A fin de año
Los señalamientos culturales de la humanidad que se refieren a determinadas fechas, tienen una innegable simbología. No importa que se trate de verdades históricas o de mitos cronológicos, lo innegable es que las diversas sociedades de hombres y mujeres que pueblan la tierra, los celebran conmemorativamente. Sabemos que no sólo de pan vive el hombre, pues el homo sapiens ha devenido en un amasijo de cerebro y corazón; de racionalidad y de pasiones, de oscuridades y luces, repartidos en desigualdades proporciones, características que ensombrecen y glorifican simultáneamente la existencia humana.
Tengamos en cuenta que hay una cronología natural, que depende de fenómenos naturales (el día y la noche; el año y sus diversos derivados); y hay también una cronología convencional que inventamos para hacer más lógica y manejable la eternidad del tiempo (el lustro, la década, el siglo, el milenio). En ese dualismo del hombre (con excusas para las feministas), anotado en el párrafo anterior, hay espacio para todas las circunstancias bipolares a que hemos aludido.
En el lado de la civilización occidental, los fines de año se concretan en las más extendidas celebraciones. Son, por lo menos, dos días fastos: la Navidad y el comienzo de año; una fecha cargada de religiosidad, y la otra, de múltiples resonancias societarias y personales.
Cada quien, por temperamento, por ideología, por ignorancia o por sapiencia, le imprime a los fines de año los caracteres que están en consonancia con sus instintos primarios o con su cultura, o con ambos elementos a la vez. No creemos en la superioridad de una o de otra de tales actitudes: que cada cual responda a su propio genio, dicho con la más lógica imparcialidad, frente a las complejidades consustanciales de cada ser humano, las que muy difícilmente podemos alterar, al menos antes de que se desarrollen universalmente las clonaciones y las posibilidades de la experimentación genómica.
A nosotros, temperamentalmente y por arraigadas convicciones, nos resulta más adecuado revisar la marcha del país, con el balance del fin de año. Precisamente, lo que estamos escribiendo y lo que hemos escrito responde, en nosotros, a una inveterada práctica. Tratamos de silenciar ahora, y en ello, la teoría, lo teórico, no obstante su importancia, la cual suspendemos en estos amables días.
Tal vez no encontramos en nuestro país un fin de año más complicado y de mayores augurios colectivamente dolorosos, que el que está a punto de cumplirse. Si el amable lector recuerda, este año incalificable se abrió con el CEMIS y se está cerrando con reformas legislativas y decisiones judiciales que colocamos en el cartabón de lo insólito, de lo inimaginable, por lo desacostumbrado y conturbador de su contenido.
Pero estamos a fin de año, con sus días dedicados instintiva o racionalmente, a las esperanzas de todo orden que podamos abrigar. A veces adoptamos propósitos nobles, para con nosotros mismos y para con nuestros allegados. Casi sentimos que la vida se renueva. Costumbre religiosa o práctica racional, la Navidad y el nuevo año nos hacen echarle un balde de agua fría a los desdichados nubarrones, a tal vez justificadas lamentaciones, para disponer del encanto de unos breves días que podamos considerar como felices, porque nos contagiamos con una humanidad que se entrega al gozo universal del fin de año. Luego de trescientos y tantos días de vida seria y a veces hasta atenazante, complace orgánica y/o filosóficamente, ingresar al paréntesis de fin de año, con sus rostros felices y esperanzadores, en ocasiones plenos de ilusión.
A ello se debe que suspendamos siquiera por estos breve días, la seria conversación hebdomadaria que gracia a El Panamá América hemos venido sosteniendo con nuestros lectores, y en homenaje a ellos les invitamos a compartir con nosotros, como se dice tradicionalmente, y con especial simpatía: ¡Feliz Navidad y venturoso Año Nuevo!
Tengamos en cuenta que hay una cronología natural, que depende de fenómenos naturales (el día y la noche; el año y sus diversos derivados); y hay también una cronología convencional que inventamos para hacer más lógica y manejable la eternidad del tiempo (el lustro, la década, el siglo, el milenio). En ese dualismo del hombre (con excusas para las feministas), anotado en el párrafo anterior, hay espacio para todas las circunstancias bipolares a que hemos aludido.
En el lado de la civilización occidental, los fines de año se concretan en las más extendidas celebraciones. Son, por lo menos, dos días fastos: la Navidad y el comienzo de año; una fecha cargada de religiosidad, y la otra, de múltiples resonancias societarias y personales.
Cada quien, por temperamento, por ideología, por ignorancia o por sapiencia, le imprime a los fines de año los caracteres que están en consonancia con sus instintos primarios o con su cultura, o con ambos elementos a la vez. No creemos en la superioridad de una o de otra de tales actitudes: que cada cual responda a su propio genio, dicho con la más lógica imparcialidad, frente a las complejidades consustanciales de cada ser humano, las que muy difícilmente podemos alterar, al menos antes de que se desarrollen universalmente las clonaciones y las posibilidades de la experimentación genómica.
A nosotros, temperamentalmente y por arraigadas convicciones, nos resulta más adecuado revisar la marcha del país, con el balance del fin de año. Precisamente, lo que estamos escribiendo y lo que hemos escrito responde, en nosotros, a una inveterada práctica. Tratamos de silenciar ahora, y en ello, la teoría, lo teórico, no obstante su importancia, la cual suspendemos en estos amables días.
Tal vez no encontramos en nuestro país un fin de año más complicado y de mayores augurios colectivamente dolorosos, que el que está a punto de cumplirse. Si el amable lector recuerda, este año incalificable se abrió con el CEMIS y se está cerrando con reformas legislativas y decisiones judiciales que colocamos en el cartabón de lo insólito, de lo inimaginable, por lo desacostumbrado y conturbador de su contenido.
Pero estamos a fin de año, con sus días dedicados instintiva o racionalmente, a las esperanzas de todo orden que podamos abrigar. A veces adoptamos propósitos nobles, para con nosotros mismos y para con nuestros allegados. Casi sentimos que la vida se renueva. Costumbre religiosa o práctica racional, la Navidad y el nuevo año nos hacen echarle un balde de agua fría a los desdichados nubarrones, a tal vez justificadas lamentaciones, para disponer del encanto de unos breves días que podamos considerar como felices, porque nos contagiamos con una humanidad que se entrega al gozo universal del fin de año. Luego de trescientos y tantos días de vida seria y a veces hasta atenazante, complace orgánica y/o filosóficamente, ingresar al paréntesis de fin de año, con sus rostros felices y esperanzadores, en ocasiones plenos de ilusión.
A ello se debe que suspendamos siquiera por estos breve días, la seria conversación hebdomadaria que gracia a El Panamá América hemos venido sosteniendo con nuestros lectores, y en homenaje a ellos les invitamos a compartir con nosotros, como se dice tradicionalmente, y con especial simpatía: ¡Feliz Navidad y venturoso Año Nuevo!