Fijando límites
No es la primera vez que escuchamos o leemos que los humanos somos la única especie animal que ha creado una cultura de la violencia, y a través de los años se han vuelto cada vez más específicos y complejos los medios de destruir al oponente. En estos tiempos de gran preocupación por la seguridad en nuestro país, lo que resulta más preocupante es que nuestros niños crecen y se desarrollan percibiendo un mundo cada vez más violento en donde todos, como panameños, tenemos parte de responsabilidad.
Los estilos de relación basados en el dominio, la fuerza y la agresividad son valores que no resultan tan adecuados en los niños y jóvenes, puesto que se encuentran en pleno proceso de formación y de crecimiento. Sin embargo resulta más fácil atribuir la responsabilidad de este problema a la influencia de la televisión, a determinados tipos de música, a la pobreza, la miseria, el abandono o a la desigualdad social, por la forma como exaltan las situaciones de agresión y violencia. Pero como profesionales de la conducta humana no debemos conformarnos con reducir el problema de esta manera.
Nadie está libre de reaccionar de forma agresiva, puesto que es un acto instintivo de todos los seres humanos. El problema surge cuando la agresión se transforma en violencia psicológica o física como medio para conseguir lo que nos proponemos, conformándose en una conducta antisocial. Si dejáramos a un lado las situaciones de guerra y las de agresión física, tendríamos que detenernos a analizar en aquella violencia que se manifiesta como defensa de la individualidad en respuesta a una sociedad competitiva que predica soluciones individualistas y que se olvida de la dimensión social de los seres humanos.
En este sentido, los sociólogos opinan que la conducta violenta es el resultado de colocar el individualismo por encima del interés común. No obstante, desde una perspectiva psicológica se ha venido procurando explicar las conductas violentas a partir del individuo mismo. Por esto, cuando un joven comete algún delito, lo que nos interesa analizar es el efecto que tiene la aprobación de su grupo de amigos, ya que para éste es la única razón por la que merece la pena transgredir la norma y asumir el riesgo del castigo.
Es cierto que los casos leves de vandalismo y violencia forman parte del desarrollo normal de niños y jóvenes, ya que son el resultado de su necesidad de identificarse como individuos y reafirmarse como miembros de un grupo. Pero, por otro lado, pueden estar dirigidas a figuras de autoridad con las que buscan desquitarse de acciones que son consideradas como injustas; sobre todo aquellas en las que el individuo siente que no le son reconocidos sus logros. No debe parecernos extraño que muchos niños y jóvenes que han crecido en ambientes excesivamente tolerantes, sean capaces de hacer cualquier cosa que su grupo les pida con tal de lograr la aceptación.
Si consideramos los actos agresivos como mensajes por parte de los jóvenes en busca de respuestas, la primera de todas debe ser la de los padres, ya que para un adolescente en pleno proceso de desarrollo, que se comunica mediante conductas muchas veces reprobables y rebeldes, lo peor de todo es la indiferencia y el silencio de los padres. No podemos ignorar que tras ese comportamiento se esconde una intensa necesidad de expresar sus sentimientos y sus ideas.
Ahora, es una responsabilidad no sólo de la familia, sino también de la escuela, las autoridades y la sociedad misma. Es conveniente entonces que todos los involucrados de una u otra forma con el desarrollo de nuestros jóvenes empecemos de una vez por todas a abordar el problema con seriedad y responsabilidad. Debemos partir del supuesto que la única manera de desarrollar tolerancia, convivencia pacífica y respeto, como valores esenciales para la convivencia, es a partir de la socialización mediante la cooperación, el juicio intelectual y la educación para la frustración.
Es necesario cultivar aquellos valores socializantes basados en el respeto a la diversidad de las personas y el aplazamiento de la satisfacción de necesidades y deseos. Dicho de otra manera, el niño desde la infancia, debe saber que hay límites, que no es posible cumplir todos sus caprichos y que algunas de sus necesidades tendrán que esperar un tiempo para ser satisfechas. Deben aprender que los bienes se reparten con los otros niños y aprender a manejar la decepción que esto les pueda causar.
Para frenar la aparición de actitudes y conductas violentas, resulta clave potenciar:
Debemos tomar conciencia que no es un problema de ahora, sino que se trata de un ciclo continuo de violencia transmitido de padres a hijos una y otra vez. Esto último nos lleva a concluir una vez más que el solo evocar los problemas psicosociales no reduce la violencia sino que contribuye a reforzar el círculo vicioso.
En definitiva, ningún programa que tenga como objetivo controlar y reducir la violencia tendrá efecto si no empezamos reconociendo la complejidad del problema, y que existen involucrados factores psicológicos, educacionales, políticos y sociales. Reconocer que vivimos inmersos en un ambiente donde la mayor parte de las veces los adultos no sabemos cómo relacionarnos entre nosotros y la única alternativa es actuar de forma violenta. La respuesta debe empezar por enseñar a nuestros niños y niñas a aceptar los "nos", pero a la vez, desarrollar en ellos la confianza de preguntar los "por qué". Es la única manera de empezar a educar y/o reeducar a nuestra sociedad con respecto a la creación del bien común, un estado de justicia social, el respeto de la dignidad de la persona humana y la solución pacífica de los conflictos.
*Cursa maestría en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
(nvals@hotmail.com)
Los estilos de relación basados en el dominio, la fuerza y la agresividad son valores que no resultan tan adecuados en los niños y jóvenes, puesto que se encuentran en pleno proceso de formación y de crecimiento. Sin embargo resulta más fácil atribuir la responsabilidad de este problema a la influencia de la televisión, a determinados tipos de música, a la pobreza, la miseria, el abandono o a la desigualdad social, por la forma como exaltan las situaciones de agresión y violencia. Pero como profesionales de la conducta humana no debemos conformarnos con reducir el problema de esta manera.
Nadie está libre de reaccionar de forma agresiva, puesto que es un acto instintivo de todos los seres humanos. El problema surge cuando la agresión se transforma en violencia psicológica o física como medio para conseguir lo que nos proponemos, conformándose en una conducta antisocial. Si dejáramos a un lado las situaciones de guerra y las de agresión física, tendríamos que detenernos a analizar en aquella violencia que se manifiesta como defensa de la individualidad en respuesta a una sociedad competitiva que predica soluciones individualistas y que se olvida de la dimensión social de los seres humanos.
En este sentido, los sociólogos opinan que la conducta violenta es el resultado de colocar el individualismo por encima del interés común. No obstante, desde una perspectiva psicológica se ha venido procurando explicar las conductas violentas a partir del individuo mismo. Por esto, cuando un joven comete algún delito, lo que nos interesa analizar es el efecto que tiene la aprobación de su grupo de amigos, ya que para éste es la única razón por la que merece la pena transgredir la norma y asumir el riesgo del castigo.
Es cierto que los casos leves de vandalismo y violencia forman parte del desarrollo normal de niños y jóvenes, ya que son el resultado de su necesidad de identificarse como individuos y reafirmarse como miembros de un grupo. Pero, por otro lado, pueden estar dirigidas a figuras de autoridad con las que buscan desquitarse de acciones que son consideradas como injustas; sobre todo aquellas en las que el individuo siente que no le son reconocidos sus logros. No debe parecernos extraño que muchos niños y jóvenes que han crecido en ambientes excesivamente tolerantes, sean capaces de hacer cualquier cosa que su grupo les pida con tal de lograr la aceptación.
Si consideramos los actos agresivos como mensajes por parte de los jóvenes en busca de respuestas, la primera de todas debe ser la de los padres, ya que para un adolescente en pleno proceso de desarrollo, que se comunica mediante conductas muchas veces reprobables y rebeldes, lo peor de todo es la indiferencia y el silencio de los padres. No podemos ignorar que tras ese comportamiento se esconde una intensa necesidad de expresar sus sentimientos y sus ideas.
Ahora, es una responsabilidad no sólo de la familia, sino también de la escuela, las autoridades y la sociedad misma. Es conveniente entonces que todos los involucrados de una u otra forma con el desarrollo de nuestros jóvenes empecemos de una vez por todas a abordar el problema con seriedad y responsabilidad. Debemos partir del supuesto que la única manera de desarrollar tolerancia, convivencia pacífica y respeto, como valores esenciales para la convivencia, es a partir de la socialización mediante la cooperación, el juicio intelectual y la educación para la frustración.
Es necesario cultivar aquellos valores socializantes basados en el respeto a la diversidad de las personas y el aplazamiento de la satisfacción de necesidades y deseos. Dicho de otra manera, el niño desde la infancia, debe saber que hay límites, que no es posible cumplir todos sus caprichos y que algunas de sus necesidades tendrán que esperar un tiempo para ser satisfechas. Deben aprender que los bienes se reparten con los otros niños y aprender a manejar la decepción que esto les pueda causar.
Para frenar la aparición de actitudes y conductas violentas, resulta clave potenciar:
La responsabilidad personal: los niños deben aprender a responder por sus actos sin excusas. Deben no sólo conocer las normas, sino también compartirlas y respetarlas.
Las relaciones sociales: deben aprender a percibirse como entes sociales; comprender que nadie está solo en el mundo y que todos necesitamos entendernos con los demás.
La buena comunicación: sobre la base del saber escuchar y saber expresar lo que se sentimos a través de las palabras y no a través de los actos.
Debemos tomar conciencia que no es un problema de ahora, sino que se trata de un ciclo continuo de violencia transmitido de padres a hijos una y otra vez. Esto último nos lleva a concluir una vez más que el solo evocar los problemas psicosociales no reduce la violencia sino que contribuye a reforzar el círculo vicioso.
En definitiva, ningún programa que tenga como objetivo controlar y reducir la violencia tendrá efecto si no empezamos reconociendo la complejidad del problema, y que existen involucrados factores psicológicos, educacionales, políticos y sociales. Reconocer que vivimos inmersos en un ambiente donde la mayor parte de las veces los adultos no sabemos cómo relacionarnos entre nosotros y la única alternativa es actuar de forma violenta. La respuesta debe empezar por enseñar a nuestros niños y niñas a aceptar los "nos", pero a la vez, desarrollar en ellos la confianza de preguntar los "por qué". Es la única manera de empezar a educar y/o reeducar a nuestra sociedad con respecto a la creación del bien común, un estado de justicia social, el respeto de la dignidad de la persona humana y la solución pacífica de los conflictos.
*Cursa maestría en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
(nvals@hotmail.com)