política nicaragüense produjeron estallidos periódicos en nuestro país que, a su vez, interrumpieron el progreso material de nuestro pueblo. Esta miopía política, más que cualquier otro factor, explica el porqué de nuestro subdesarrollo y las decenas de oportunidades desperdiciadas que ha vivido Nicaragua.
En vista de los altibajos de nuestra experiencia republicana, en este 178 aniversario de nuestra independencia, algunos dudan del futuro de nuestra patria.
Pero yo me siento optimista sobre el futuro de mi nación. Optimista, porque sé que una Nicaragua bien manejada puede ser prodigiosamente productiva. Goza de tierras extensas y fértiles que permitieron que creciera su economía dos veces más rápidamente que la norteamericana durante el cuarto siglo posterior a 1950. Y desde comienzos de 1997, ha logrado un franco despegue económico que "entra por los ojos" tanto en nuestras ciudades como en el campo y esto a pesar del martillazo del Mitch.
Y optimista por el indudable adelanto político que se ha logrado desde 1990. Me refiero a las dos elecciones nacionales libres y transparentes consecutivas que hemos celebrado, hitos en nuestra historia que revelan una vocación democrática en nuestro país y una maduración de nuestro proceso político.
¡Feliz cumpleaños Nicaragua. Te quiero, y quiero que seas mejor. Y confío que esta meta se logrará con el esfuerzo unido de tus hijos e hijas!
Hace 178 años, iniciamos nuestra peregrinación como nación independiente. El 15 de septiembre de 1821, reunidos en Guatemala los próceres de la nación centroamericana incluyendo a Miguel de Larreinaga, el patriota nicaragüense, la Capitanía General de Guatemala declaró su independencia de España poniendo fin, así, a tres siglos de la colonia. En el Acta de Independencia, se hizo constar que esta acción se tomó como respuesta a "los deseos públicos e indudables" de la población. Además, se decretó que en celebración de este evento, se cantaría "una misa solemne de gracias... haciéndose salvas de artillería y tres días de iluminación". Se decidió, también, acuñar una medalla para perpetuar el día "en que se proclamó esta feliz independencia".
El nacimiento de la nueva nación fue pacífico. Contrario a lo que sucedió en otras partes de Hispanoamérica como Argentina, Chile, México, el Perú y Venezuela, las fuerzas reales españolas no se opusieron a la independencia de la Capitanía General, sin lugar a duda por el agotamiento en que se encontraba la madre patria después de las guerras napoleónicas y por la prioridad que España le había dado a la defensa de otras partes de su imperio en el Nuevo Mundo.
Casi inmediatamente comenzaron las tribulaciones de la nueva nación. Centroamérica fue ocupada por fuerzas mexicanas e incorporada brevemente al imperio mexicano encabezado por Agustín Iturbide. Poco tiempo después, se retiraron las fuerzas aztecas del istmo y, en 1823 Centroamérica se separó de México. Sin embargo, una de las provincias originales de Centroamérica, Chiapas, optó por quedarse en la Unión mexicana.
Por más de una década, las Provincias Unidas de Centroamérica fueron convulsionadas por pugnas internas que se basaban en la lucha entre la autoridad central en Guatemala e intereses locales que se oponían a ella. Y para complicar las cosas aún más, en algunas de las provincias grupos rivales se disputaban el poder.
Mientras la Unión Centroamericana agonizaba, en Nicaragua se vivía un período de anarquía con intrigas políticas y cruentas guerras civiles. El fin de la Unión llegó, misericordiosamente, en 1838, dejando un vacío que aún perdura en el corazón de los centroamericanos. Ese mismo año Nicaragua se declaró "libre, soberana e independiente de todo otro poder".
Sin embargo, Nicaragua no pudo independizarse de la lucha fratricida, y la destrucción de la nación se aceleró. Para fines de los 1840, Ephraim Squier, el primer embajador en ese entonces se le decía Encargado de Negocios- de los Estados Unidos de América visitó nuestro país. Encontró una nación en franco estado de desgaste. En su libro "Nicaragua, su pueblo y paisajes" reportó que Nicaragua era prácticamente un estado colapsado con importantes partes de sus ciudades principales en ruinas y el campo devastado.
La desarticulación de Nicaragua fue tal que hizo de ella un blanco natural para el filibustero William Walker, quien trató de adueñarse del país en 1855. Dos años más tarde, Nicaragua apoyada por sus vecinos centroamericanos logró expulsar a Walker. Pero en el caos y desorden que atravesó la nación, perdimos el Departamento de Guanacaste.
En los años posteriores a nuestra Guerra Nacional, Nicaragua oscilaba entre períodos de conflicto y retroceso económico, por un lado, y de estabilidad y progreso, por otro, como por ejemplo, durante los llamados 30 años conservadores (que en realidad duraron 36 años), y el gobierno del general José Santos Zelaya, paladín del liberalismo moderno en Nicaragua.
El libro Presidentes de Nicaragua, recientemente publicado por Cipriano Orúe y que es rico en anécdotas de nuestra historia, relata el "sube y baja" de nuestra nación. De él se deduce que la falta de liderazgo, patriotismo y visión de la clase política nicaragüense produjeron estallidos periódicos en nuestro país que, a su vez, interrumpieron el progreso material de nuestro pueblo. Esta miopía política, más que cualquier otro factor, explica el porqué de nuestro subdesarrollo y las decenas de oportunidades desperdiciadas que ha vivido Nicaragua.
En vista de los altibajos de nuestra experiencia republicana, en este 178 aniversario de nuestra independencia, algunos dudan del futuro de nuestra patria.
Pero yo me siento optimista sobre el futuro de mi nación. Optimista, porque sé que una Nicaragua bien manejada puede ser prodigiosamente productiva. Goza de tierras extensas y fértiles que permitieron que creciera su economía dos veces más rápidamente que la norteamericana durante el cuarto siglo posterior a 1950. Y desde comienzos de 1997, ha logrado un franco despegue económico que "entra por los ojos" tanto en nuestras ciudades como en el campo y esto a pesar del martillazo del Mitch.
Y optimista por el indudable adelanto político que se ha logrado desde 1990. Me refiero a las dos elecciones nacionales libres y transparentes consecutivas que hemos celebrado, hitos en nuestra historia que revelan una vocación democrática en nuestro país y una maduración de nuestro proceso político.
¡Feliz cumpleaños Nicaragua. Te quiero, y quiero que seas mejor. Y confío que esta meta se logrará con el esfuerzo unido de tus hijos e hijas!