Feliz fiesta o feliz Navidad
RECORDAMOS, celebramos, festejamos, el efectivo nacimiento de Jesús como el Mesías Prometido o simplemente estamos de vacaciones festivas en diciembre? Hemos venido dando lectura a una serie de escritos que denuncian a algún líder político de una gran potencia haber enviado tarjetas que expresan "Felices fiestas vacacionales". Como se podrá advertir, desde ya la cuestión deja de ser un mero problema de nombre o de semántica para convertirse en una antinoma espiritual y cultural que trastoca los cimientos mismos de nuestra fe cristiana. No es lo mismo festejar la Navidad que nos recuerda el nacimiento del niño Dios a simplemente tener unas vacaciones con motivo de dicha navidad.
Desde niños crecimos creyendo en que Santa Claus nos traería un juguete; nos aferrábamos con todas nuestras núbiles fuerzas a la almohada y hasta ni dormíamos pensando que, en cualquier momento a otro, él entraría sigilosamente por la ventana y dejaría el juguete a un lado de nuestra almohada. Recuerdo uno de esos momentos: tendría como cinco o seis años. Nuestra madre nos mandó a dormir temprano advirtiéndonos que Santa Claus nos traería un juguete a cada uno. Allí, recostado en el pequeño catre, a altas horas de la noche pude percatarme que alguien había puesto un pequeño cartucho debajo de mi almohada. Me asusté tanto que metí mi pequeña mano, toqué el bullicioso cartucho que sonaba más que plástico tostado y lo lancé, con mucho temor, hacia la pared de cañazas. Cuando mi madre, al escuchar el estrepitoso ruido en medio de la noche, encendió la guaricha y tomando el cartucho entre sus manos tan sólo dijo: "Hay mi hijito, quebraste la pistolita de triquitraque". Desde luego que pasé la Navidad sin juguete, contemplando con pesadas y gruesas lágrimas que inundaban mis ojos la pistolita de papelillo hecha pedazos; pero al mismo tiempo disfrutaba ver a los otros hermanos jugar con la carreta del palo de escoba y la tapa de leche que mi padre improvisaba, o a mis hermanas jugar con el juego de té.
La Navidad siempre ha sido para la cultura jurídica de Occidente una sola cosa: el nacimiento o la venida del Hijo del Hombre, Dios hecho carne y morando entre su pueblo, la llegada del Salvador del Mundo, el Redentor de los pecados del hombre, el Salvador del Universo.
Pese a los almacenes que inundan sus estantes de mercaderías que hacen alusión a las fiestas navideñas; a los negocios que lucen esplendorosos mensajes a través de los cuales nos desean "Feliz Navidad", a los anaqueles de los vendedores ambulantes que pregonan la venta de uvas, manzanas verdes y rojas, nueces, guandú, coco, zaril, el ramillete de naranjas con mandarinas y algunas hojas verdes o el de espigas de arroz, la Navidad nunca dejará se ser lo que es: la fecha en que celebramos, festejamos, el nacimiento del Hijo de Dios: Jesucristo, Emmanuel, Dios con nosotros.
Si creemos, firmemente, en la Navidad, creemos que aún Dios está con nosotros. Es una fiesta espiritual, sagrada, de plena y absoluta devoción al Dios de Amor que mora entre nosotros. La Biblia enseña que Dios mora en el corazón de cada hombre que lo acepta como tal, como su Señor y Salvador personal. Debe haber una permanente navidad en el corazón de los hombres y mujeres buenos.
Aprendí de mi abuela Felipa el amor por la Navidad. Cada año, nos sentaba en sus ya debilitadas piernas a leernos los hermosos pasajes del nacimiento del Hijo de Dios. Escuchándola, supimos quién fue María, José, los pastores que dejaron sus tareas para contemplar la estrella de David, o los reyes magos que traían los presentes al niño Dios. La paz es un tesoro de Dios que ha deparado a los hombres y mujeres que cultivan la buena voluntad. La buena voluntad es la perfecta idea de hacer el bien, lo correcto y lo justo, para agradar a Dios antes que a los hombres.
No creo que estemos celebrando "felices fiestas vacacionales de fin de año". Festejamos el nacimiento del unigénito de Dios. Que reine la paz en el corazón de todos los panameños y panameñas. En todos nuestros niños y niñas. En las cárceles, que tengan los privados de la libertad una feliz Noche Buena. En los hospitales, que se asomen los ángeles cantores para traerles salud y paz. En los hogares pobres, en donde la miseria se pasea y pernocta, que ilumine, que irradie la luz de nuestro Señor. La venida del Niño Dios trajo consigo amor y bondad. Que los ojos del iracundo se inunden de llantos de amor; que los oídos del sordo que no quiere escuchar el buen consejo se abran para escuchar la palabra dulce y tierna; que los mancos y paralíticos de sentimientos puedan sentir, tocar, palmar, todo lo bello que nos ha dado el Señor. Que no sea el dulce que nos habremos de comer el que nos endulce, sino que sea la dulzura misma la que nos engulla en toda nuestra dimensión.
No puede ser que ahora la Navidad sea eso: "Feliz fiesta". Digamos: Gloria a Dios en los cielos, por siempre y para siempre. Que en la Tierra alabemos su santo nombre porque sus misericordias son abundantes y muchas.
Desde niños crecimos creyendo en que Santa Claus nos traería un juguete; nos aferrábamos con todas nuestras núbiles fuerzas a la almohada y hasta ni dormíamos pensando que, en cualquier momento a otro, él entraría sigilosamente por la ventana y dejaría el juguete a un lado de nuestra almohada. Recuerdo uno de esos momentos: tendría como cinco o seis años. Nuestra madre nos mandó a dormir temprano advirtiéndonos que Santa Claus nos traería un juguete a cada uno. Allí, recostado en el pequeño catre, a altas horas de la noche pude percatarme que alguien había puesto un pequeño cartucho debajo de mi almohada. Me asusté tanto que metí mi pequeña mano, toqué el bullicioso cartucho que sonaba más que plástico tostado y lo lancé, con mucho temor, hacia la pared de cañazas. Cuando mi madre, al escuchar el estrepitoso ruido en medio de la noche, encendió la guaricha y tomando el cartucho entre sus manos tan sólo dijo: "Hay mi hijito, quebraste la pistolita de triquitraque". Desde luego que pasé la Navidad sin juguete, contemplando con pesadas y gruesas lágrimas que inundaban mis ojos la pistolita de papelillo hecha pedazos; pero al mismo tiempo disfrutaba ver a los otros hermanos jugar con la carreta del palo de escoba y la tapa de leche que mi padre improvisaba, o a mis hermanas jugar con el juego de té.
La Navidad siempre ha sido para la cultura jurídica de Occidente una sola cosa: el nacimiento o la venida del Hijo del Hombre, Dios hecho carne y morando entre su pueblo, la llegada del Salvador del Mundo, el Redentor de los pecados del hombre, el Salvador del Universo.
Pese a los almacenes que inundan sus estantes de mercaderías que hacen alusión a las fiestas navideñas; a los negocios que lucen esplendorosos mensajes a través de los cuales nos desean "Feliz Navidad", a los anaqueles de los vendedores ambulantes que pregonan la venta de uvas, manzanas verdes y rojas, nueces, guandú, coco, zaril, el ramillete de naranjas con mandarinas y algunas hojas verdes o el de espigas de arroz, la Navidad nunca dejará se ser lo que es: la fecha en que celebramos, festejamos, el nacimiento del Hijo de Dios: Jesucristo, Emmanuel, Dios con nosotros.
Si creemos, firmemente, en la Navidad, creemos que aún Dios está con nosotros. Es una fiesta espiritual, sagrada, de plena y absoluta devoción al Dios de Amor que mora entre nosotros. La Biblia enseña que Dios mora en el corazón de cada hombre que lo acepta como tal, como su Señor y Salvador personal. Debe haber una permanente navidad en el corazón de los hombres y mujeres buenos.
Aprendí de mi abuela Felipa el amor por la Navidad. Cada año, nos sentaba en sus ya debilitadas piernas a leernos los hermosos pasajes del nacimiento del Hijo de Dios. Escuchándola, supimos quién fue María, José, los pastores que dejaron sus tareas para contemplar la estrella de David, o los reyes magos que traían los presentes al niño Dios. La paz es un tesoro de Dios que ha deparado a los hombres y mujeres que cultivan la buena voluntad. La buena voluntad es la perfecta idea de hacer el bien, lo correcto y lo justo, para agradar a Dios antes que a los hombres.
No creo que estemos celebrando "felices fiestas vacacionales de fin de año". Festejamos el nacimiento del unigénito de Dios. Que reine la paz en el corazón de todos los panameños y panameñas. En todos nuestros niños y niñas. En las cárceles, que tengan los privados de la libertad una feliz Noche Buena. En los hospitales, que se asomen los ángeles cantores para traerles salud y paz. En los hogares pobres, en donde la miseria se pasea y pernocta, que ilumine, que irradie la luz de nuestro Señor. La venida del Niño Dios trajo consigo amor y bondad. Que los ojos del iracundo se inunden de llantos de amor; que los oídos del sordo que no quiere escuchar el buen consejo se abran para escuchar la palabra dulce y tierna; que los mancos y paralíticos de sentimientos puedan sentir, tocar, palmar, todo lo bello que nos ha dado el Señor. Que no sea el dulce que nos habremos de comer el que nos endulce, sino que sea la dulzura misma la que nos engulla en toda nuestra dimensión.
No puede ser que ahora la Navidad sea eso: "Feliz fiesta". Digamos: Gloria a Dios en los cielos, por siempre y para siempre. Que en la Tierra alabemos su santo nombre porque sus misericordias son abundantes y muchas.